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    Hace un año, la comunidad internacional asistía atónita a una devastadora oleada de incendios que arrasaron la Amazonía. El humo se vio desde el espacio y el día se volvió noche incluso en Sao Paulo, miles de kilómetros al sur, con el cielo oscurecido por nubes negras y olor a ceniza. Justo un año después, esta tragedia está a punto de repetirse.

    En realidad, ya está ocurriendo, sólo que de manera más silenciosa y sin el impacto mediático de un año atrás. En los diez primeros días de agosto hubo 11.903 focos de incendio, frente a los 11.035 del mismo periodo del año pasado, según las imágenes que capa vía satélite el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe).

    "Si continuamos con esta media de unos 1.900 focos de incendio por día llegaremos al mismo techo del año pasado, y eso que agosto no es el mes en que tradicionalmente hay más incendios, es septiembre", explica en declaraciones a Sputnik la directora de Ciencia del Instituto de Investigaciones Amazónicas (Ipam en su sigla en portugués), Ane Alencar.

    Fuego en terreno deforestado

    Alencar, igual que la mayoría de especialistas, no esconde su pesimismo. Basta fijarse en los datos y en el hecho de que los incendios están estrechamente ligados a la deforestación de los meses previos. Cuanta más selva arrasada, más fuego. Entre agosto del año pasado y julio de este año las alertas por deforestación aumentaron un 34%.

    "Hay mucho árbol secándose en el suelo desde el año pasado, listo para arder (…) Tenemos todos los elementos para pensar que esta temporada será peor que el año pasado", vaticina Alencar. La correlación entre deforestación e incendios es clarísima. Datos de la organización no gubernamental Amazon Conservation apuntan que el 88% de los incendios detectados en lo que va de agosto se produjeron sobre terreno deforestado.

    El presidente brasileño, Jair Bolsonaro ha asegurado en repetidas ocasiones que los incendios en la Amazonía son una "gran mentira", porque la selva tropical no arde. Lo cierto es que no debería arder, porque es un ecosistema húmedo en que el fuego no está presente de forma natural.

    Los especialistas apuntan que en una selva viva, en plenas capacidades, el fuego no avanzaría más de 200 o 300 metros, acabaría apagándose sólo; por eso los productores rurales calan fuego a terrenos deforestados en meses anteriores o a zonas de selva degradadas. Deben hacerlo ahora, en el punto álgido de la estación seca, antes de que lleguen las primeras lluvias en octubre.

    Presión internacional

    Tras la crisis de imagen que generaron los incendios del año pasado (con enfrentamientos con el presidente francés Emmanuel Macron o la canciller alemana Angela Merkel, por citar apenas algunos roces diplomáticos) el Gobierno brasileño sabe que todas las miradas están puestas de nuevo en la selva.

    El vicepresidente Antonio Hamilton Mourao se ha convertido en una especie de ministro de la Amazonía desde que presidente el resucitado Consejo Nacional de la Amazonía y ha dejado en un segundo plano al ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, cuya gestión, marcada por la flexibilización de las leyes ambientales y los guiños a los infractores, es duramente cuestionada.

    Dado que Bolsonaro no piensa deshacerse de Salles, Mourao ha asumido el protagonismo para intentar convencer al mundo de que Brasil se toma en serio el problema. En mayo desplegó a más de 3.000 militares en la Amazonía en la segunda fase de la Operación Verde Brasil y en las últimas semanas se reunió con representantes de Noruega y Alemania para intentar que recapaciten y vuelvan a aportar fondos para la conservación de la selva.

    El paliativo de los militares

    Pero los países europeos, igual que los grandes inversores extranjeros que están presionando cada vez más al Gobierno, quieren resultados, no promesas. Mourao admitió que la misión militar empezó tarde para frenar la deforestación ("debería haber empezado en diciembre", dijo hace unos días) y que el objetivo ahora es paliativo, que no se repitan las llamaradas del año pasado.

    "Nuestro objetivo es hacer que los incendios del segundo semestre lleguen a un mínimo aceptable, para dejar claro al resto de Brasil y del mundo nuestro compromiso con la preservación de la Amazonía", decía recientemente en el programa semanal de radio en que trata de cuestiones amazónicas.

    La mayoría de especialistas dudan de la eficacia del despliegue militar, sobre todo porque en paralelo, el Gobierno desautoriza y debilita a los policías ambientales del Instituto Brasileño de Medio Ambiente (Ibama), los que de verdad conocen el terreno y la forma en que actúan las mafias en el campo.

    No obstante, admiten que en algunos puntos calientes la presencia de los soldados pueda tener un efecto disuasorio. Quizá este año los incendios no estén tan concentrados y se diluyan más en el tiempo, para "disimular". Pero no hay mucho margen. En octubre llegan las lluvias.

    Etiquetas:
    incendios forestales, amazonía
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