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    Un inmigrante africano pasa ante carteles electorales para las elecciones generales de Italia

    Estallan en Italia los ánimos europeos

    © AP Photo / Antonio Calanni
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    Luis Rivas
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    Los resultados de las elecciones italianas del 4 de marzo suponen una convulsión política interna, pero reflejan al mismo tiempo una tendencia que se manifiesta en toda Europa.

    No, los italianos no están locos, no son fascistas ni eurófobos. Las alarmas que algunos políticos, ciertos medios de comunicación y doctos universitarios activan en la Unión Europea (UE) tras el veredicto de las urnas en Italia tienen explicaciones que no difieren en mucho del sentir de sus vecinos europeos.

    Más que nunca la lectura de la obra del politólogo búlgaro Ivan Krastev debería imponerse a esos alarmistas de salón. Krastev señala entre otras cosas, que el fenómeno de la emigración ha sido el 11S de Europa ("After Europe", Penn Press, 2017). ¿Cuantas sorpresas electorales han hecho falta en la UE para admitir que la emigración masiva y sin control es uno de los principales factores de ignición de la protesta de los ciudadanos del Viejo Continente? Por supuesto, no es el único, porque está claro que la situación económica seguirá siempre siendo el principal motivo de preocupación de cualquier ciudadano. Pero ocultar por un buen sentimiento el impacto de la emigración masiva en las sociedades europeas en crisis ha sido un error político que —al menos— se puede medir en las urnas.

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    Italia ha recibido 700.000 emigrantes desde 2013 y un millón desde hace veinte años. Por mucha buena voluntad que los gobiernos, las ONG y otros actores sociales pongan en la acogida de seres humanos que huyen de sus países buscando refugio político o una vida mejor, no se puede desdeñar el impacto económico, social y psicológico que en la población local produce ese fenómeno.

    EL Movimiento 5 Estrellas (MS5) de Ligi di Maio y la Liga, de Matteo Salvini, son ahora los dos principales partidos en Italia, pero ninguno tiene los suficientes votos para gobernar en solitario. Ambos han jugado con el factor de la emigración como añagaza electoral. Salvini, con una virulencia que le ha hecho ganar el epíteto de xenófobo por la prensa europea que da lecciones de moral. Di Maio, por su parte, recoge los votos del Sur de Italia, donde acostan cada día cientos de migrantes desde el norte de África o de Levante.

    Emigración: la interpretación de Macron

    Pero la evidencia parece obligar a reconsiderar la situación. Del insulto, de las alarmas por xenofobia y racismo, tan fácilmente esgrimidas para anular los sentimientos legítimos del "pueblo" (término poco utilizado, pues deriva en populismo), se pasa a la aceptación obligada ante el temor de contaminación masiva. El presidente francés, Emmanuel Macron, en su primera reacción a la consulta italiana interpretó los resultados como consecuencia de "la fuerte presión migratoria" que sufre Italia.

    Las palabras de Macron le hubiera valido hace pocos meses acusaciones de xenofobia de las almas más sensibles de su propio país. Ahora explica que "no se pueden defender bellas ideas haciendo abstracción de la brutalidad del contexto". La osadía del Jefe del Estado francés se explica en la justificación del proyecto de su gobierno para frenar la emigración económica hacia su país y que restringirá, además, el derecho de asilo político.

    Ante la falta de consenso europeo, el enorme problema planteado por la llegada masiva y sin control de emigrantes a Europa desde que la Canciller Angela Merkel abriera las puertas de Alemania, sin tener en cuenta el sentir de sus vecinos en 2015, provoca el sálvese quien pueda.

    Los migrantes que aspiran a llegar a Gran Bretaña son vetados por Londres y esperan en las costas francesas para subirse clandestinamente a un camión y pasar el Canal de la Mancha. Al tiempo, Francia cierra el paso a los que intentan llegar desde Italia. En Europa Central a muchos les extraña que se creen muros cuando a esos países nadie les ha consultado antes de que Berlín llevara a cabo el efecto llamada en el verano de 2015. Como si desde Bruselas o Berlín se decidiera la política migratoria sin necesidad de discusión con países soberanos.

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    Algunos euróbofos se frotaban las manos y los alarmistas anunciaban un "Italexit". Nada más lejos de la realidad italiana. Las soflamas contra la UE no implican que la mayoría de los italianos quieran salir de la Europa comunitaria. Lo que sí es cierto es que el M5S y la Liga jugarán un papel importante en las cámaras legislativas italianas y las exigencias hacia Bruselas se harán mucho más vivas que las pronunciadas hasta ahora por los partidos tradicionales, como Forza Italia (FI), de Silvio Berlusconi o, el Partido Democrático (PD) de Matteo Renzi.

    La Italia que protesta en las urnas considera que Europa les ha abandonado en su problema migratorio. Y la Italia que ha ganado en los comicios va a aprovechar su fuerza en intentar rebajar las exigencias de control y rigor financiero exigidos desde Bruselas. Pero jamás se plantearían una salida de la UE y ni siquiera del euro, porque saben que perderían sin duda un referéndum sobre ese punto.

