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Austria gira a la derecha, empujada por la política europea de inmigración

© REUTERS / Leonhard FoegerCampaña electoral de Sebastian Kurz, líder del partido cristiano-demócrata Partido del Pueblo
Campaña electoral de Sebastian Kurz, líder del partido cristiano-demócrata Partido del Pueblo - Sputnik Mundo
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Sebastian Kurz, 31 años, líder del partido cristiano-demócrata Partido del Pueblo (OVP, en su acrónimo alemán) se va a convertir en el nuevo Canciller (jefe de gobierno) de Austria. Con más de un 31% de los votos, supera a los socialdemócratas del SPO y a los nacional-populistas del Partido de la Libertad (FPO), que a la hora de escribir estas líneas se mantenían igualados en torno a un 27%. A falta de contabilizar el voto por correo, la única incógnita era saber qué partido ocupará el segundo puesto.

Kurz, hasta ahora Ministro de Exteriores del gobierno de coalición entre cristiano-demócratas y socialdemócratas, se convierte así en la nueva figura de la política europea, desbancando al Presidente francés, Emmanuel Macron, como el dirigente más joven del Viejo Continente.

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Sebastian Kurz, que a los 23 años era ya Secretario de Estado a cargo de la Integración, ha sabido renovar a su partido, feminizándolo y jubilando a los viejos "apparatchiks". Su victoria interna se cimentó también sobre la personalización del grupo. Su nombre y su foto aparecían antes que las siglas de un partido ajado y que se reparte las riendas del poder con los socialdemócratas desde hace más de 30 años. Eso sí, Kurz barrió sin contemplaciones en la sede de Viena, pero pactó con los barones regionales del OVP para no dañarse mutuamente y dejar el camino expedito al joven líder.

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La victoria del OVP —tendencia Kurz— se ha construido en torno al debate que afecta a media Europa y que preocupa a la entera Unión Europea: la llegada masiva de refugiados y de inmigrantes económicos facilitada por la Canciller alemana, Angela Merkel, que en 2015 decidió abrir de par en par y sin controles, las fronteras de su país, sin contar con sus vecinos geográficos y sus socios comunitarios.

Robar argumentos al nacional-populismo

Kurz se atribuye, como responsable de la política exterior de su país, el cierre de las fronteras austriacas en 2016 a la llamada "ruta de los Balcanes" de la inmigración, la vía escogida entonces por cientos de miles de personas —y por las mafias— para acceder a los países europeos más generosos con la acogida, como Alemania, Suecia o la propia Austria, que recibió a 100.000 personas.

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Sebastian Kurz sabía que en un país donde la economía se porta relativamente bien y en la que se mantienen políticas sociales generosas desde hace décadas, solo un asunto como la inmigración, y especialmente la inmigración de ciudadanos musulmanes, podía sensibilizar y hacer reaccionar a una ciudadanía apegada a su identidad y a sus tradiciones, como la austriaca.

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Kurz conocía también, porque se ha visto en Austria desde hace años, incluidas las elecciones presidenciales de 2016, que el rival a batir estaba a su derecha. Así, el nuevo "Emperador Kurz" ha sabido hurtar parte del programa de los populistas y adaptarlo a su estrategia, eliminando las formas abruptas y las sentencias más extremas de su rival, el nacionalista Heinz-Christian Strache.

Sebastian Kurz se ha manifestado siempre partidario de una integración "exigente". Testigo del desastre que viven otros países europeos con la inmigración musulmana —como Francia— ya proponía hace años, por ejemplo, que la lengua alemana fuera obligatoria para todos los niños de origen extranjero antes de entrar en la escuela. Al mismo tiempo, Kurz ha combatido el entrismo del islam político en la sociedad austriaca, especialmente a través de las 150 escuelas musulmanas fuera del control educativo del Estado.

