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    Bandera de EEUU

    La rusofobia de EEUU oculta frustración y envidia a Rusia

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    Vicky Peláez
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    La política de rusofobia y las sanciones cada vez más drásticas que EEUU y su satélite, la Unión Europea, han estado imponiendo contra Rusia, empezando por el Gobierno de Barack Obama, no son nada nuevo en la relación entre Occidente y el país eslavo.

    Rusia, Rusia apasionante… tan sensible y tan sospechosa ante el malvado y civilizado Occidente
      
    (George F. Kennan, 1904-2005)

    Desde la época de Iván el Terrible en el siglo XVI, Europa, observando el fortalecimiento y la expansión de Rusia, había adoptado una política de desprecio, aversiones y prejuicios hacia todo lo ruso para ocultar sus miedos al 'oso eslavo' en pleno crecimiento.

    Para la mentalidad occidental, Rusia no debería existir. Y esta premisa ha seguido en la mente occidental a lo largo de los siglos igual que sus intentos físicos, morales y religiosos para hacer desaparecer a este país del mapa del mundo.

    Al decaer Europa, Estados Unidos ha asumido con nueva fuerza y tenacidad esta tarea de crear condiciones para la desintegración ya de la URSS y, al lograrlo, está participando con un ímpetu renovado en tratar de poner de rodillas al Kremlin.

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    No le importó a Washington que Rusia fuera el primer país que extendió su apoyo a la Revolución Americana. La emperatriz de Rusia de 1762 a 1796, Catalina la Grande, rechazó la solicitud británica de asistencia militar en 1761 para sofocar la Revolución Americana a cambio de entregar a Rusia la Isla de Minorca. La emperatriz denunció el intento de soborno, se declaró neutral y, al mismo tiempo, fortaleció el comercio con América e hizo todo lo posible para que los americanos ganasen la revolución.

    Un siglo después, el zar Alexandro II apoyó al republicano Abraham Lincoln durante la Guerra Civil (1861-1865). En 1862, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Alexandr Gorchakov, declaró que "Rusia desea ante todo la conservación de EEUU como una nación indivisible".

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    En septiembre de 1863, seis buque militares rusos se dirigieron a la costa este del país y otros seis a la costa oeste para proteger los puertos estadounidenses. La Armada rusa fue recibida con entusiasmo en San Francisco y en Nueva York, donde se celebraron fiestas en su honor. Se les agradeció enormemente su apoyo a la victoria de la Unión en el conflicto bélico.

    Sin embargo, EEUU jamás 'respondió con la misma moneda' a la Rusia zarista, a la URSS socialista y, después de su desintegración, a la Rusia capitalista, porque la mentalidad norteamericana no podía ni puede tolerar la existencia de su 'doble oscuro', llamado Rusia, como lo explicó detalladamente el profesor estadounidense David S. Foglesong en su libro 'The American Mission and the Evil Empire'.

    Según el autor, "Rusia se convirtió en un proyecto especial de Washington" desde 1880 para reformar, emancipar y rehacer al país eslavo. En esta cruzada han participado y siguen involucrándose periodistas, misioneros,  religiosos, ONG, ingenieros, científicos, diplomáticos, economistas, financistas y otros profesionales. Se considera casi como un deber de cada participante hacer todo lo posible para no permitir la existencia de un país que pertenece a un 'mundo diferente' al 'mundo que fue creado por EEUU' donde, según los cálculos de Washington, está habitando un 68% de la población mundial.

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    Washington tampoco puede aceptar que su 'doble oscuro' tenga una extensión de 17,1 millones de kilómetros cuadrados, casi el doble que EEUU (9,8 millones de kilómetros cuadrados) y posea el 37% de todos los recursos naturales del planeta, valorados en 75 billones de dólares, mientras que el valor de la riqueza nacional de EEUU es de 45 billones de dólares. Desde el siglo XIX, ha estado soñando Washington con dividir a Rusia en pedazos para someterlos a su control y apoderarse de Siberia, como lo explicó varias veces uno de los visionarios rusófobos de los globalizadores Zbigniew Brzezinski.

    Para cumplir con esta misión, Washington armó e incentivó a Adolf Hitler a desatar la Segunda Guerra Mundial y, al darse cuenta de la derrota inminente del führer, lo traicionó y se alió con la URSS para no permitir o limitar, en el peor de los casos, la expansión del socialismo en Europa.

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    El cinismo descarado es la más apropiada característica de la política exterior y también de la interior de EEUU. De eso ya habló en 1836 el poeta ruso Alexandr Pushkin en la revista 'El Contemporáneo', cuando escribió que "fue asombroso ver la democracia norteamericana en su repulsivo cinismo. Todo lo desinteresado, todo lo que eleva el alma es reprimido por el egoísmo implacable y la pasión por comodidad…; la avaricia y envidia entre los votantes; la debilidad y la falta de confianza entre los elegidos; un hombre rico luciendo vestido decrépito para no ofender a los altivos mendigos de la calle, secretamente despreciados por él".

