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    Barack Obama ha regresado. Después de tres meses de ausencia, durante los cuales ha descansado, hecho turismo y jugado al golf, el expresidente norteamericano ha vuelto al foco público, pero lo ha hecho con un perfil flojo y decepcionante.

    El político afroamericano retornó a la actividad pública dando hace unos días una conferencia en la Universidad de Chicago para lanzar su nueva actividad: impulsar la participación de una nueva generación de activistas dispuestos a tomar la iniciativa de cambiar el mundo.

    La localidad elegida para escenificar la "rentrée" era muy obvia. Chicago es precisamente la ciudad donde Obama se curtió como organizador comunitario hace tres décadas, antes de saltar al proceloso mundo de la política como miembro del Senado del Estado de Illinois en 1997, cargo que ocupó durante siete años.

    Siempre de buen humor y esta vez sin corbata, para ofrecer un aspecto más desenfadado a la audiencia estudiantil, el abogado de 55 años denunció que el actual índice de participación electoral en Estados Unidos es uno de los más bajos de todas las democracias —¿por qué será? ¿por indiferencia? ¿por hartazgo? ¿por ambas razones?— e insistió en que la mejor solución para atajar este problema sistémico pasa por activar a los jóvenes para que se impliquen más en los asuntos públicos, bien afiliándose a un partido político, bien trabajando por sus vecinos, como él hizo.

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    La presentación fue blanca y suave. Evitó escrupulosamente hacer cualquier referencia a su sucesor en Washington, Donald Trump, o a la rabiosa actualidad política. Por ejemplo, no se pronunció sobre la polémica política migratoria de Trump, quien quiere acelerar la deportación de indocumentados y ha relacionado el aumento del crimen en varias ciudades estadounidenses con la presencia de esos inmigrantes sin papeles, especialmente los procedentes de México.

    La charla y el posterior debate resultaron demasiado etéreos. Obama sólo se implicó en temas demasiado amplios. Así, dijo que hay que enfrentarse a la desigualdad económica y la falta de oportunidades, al cambio climático o el desequilibrado sistema judicial estadounidense (que castiga a la minoría hispana y negra). "Todos esos problemas son serios, son desalentadores, pero no son insolubles. Lo que nos impide abordarlos y hacer más progreso realmente tiene que ver con nuestra política y la vida cívica ", subrayó. Ese fue, quizás, el único momento en que hubo un destello de fuerza, pero éste se apagó pronto, porque Obama no fue más allá en esas críticas sutiles al sistema ni en la concreción de soluciones.

    El siguiente paso obligado será publicar sus memorias. A Obama le encanta escribir. No se le da mal. Hizo sus pinitos en la revista de Derecho de Harvard donde estudió. Ahora, tanto él como su esposa, Michelle, ya han llegado a un acuerdo, por supuesto sustancioso, con la superpotente Penguin Random House para sacar a la calle los primeros libros que escribirán tras su salida de la Casa Blanca. La Penguin Random House es probablemente la primera editorial mayorista de libros del mundo. Los honorarios que los medios de comunicación apuntan se sitúan en los 60 millones de dólares. Tampoco se conoce todavía cuándo se publicarán las obras.

    El premio Nobel de la Paz empezará la tradicional ronda de conferencias por Estados Unidos y el extranjero. Esa actividad le reportará pingües beneficios comerciales. Ya se ha hecho notorio que Obama ofrecerá una charla exclusiva en septiembre en la sede de una consultora financiera radicada en Wall Street, el centro financiero neoyorquino. El precio es a todas luces escandaloso y raya lo inmoral: 400.000 dólares. A modo de comparación, esa cifra supone el doble de lo que cobra habitualmente Hillary Clinton.

    Según fuentes próximas al propio político, Obama ya ha firmado el contrato con la compañía, Cantor Fitzgerald LP. Pero ahora que se han conocido los escabrosos detalles de la operación, es posible que Obama decline la jugosa oferta o que diga que una parte de los honorarios irá a parar a una causa noble y justa para intentar paliar el aluvión de críticas.

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    El asunto no le deja muy bien parado porque, además, la citada empresa financiera no es conocida por sus simpatías por el Partido Demócrata. Está claro que, para él, el dinero tampoco tiene color. Todo resulta más hipócrita que irónico, porque Obama se especializó en criticar los excesos de Wall Street y ahora se alimenta de ellos. ¿Dónde están sus escrúpulos?

    Habrá más conferencias, y amasará más dinero, pero eso no va a aumentar su influencia en Washington. En cualquier caso, Obama es capaz de improvisar y entretener, y tiene mucho más tirón mediático que su predecesor, George Bush hijo. Eso aumentará sin duda su caché y consecuentemente su nivel de ingresos.

    Para canalizar estas sinergias y donaciones, a principios de este año creó también su propia Fundación, cuya sede estará en el empobrecido barrio sur de Chicago, precisamente para impulsar la participación política de las nuevas generaciones. La página web de esta organización no gubernamental —la Fundación Obama— tiene como logo el icono que usó Obama en las elecciones presidenciales junto al lema Yes We Can.

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    Todo este relato hace referencia a los avatares del presidente número 44. ¿Y qué se puede decir del número 45? Pues que ya parece un "pato cojo", es decir, aquel presidente de EEUU cuyo mandato está a punto de terminar y ya no decide nada.

    Sólo han pasado 100 días desde que Trump jurara su puesto delante del Capitolio y el balance de su gestión es muy pobre. El jefe del Estado prometió en octubre, en la recta final de la campaña el, que en sus tres primeros meses de gobierno pondría en marcha 28 medidas de distinto calado. Sólo ha lanzado siete.

    Dos de ellas —la derogación del Obamacare y la construcción de un muro en la frontera con México— han sido rechazadas o archivadas en el Congreso, controlado por los republicanos de su propio partido. Y una tercera iniciativa —el cierre de fronteras a ciudadanos de países presuntamente terroristas— ha sido paralizada dos veces por los jueces federales. En total son cinco medidas, un resultado demasiado exiguo. Pero a Trump no parece preocuparle ni un ápice porque ya está pensando en la reelección.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    política de inmigración, política exterior, Donald Trump, Barack Obama, EEUU
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