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El futuro Canciller austriaco se ufana también de haber obtenido otro hito europeo: la prohibición del burka en su país, a partir del primer día de octubre. Una medida que sus detractores minimizan señalando que "solo" afecta a 50 mujeres en Austria, pero cuyo significado simbólico va mucho más allá que la proporción de la población y que supondría, en caso contrario, una victoria más en el avance del islam político en territorio europeo, minimizado por ingenuos y ciudadanos de buena voluntad, pero también por políticos que han utilizado al "elector musulmán" para desarrollar un clientelismo sin principios y cuyas consecuencias se viven y sufren, especialmente por las mujeres, en cientos de guetos de muchas ciudades europeas.

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Los socialdemócratas han hecho una campaña anti-Kurz que ha incluido la creación de páginas falsas en facebook para denigrar a su rival. Ese juego sucio, inusual en un país como Austria, es un hándicap para pretender repetir con el futuro jefe de gobierno una nueva "grosse-koalition".

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En efecto, Sebastian Kurz y su partido no han obtenido la mayoría para gobernar en solitario. El nuevo Canciller no ha querido comentar ni durante la campaña ni en sus primeras declaraciones post-victoria, si estaría dispuesto a gobernar en coalición de nuevo con los socialdemócratas, o si preferiría unir fuerzas con los nacional-populistas del FPO, a su derecha.

A unos les reprocha su juego sucio durante la campaña, pero eso es lo de menos. Kurz considera agotada la política de coalición con el SPO que ha marcado parte de la historia austriaca, pero que ha contribuido también a hacer invisible la diferencia entre unos y otros.

Otro sopapo a la Unión Europea

En cuanto a su posible matrimonio gubernamental con los populistas del FPO, la izquierda austríaca —y la europea— ya han lanzan su grito al cielo. Habría que recordar a los socialdemócratas austriacos —y a los europeos— que su formación no ha tenido reparos para aliarse con el partido "eurófobo y xenófobo" para gobernar en ciertas regiones del país, como en la de Burgenland, no más lejos que en 2015.

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Ya en 1999, la derecha austriaca formó un gobierno de coalición con el FPO, entonces dirigido por el carismático Jorg Haider, considerado por la UE como un ultraderechista filonazi. La UE aplicó sanciones a Austria, que no por ello renunció a su soberanía política.

Más de 15 años han pasado y la Unión Europea ya no puede erigirse en policía del orden moral para sancionar una tendencia que se extiende por su territorio. Los éxitos del Frente Nacional francés, de Alternativa para Alemania, de los "Verdaderos Finlandeses", u otros partidos del mismo corte político han sacudido la escena europea, mientras la izquierda socialdemócrata se estanca y los conservadores deben robar argumentos a sus rivales más a la derecha para mantenerse en el poder.

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A Kurz algunos periodistas le comparan con Macron. Efectivamente, como el Presidente francés es joven y se ha adaptado a la comunicación política en un tiempo de pérdida de atractivo de las ideologías tradicionales, pero ahí se detienen las similitudes. Sebastian Kurz, sin ser euroescéptico, es crítico con muchas de las actuaciones de la UE y está lejos de compartir la euforia eurófila del mandatario francés. No se aliará con el llamado Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), que se niega a aplicar las medidas de Bruselas sobre la acogida y el reparto de refugiados, pero es sin duda más comprensivo con la negativa de estos para aceptar la llegada a su territorio de inmigrantes musulmanes. Todo ello le aleja también de la simplona comparación que otros le aplican en América con el "premier" canadiense, Justin Trudeau.

Sebastian Kurz ha recibido ya las habituales acusaciones de "islamófobo" y "xenófobo". Para él, está claro que no se puede mermar el sistema de protección social pagado por los austriacos con sus impuestos con la llegada masiva y sin control de inmigrantes. Y ese es uno de los mensajes más claros y, por lo tanto, mejor comprendidos por una mayoría de ciudadanos que tampoco quiere ver diluida su identidad y sus tradiciones en un supuesto e idílico multiculturalismo que está estallándole el rostro a los países europeos que lo aplicaron.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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