    A pesar del cambio de tiempos y los ciclos de desarrollo en el mundo, el empeño estadounidense de destruir a Rusia ha seguido su proceso sin ni siquiera tratar de adaptarse a las nuevas situaciones y circunstancias. La meta de hacer caer el régimen político cualquiera que sea en Rusia sigue sin alteración. En los años 80 del siglo XX, uno de los más importantes 'think tanks' de los globalizadores estadounidenses, Rand Corporation, había diseñado el 'Plan Anaconda' para el Pentágono, que consistía en rodear a Rusia con una red de regímenes leales a Washington a través de la expansión de la OTAN. La idea era expulsar al país eslavo de la zona de sus intereses nacionales. El departamento de Defensa de EEUU ha estado cumpliendo al pie de la letra las pautas de la RAND, ocupando el espacio postsoviético precipitadamente. Actualmente, la OTAN cuenta con 29 miembros.

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    Para convertir la cruzada contra Rusia en una agenda globalizada, EEUU tiene que convertir a sus aliados europeos en sus seguros seguidores y, de paso, establecer el control sobre la toma de decisiones en la actual Unión Europea, cuyo sector energético tradicionalmente depende en Rusia. El proceso de doma agresiva de Europa había comenzado en 1860, cuando Washington decidió reformar a Rusia a su estilo. El escritor norteamericano Mark Twain escribió en 1907: "Somos anglosajones. No sé si es para mejor o peor, pero seguimos predicando en Europa. Nadie nos invitó a ser instructor, pero lo estamos haciendo porque somos anglosajones. Día tras día, sistemáticamente estamos americanizando a Europa y esperamos lograrlo finalmente".

    Pasados 110 años después de lo dicho por Twain, podemos decir que Europa se arrodilló ante Washington sacrificando sus intereses y su seguridad nacional. Esta 'americanización' se refleja en la aceptación de la política antirrusa y el crecimiento de la rusofobia a lo largo y ancho de la Unión Europea. Por mucho que hablan algunos líderes europeos sobre la necesidad de salir del dominio y control estadounidense, la realidad sigue siendo la misma y las tropas norteamericanas están prácticamente en cada país de la UE, especialmente para mostrar a sus gobernantes quién es el jefe. Los pueblos de la Unión Europea, al igual que los ciudadanos de EEUU, se convirtieron en zombis de los medios de comunicación globalizados, programados para aceptar que Rusia es un 'país agresor' y que la rusofobia es una reacción natural al 'belicismo cotidiano' del 'oso ruso'.

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    Por algo el escritor ruso Alexéi Tolstói (1817-1875) decía que, "frecuentemente, los hombres son como salchichas aceptando cualquier relleno que se les pone adentro".

    Rusofobia es precisamente este 'relleno' ideológico con que los globalizadores llenaron los cerebros de los ciudadanos bajo su dominio para crear condiciones para la desintegración de Rusia y así terminar con el principal obstáculo para el mundo unipolar, sabiendo que China no estaría en condiciones de resistir al dominio estadounidense después de subyugar a Rusia. En un reciente documento del Servicio de la Inteligencia Militar de EEUU (DIA), 'Russia Military Power, 2017', los analistas militares alertaron a Trump de que "Rusia está en proceso de renacimiento militarista, mostrando su deseo de convertirse en un líder del mundo multipolar y recapturar el estatus del gran poder que había tenido en los tiempos de zares y durante la existencia de la URSS. Esto requiere una fuerza capaz de detener la agresión y capacidad de combatir tanto en los conflictos locales como en la guerra nuclear" (pag.46).

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    Lo curioso y alarmante es que la DIA estuvo haciendo anualmente durante la Guerra Fría este tipo de análisis. Con la disolución de la Unión Soviética, dejó de producir los informes militares hasta 2017, cuando su servicio de inteligencia se dio cuenta de que, "en los próximos años, vamos a tener a una Rusia mucho más fuerte y segura de sí misma. Tenemos que contenerla", concluye el documento. "Y para eso hay que saber todo sobre Rusia". Lo que no pueden entender los globalizadores, el Pentágono, la CIA ni la DIA es que tener muchos datos sobre Rusia y sus Fuerzas Armadas y las de Seguridad no significa comprender el espíritu ruso.

    El poeta y político ruso Fiódor Tiútchev escribió en 1866: "Con la razón no se comprende a Rusia. Tampoco se la puede medir con una ruleta: tiene una forma especial de ser, en Rusia solo es posible creer". Cuanto más se propaga la rusofobia y los intentos de aislar a Rusia, se complica aún más el entendimiento de este país y crece la distancia entre los dos mundos opuestos que inventaron en Washington para acomodar sus propios intereses y su propio ego de la 'exclusividad divina'.

    La única alternativa que le queda a EEUU en esta situación cada vez más frustrante al no poder doblegar a Rusia es seguir el consejo de su guía intelectual en la lucha contra la URSS durante la Guerra Fría (1947-1989), George F. Kennan: "Lo mejor que podemos hacer si queremos que los rusos nos dejen ser estadounidenses, es dejar que los rusos sean rusos".  


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK 

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    Etiquetas:
    análisis, historia, tensión, relaciones, EEUU, Rusia
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