    La izquierda, a pique

    Que la socialdemocracia y, en general, la izquierda italiana naufrague en las urnas no representa tampoco una gran sorpresa. El M5S roba los votos del PD en el sur de Italia, prometiendo entre otras, medidas como el "salario universal". La decepción de los sectores más pobres de la ciudadanía con los supuestos representantes de la izquierda no es una exclusiva italiana.

    Múltiples obras cinematográficas o literarias en Italia han reflejado desde hace décadas el distanciamiento de la élite política e intelectual que se dice de izquierda y la clase trabajadora o lo que antes se definía como "los obreros". Hace años que esa misma tendencia se observa en Francia, donde el Frente Nacional es el primer receptor del voto "popular"; en Gran Bretaña, con los antieuropeístas del Brexit recibiendo la adhesión de las zonas menos favorecidas, o de Alemania, donde Alternativa para Alemania " (AfD), se ha convertido en el principal partido de oposición a la coalición democristiano-socialdemócrata que va a gobernar en Berlín.

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    Las tres primeras potencias económicas de Europa viven un fenómeno similar. Los más pobres, los que antes confiaban su voto a comunistas o socialistas optan ahora por partidos y movimientos considerados "populistas", "xenófobos" y, por supuesto "extremistas de derecha" por quienes se atribuyen la supremacía moral, por quienes no dudan de que la globalización es un beneficio sin discusión posible; por quienes consideran a la inmigración como una bendición sin reparos; por quienes no se oponen a la disolución de las identidades nacionales en un multiculturalismo que borra raíces e historia local; por quienes la figura del individuo-consumidor debe ser la norma para un futuro.

    Por supuesto, a las similitudes con otros vecinos, los italianos añaden su especificidad política. Se vuelve a hablar de "inestabilidad" cuando lo cierto es que Italia no conoce estabilidad desde que en los inicios de los 90 estallara el escándalo de corrupción política generalizada.

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    Los resultados del 4 de marzo abren todo tipo de posibilidades que van a desmentir los dogmas presentados durante la campaña electoral. El partido vencedor, M5S, liderado por Luigi di Maio, ya ha empezado a susurrar que podría iniciar conversaciones con el PD. Matteo Renzi, capo del partido, anuncia que se retira pero no hasta que el nuevo gobierno sea formado.

    Su intención está clara: se queda al frente del PD para intentar evitar toda posible alianza con el M5S. "Nos habéis llamados mafiosos, corruptos, impresentables. Habéis dicho que tenemos las manos manchadas de sangre. Muy bien; ahora formad gobierno sin nosotros, si sois capaces". Ese fue el mensaje de la otrora esperanza de la socialdemocracia renovada a los "grillini". En el PD no todos apoyan la cerrazón de su exlíder. Hay quienes no cierran las puertas a ninguna posibilidad y consideran que el partido no debe ser tomado como rehén por Renzi.

    ¿"Grandísima coalición"?

    Si el M5S es el vencedor como partido individual, la coalición de centroderecha formada entre Matteo Slavini de la Liga y Forza Italia de Berlusconi se considera ganador como fuerza política. La Liga, con un 17% gana por tres puntos a su aliado de FI, lo que deja a Berlusconi con menos posibilidades para imponer sus condiciones y mucho menos a su candidato para primer ministro, el actual presidente del Parlamento europeo, Antonio Tajani.

    Salvini ve como su estrategia de abandonar las ideas independentistas del norte italiano y extenderse hacia el sur ha sido un acierto. La responsabilidad del éxito, vértigo de la cercanía del poder y la posibilidad de compartir la mesa con 26 "premiers" de la UE ya le han hecho moderar su fobia antieuropea, que ahora se rebajará a críticas y presión en favor de la economía italiana. Su amistad con Marine Le Pen será una carga. La felicitación de la jefa del Frente Nacional francés es un beso envenenado a ojos de las ambiciones internacionales de Salvini.

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    Los liguistas descartan un gobierno de coalición con el M5S, la opción que aterroriza a Bruselas, pero una cosa es plantear principios y otra rechazar categóricamente posibilidades de gobierno conjunto. Algunos analistas italianos hablan ya incluso de una "grandísima coalición" para aprobar en las cámaras decisiones consensuadas en las que la mayoría de las fuerzas participantes estén de acuerdo.

    Ex primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi
    © AFP 2018 / Tiziana Fabi
    Empieza el período de la orfebrería política. Será necesaria no solo para llevar adelante reformas, sino para formar un gobierno y nombrar un Presidente del Consiglio (jefe de gobierno). Una tarea que desde fuera de Italia se ve imposible tras los resultados electorales. Pero los italianos han demostrado ya en otras ocasiones que sus diferencias no han impedido pactos. La Unión Europea y sus instituciones deberían optar por un perfil bajo, si no quieren despertar la sensibilidad de las nuevas fuerzas políticas italianas.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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