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    Mientras el planeta se encerraba por el coronavirus, la tripulación del 'Bark Europa' se enfrentaba a la aventura de su vida. Su única manera de volver a casa desde los confines del mundo era a bordo de un velero. Casi 19.000 kilómetros entre Ushuaia y Scheveningen. Cinco meses de navegación en pleno océano Atlántico.

    "¿Por qué seduce? ¿Por qué tienta?", se preguntaba Mario Benedetti. El poeta uruguayo hablaba del mar. Su inmensidad sobrecoge y su furia puede ser letal. Sin embargo, el sonido de las olas al romper contra la orilla es paz. Su salino aroma cura. Una hora frente a él puede ser terapia, ya sea para olvidar o para recordar.

    Desde tiempos remotos, la humanidad ha sentido fascinación por el océano. Se le ha venerado, incluso divinizado, fruto de la atracción y pavor que genera. Otros lo han considerado compañero. No han podido resistirse a las incógnitas y retos que planteaba y se han lanzado a sus aguas. Y siempre una de las cuestiones más repetidas: "¿Qué hay más allá?".

    Con este mantra por bandera, muchos asaltaron el horizonte. Algunos lo consiguieron, otros no. Pero, un pequeño reducto de los miles de marineros que surcaron y surcan los mares ha dejado una huella imborrable en la historia de la humanidad. Desde Fernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano o James Cook hasta los exploradores del pueblo maorí en el Pacífico Sur. Nautas que a bordo de un barco de vela o una canoa fueron capaces de enfrentarse al océano con el uso de la brújula, el mapa o, simplemente, las estrellas.

    En pleno siglo XXI, la navegación ha cambiado radicalmente. El viento ha sido sustituido por el motor y la computación por la intuición. No obstante, todavía quedan nostálgicos de aquel hacer de años atrás. Una es María Intxaustegi. Arqueóloga de profesión y vasca de origen, ha cruzado medio planeta a vela. Forma parte de la tripulación del Bark Europa, un bergantín de 59 metros de eslora, tres mástiles y 30 velas. Una embarcación dedicada a realizar viajes turísticos, pero de la forma tradicional. "Además de viajar, los pasajeros aprenden a manejar el barco. Izan velas, usan el timón…Si no fuese a vela, no tendría gracia", explica Intxaustegi a Sputnik Mundo.

    La nave 'Bark Europa' entre icebergs
    © Foto : Cortesía de María Intxaustegi
    La nave 'Bark Europa' entre icebergs

    Uno de sus viajes estrella es a la Antártida. Para llegar al continente helado, el Bark Europa atravesó el Atlántico de arriba abajo. Zarpó de Holanda, recogió a la arqueóloga en Sevilla y fue avanzando a la par que paraba en enclaves como Tenerife, Cabo Verde, Montevideo, el estrecho de Magallanes o las Malvinas. En estos, van subiendo y bajando pasajeros. El último atraque es en la ciudad argentina de Ushuaia. Entonces comienza el viaje al Polo Sur.

    "Ir a la Antártida en vela es uno de nuestros grandes reclamos. En este viaje, además de manejar la nave, hago de guía de expedición. Ayudo a los pasajeros a conocer la historia de los grandes navegantes o de la exploración antártica. Además, les muestro las pingüineras o las colonias de albatros", expone la marinera.

    Lo que no sabía es que esa travesía se convertiría en una de las mayores aventuras de su vida.

    El viaje

    Y es que mientras el Bark Europa navegaba por las frías aguas del Océano Antártico, el coronavirus campaba a sus anchas por el globo terráqueo. Los países cerraban sus puertas y sus habitantes entraban en el letargo del confinamiento. "Zarpamos a principios de febrero desde Ushuaia y volvimos a mediados de marzo de la Antártida. Nos dimos de bruces con la realidad. Tierra del Fuego en cuarentena, vaya casi en estado sitio, las islas cerrando, los puertos también…Entonces tomamos una decisión. Vámonos a casa. Pero esta está en Holanda. Así que nada, cogimos las velas y todo para arriba", afirma Intxaustegi.

    La tripulación barajó distintas opciones, una vez desembarcaron los pasajeros del Bark Europa en Ushuaia, preparados para volar a sus respectivos países. Sin embargo, solo existía una posibilidad. "No nos podíamos quedar allí, porque el invierno austral es muy complicado en la zona. Tampoco podíamos ir hacia Chile y el Pacífico, nuestra idea inicial, porque estaba todo cerrado. Solo podíamos ir al Atlántico. En el momento en el que Holanda nos dio la autorización para llegar al país independientemente de lo que pasara con la pandemia, no dudamos".

    "Hicimos cálculos de comida y de combustible y el 26 de marzo se decidió que íbamos para Holanda a vela y sin escalas. Al día siguiente levamos ancla y para arriba", confiesa la arqueóloga.

