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    La confusión, las contradicciones y hasta las mentiras se han adueñado de la información que rodea al estado de salud del presidente Donald Trump, infectado por el COVID-19 a menos de un mes de las elecciones para renovar el máximo cargo ejecutivo de Estados Unidos.

    La Casa Blanca difundió en la noche del jueves 1 de octubre que el jefe del Estado había dado positivo en una prueba de control de la pandemia. Al día siguiente, Trump fue ingresado en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed, situado en Bethesda (Maryland), un suburbio importante de Washington D.C. El sábado 3 de octubre, el médico de Trump, Sean Conley, habló a la prensa de "72 horas" y "día tres", al referirse al momento del contagio con el peligroso coronavirus.

    Conley rectificó poco después sus palabras y explicó que quería decir "48 horas" y "día dos". El doctor, que pertenece a las Fuerzas Armadas estadounidenses y sirvió recientemente en Afganistán, se equivocó de manera flagrante a la hora de transmitir datos básicos y trascendentales. O es un incompetente en materia de comunicación o cambió deliberadamente la versión de los hechos, es decir, mintió a los periodistas para así acomodar la realidad al relato oficial y evitar un escándalo mayúsculo.

    El 'lapsus' del médico militar se debería al hecho de que, si efectivamente transcurrieron tres días desde el positivo de Trump, eso significaría que estuvo haciendo campaña electoral con el virus dentro de su cuerpo y ocultando ese delicado hecho a la opinión pública.

    Trump lo sabía desde antes

    De hecho, según informaciones del diario Wall Street Journal, Trump no reveló un resultado que ya había dado positivo en un test que le hicieron el 1 de octubre por la tarde, antes de aparecer en el canal de noticias Fox News, su emisora favorita. En esa entrevista, el presidente confirmó que una de sus principales ayudantes estaba ya infectada y mencionó el test que a él le habían realizado esa noche y por la que estaba esperando resultados, pero no citó la primera prueba. Es decir, no dijo que sospechaba que ya estaba contagiado.

    Trump tuvo que recibir, el mismo 2 de octubre, oxígeno suplementario, después de que cayeran sus niveles de saturación en sangre a niveles considerados alarmantes. Esa contingencia vinculada a la enfermedad se produjo al menos en dos ocasiones. El comandante Conley también ocultó el 3 de octubre esa grave circunstancia clínica. Finalmente fue el jefe de personal de la Casa Blanca, Mark Meadows, quien desveló a los informadores este importante pormenor.

    Conley destacó que su paciente se estaba recuperando muy bien de la infección, a pesar de que el perfil de Trump encaja a la perfección en tres grupos de riesgo donde el temible agente patógeno es potencialmente más agresivo: es hombre, sufre de sobrepeso y supera los 70 años de edad.

    La forzada rectificación del doctor Conley evidencia la nefasta comunicación de crisis de quienes vigilan la salud y la integridad de Trump. Si pretendían tapar la gravedad de la situación, el tiro les salió por la culata, porque esa atracción por el secretismo propició las teorías más inverosímiles, como aquella que sugiere que el contagio fue toda una farsa, un teatro, una puesta en escena, un artificio con el objetivo de ganarse las simpatías del electorado. Esa idea conspiranoica circula libremente por las redes sociales fomentada, sobre todo por jóvenes votantes progresistas que odian todo lo que Trump defiende y simboliza.

    Alta y tratamiento de choque

    Lo cierto es que Trump recibió el alta el lunes 5 de octubre porque, en realidad, así se lo pidió a los facultativos y porque estos consideraron que sus constantes vitales eran buenas en ese momento, aunque el propio Conley admitió que el jefe del Estado "no está fuera de peligro". ¿Tiene todo esto algo de lógica?

    Los médicos también revelaron que el candidato conservador está recibiendo un tratamiento de choque que incluye, además de un cóctel de antivirales, un medicamento antiinflamatorio e inmunosupresor llamado dexametasona, que normalmente se reserva para casos graves de COVID-19.

    De todas formas, Trump se ha portado de una forma irresponsable. De nuevo. El 4 de octubre, sin avisar a los médicos, solo a los agentes del Servicio Secreto responsables de su integridad física, se encaramó a una de sus limusinas presidenciales blindadas y herméticas —las llaman La Bestia— y se dio un corto y sorprendente paseo para agradecer a los grupos de personas que hacían guardia delante del hospital militar, preocupadas por su delicado estado de salud.

    Esa decisión electoralista supuso un desprecio indecente para la vida de sus guardaespaldas que estaban junto a él, dentro del vehículo acorazado.

    De nuevo en Twitter

    A golpe de tuit, anunció que le daban el alta, aunque no está curado, y restó importancia a la enfermedad que, sin embargo, ya se ha cobrado la vida de 210.000 estadounidenses. "¡Me siento muy bien! No tengan miedo del COVID. No dejen que domine su vida. Hemos desarrollado, bajo la Administración Trump, unas medicinas y un conocimiento realmente grandes. ¡Me siento mejor que hace 20 años!"

    ​El siguiente paso consistió en coreografiar un regreso engañoso y extraño a su imponente domicilio, emplazado en el número 1600 de la Avenida Pensilvania, donde debería aislarse y respetar una cuarentena de dos semanas para no propagar el virus a diestro y siniestro… ¿Lo hará? Claro que no. Todos pensábamos que no acudiría al próximo debate contra el pretendiente demócrata Joe Biden, fijado para el 15 de octubre en Miami (Florida), pero los organizadores de la campaña presidencial republicana tienen la intención de mantener el choque cara a cara, aunque habría que cambiar el formato.

    Tras llegar a la Casa Blanca en el helicóptero Marine One, Trump se desprendió con gesto arrogante y digno de la mascarilla que cubría su rostro, posando un rato en silencio ante las cámaras como si fuera una estrella de Hollywood. Otro gesto imprudente a todas luces. Es simplemente inaudito que nadie le diga a este señor el poco sentido común que tiene. O que imponga su santa voluntad por encima del consejo de sus asesores que hubieran preferido que siguiera ingresado unos días más para evitar el riesgo de una recaída.

    El presidente de EEUU, Donald Trump, quita la mascarilla al llegar a la Casa Blanca desde un hospital
    © REUTERS / Erin Scott
    El presidente de EEUU, Donald Trump, quita la mascarilla al llegar a la Casa Blanca desde un hospital

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    Elecciones presidenciales en EEUU 2020, COVID-19, pandemia de coronavirus, coronavirus, Donald Trump, elecciones, EEUU
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