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    Jean-Claude Juncker, Angela Merkel y Emmanuel Macron reciben a Xi Jinping

    La impotencia comercial europea frente a China

    © REUTERS / Philippe Wojazer
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    La cumbre Unión Europea — China del 9 de abril volverá a poner en evidencia la falta de unión de los 27 ante el poder comercial de Pekín.

    Tres dirigentes para recibir al visitante. La ceremonia estudiada de Emmanuel Macron, Angela Merkel y Jean-Claude Juncker para recibir a Xi Jinping en el Palacio del Elíseo, el pasado 26 de marzo, pretendía ofrecer una imagen de unidad de los principales líderes de la Unión Europea hacia China. En realidad constató la debilidad hacia el invitado: tres representantes para dar una imagen de fuerza ante uno solo.

    El presidente francés, la Canciller alemana y el presidente de la Comisión Europea pusieron en evidencia la necesidad de unir criterios ante su socio comercial. Más de tres europeos juntos hubiera sido complicado, pues muchos de los países miembros del club ya decidieron hacer negocios con China sin atender a las recomendaciones de Bruselas, París o Berlín.

    La llamada "Nueva ruta de la seda", el plan de inversión chino que llega ya hasta el Atlántico y el Índico, ha resquebrajado la unidad europea en su aspecto comercial. Para el presidente francés, autoerigido como líder político de la Unión, el desequilibrio comercial de la UE con su socio, pero "rival sistémico", es consecuencia de la "ingenuidad" europea.

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    Han tardado mucho los países de la UE en darse cuenta de la desventaja de sus intercambios con Pekín. Pero lo que Macron define como ingenuidad refleja en realidad la carrera individual que cada país del grupo comunitario ha emprendido desde hace años para hacerse con los favores de la potencia china, que ofrece liquidez e inversiones en economías golpeadas por la crisis.

    Que puertos como el griego de El Pireo o compañías eléctricas como la EDP portuguesa, por ejemplo, hayan aceptado la inversión china; que 11 países comunitarios hayan querido englobarse en el grupo 16+1 con China; que Italia abofeteara esa pretendida defensa de intereses comunes adhiriéndose por su parte al plan 'Cinturón y ruta', son ejemplos del esfuerzo descomunal que la UE debería hacer para pasar de la "ingenuidad" al poder que le conferiría la unidad política y comercial.

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    Es difícil plantar cara a Pekín cuando, al tiempo, la pareja franco-alemana respira tras vender 300 aviones Airbus a quien pretende llamar al orden. Aprovechar la crisis de Boeing para colocar 300 aeronaves a China es, de todos modos, más fácil que hacer entender a los 27 la necesidad de proteger su red 5G de las pretensiones de Huawei, como ha hecho Donald Trump.

    Europa reprocha a China una falta de reciprocidad que se descubre años más tarde de haber pretendido hacer del país asiático la solución económica a sus problemas. Se pone en relieve ahora lo que hace lustros se aceptaba: las barreras a la inversión europea en el sector estatal chino, el veto a las ofertas públicas, las exigencias para la transferencia de tecnología…

    UE: de la euforia librecambista, a la realidad

    La Unión Europea, que naciera —también— para defender comercialmente sus fronteras, se dejó llevar por una euforia librecambista convertida en dogma que ahora no sabe cómo frenar frente a su socio chino.

    Los deseos de presentar una estrategia comercial común parecen ahora vanos y así se volverá a comprobar en la próxima reunión UE-China. Se pueden redactar comunicados como el del 12 de marzo en el que la UE quiere mostrarse dura ante lo que hasta ahora considera ingenuidad. Pero es imposible separar las diferencias políticas entre sus miembros de las nuevas pretendidas reglas que deberían aceptar todos los gobiernos comunitarios.

    Italia no ha tenido que consultar con Macron, Merkel o Juncker para poner a disposición de China los puertos de Trieste o Génova, entre otros acuerdos que, según Roma, reportan más de 2000 millones de euros, pero que podrían llegar a un volumen de 20.000.

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    Atenas tampoco anunció a sus socios sus convenios con Pekín, cuando la necesidad le acuciaba tras el plan de ajuste que le exigía Bruselas (y especialmente Berlín) y le ha dejado exangüe.

    A Macron no se le ocurriría imprecar al gobierno húngaro de Víktor Orban, o a cualquier otro de la Europa Central y Oriental, por adherirse a la 'Nueva ruta de la seda', que entre 2014 y 2018 ha llevado a cabo inversiones de más de 400.000 millones de dólares en el mundo. En el caso alemán, su gobierno reaccionó ante Pekín solo después de que una de sus empresas más importantes e innovadoras, la creadora de robots Kuka, cayera en manos chinas.

    Los países de la UE cuentan con dispositivos de control de inversiones, pero es difícil bloquear acuerdos que pueden suponer no solo inversión líquida, sino también puestos de trabajo. Según diferentes estudios, las inversiones chinas han disminuido en un 40% en 2018, pero más debido a una autorregulación de Pekín que como consecuencia de barreras exteriores.

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    Solo los europeístas más convencidos pueden seguir soñando con la creación de un organismo como el norteamericano CFIUS (Committee on Foreign Investment in The United States), el arma más sofisticada del arsenal proteccionista de Donad Trump, renovada, recién engrasada y puesta a punto tras los años de alegre flexibilidad de Obama. El escudo de misiles legales que hace temblar a muchos países europeos, empezando por Alemania y su industria automovilística.

    La Administración Trump ha entrado en guerra comercial y tecnológica con China, a través de Huawei por ejemplo, para proteger sus redes 5G. Por su parte, la UE puede presumir de ser el mayor mercado mundial, pero su capacidad de defensa comercial tiene tantos agujeros como miembros la constituyen. 


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    inversiones, comercio, economía, UE, Emmanuel Macron, Jean-Claude Juncker, Angela Merkel, China
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