    Por delante, 10.160 millas, lo que equivale a 18.816 kilómetros, la distancia que separa Ushuaia del puerto holandés de Scheveningen. Un viaje sin escalas intermedias. Recorrer de extremo a extremo el océano Atlántico. Intxaustegi no era la primera vez que se enfrentaba a una ruta transatlántica, pero nunca lo había hecho sin paradas. "En parte, era lo bonito, aunque también nos supuso un reto a todos", comenta.

    María Intxaustegi en el timón del navío 'Bark Europa'
    © Foto : Cortesía de María Intxaustegi
    María Intxaustegi en el timón del navío 'Bark Europa'

    El cocinero tenía que racionar la comida. A bordo, no había días de descanso y apenas dormían cinco horas diarias. El gasoil también tenía que gestionarse para que se pudiera seguir potabilizando el agua y mantener las cámaras donde guardaban los alimentos. Para que no se agotara, los motores tenían que permanecer apagados. El viento y las corrientes oceánicas eran su fuente de movimiento. Como se hacía siglos atrás. "Fue una recreación total. Teníamos GPS, pero al final te tienes que basar en los libros y planes de viaje del siglo XIX. Los que utilizaban los exploradores polares. Los navegantes que iban a Australia, Nueva York o Sudáfrica, los que atravesaban el Canal de la Mancha".

    "Yo soy una apasionada de la vela tradicional y esto es un gusto. Me encanta mirar los vientos, las corrientes… jugar con ello. A nivel estratégico y de navegación fue muy guay", asevera Intxaustegi.

    Recuerda con emoción la travesía. Las noches de estrellas y las puestas de sol sobre el barco. Pero también los momentos duros. Las tormentas, en especial una nada más pasar las Malvinas con vientos de hasta 60 nudos y olas de casi nueve metros durante 12 días. También las zonas tropicales sin viento en las que la nave no avanza y los tripulantes se enfrentan a temperaturas de más de 40 grados. Para esquivar uno de estos anticiclones, el capitán dio la orden de encender el motor. 22 horas en el Atlántico Norte y luego en el Canal de Mancha, por el tráfico marítimo. Fueron los únicos momentos en los que se hizo. Penalidades que no les hicieron temblar.

    "Llámanos raros, pero no teníamos miedo. La otra opción era estar confinados en casa y bajar a la calle solo para bajar la basura y ser bombardeados con noticias sobre el fin del mundo.  Éramos conscientes de la situación. Había días duros, de mala mar, pero, aun así, estábamos navegando con el mar y las estrellas, teníamos que sentirnos afortunados", indica la marinera.

    Eso no quita que no echara de menos a sus seres queridos. Sin embargo, los días en alta mar convirtieron a sus 18 compañeros del Bark Europa en familia. "Nos reíamos, teníamos buen rollo, discutíamos…pero, lo más importante, aprendimos a gestionarnos entre nosotros. Si alguien necesitaba un momento de soledad, no había ningún problema. Sabíamos que teníamos qué hacer", revela.

    Un momento único

    El 16 de junio vislumbraban el muelle de Scheveningen. Habían tardado 81 días en cruzar el Atlántico. Para entonces, Europa volvía a salir a la calle.

    Y aunque la navegante tenía ganas de reunirse con su pareja, familia y amigos, no podía dejar de mirar hacia el mar. "Esa fue nuestra vida durante cinco meses. Teníamos ganas de llegar, pero por otro lado se acababa un momento único en la vida de todos. Era como, quiero llegar y no".

    "Fue largo, precioso, duro, impresionante…un viaje que no se repetirá en la vida", reconoce.

    Ahora, Intxaustegi se encuentra en Donostia, su ciudad natal. Allí trabaja como arqueóloga subacuática. Estas semanas se sumerge en las aguas del Golfo de Vizcaya en busca de tesoros del pasado. En cuanto a navegar, de momento, habrá que esperar. "No se sabe mucho. El barco está en mantenimiento. Ahora no hay prisa, así que se está aprovechando el tiempo para inspeccionarlo".

    "A la mar, volveremos cuando haya un buen protocolo sanitario, 100x100 seguro e instantáneo. Poder hacer el test a todo el mundo y solo si das negativo poder embarcar. Piensa que nosotros hacemos viajes de aventura e imagínate que nos vamos a la Antártida y da alguien positivo en pleno viaje. El problema sería serio, porque no hay infraestructura", admite la navegante.

    Durante la conversación, las telecomunicaciones incurren en su 'habitual' magia. La llamada se corta en un par de ocasiones. Entre risas, Intxaustegi dice que "ha cruzado a vela el mundo y, a veces, le da más problemas el motor". Con el viento y la bóveda celeste como aliados. Como todas aquellas personas que, siglos atrás, sintieron la llamada de las olas. Y lo lograron.

    Etiquetas:
    navegación, mar, viaje, Antártida, Océano Atlántico, aventura
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