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    Bandera de Grecia

    Nada que celebrar tras el fin del rescate a Grecia

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    Francisco Herranz
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    Después de ocho años de sufrimientos, Grecia ha vuelto a la arena financiera internacional, pero realmente no hay nada que celebrar.

    Es verdad que se han marchado —por el momento— los odiosos y antipáticos "hombres de negro" y que Atenas es ahora dueña de su destino, libre para tomar sus propias decisiones, pero el país es mucho más pobre que antes y ha sufrido una emigración juvenil tan fuerte, producto de la falta crónica de oportunidades laborales, que ha fomentado el descenso de la tasa de natalidad.

    El anuncio ha supuesto el fin oficial de la crisis —por cierto, la palabra "crisis" procede del griego y significa "momento decisivo"—, al finalizar el tercer rescate consecutivo desde 2010. Los griegos han necesitado 300.000 millones de euros y seis primeros ministros para salir del agujero de la quiebra. Y surge la pregunta: ¿Están ya fuera de peligro? La respuesta es un no rotundo.

    La economía griega está creciendo de nuevo, aunque a un ritmo moderado. El paro está cayendo, aunque el empleo que se genera es precario: mal pagado, a media jornada y temporal. El desempleo ronda el 20%, frente al 12% de 2010; y el porcentaje supera el 40% cuando se trata de ciudadanos menores de 35 años.

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    Tras años de enormes déficits fiscales, el Gobierno de Atenas está gestionando un presupuesto con superávit, pero nada garantiza que eso se mantenga en el futuro. Que recupere su soberanía financiera no la protege de los riesgos de los años venideros.

    El turismo está tirando firmemente de la economía, pero el Producto Interior Bruto (PIB) se ha contraído un 45%, al pasar de 414.000 millones de dólares a 227.000 millones.

    Las dolorosas e impopulares medidas aplicadas han sido un desastre pues partieron de un principio teórico que no se cumplió y provocó los efectos contrarios, profundizando la recesión y alargando la agonía de los sectores sociales más castigados.

    El programa del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Unión Europea (UE) se centró demasiado en la subida de impuestos y en el recorte de gastos —la maldita austeridad— y menos en cambios profundos que hicieran la economía más eficiente. Grecia sigue teniendo importantes problemas estructurales como la evasión fiscal o la gran cantidad de préstamos e hipotecas impagadas.

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    Grecia se enfrenta a serios retos. Uno de ellos pasa por la gestión de su gigantesca deuda, la más alta de toda la eurozona: el 180% de su PIB (era del 109% al empezar la crisis). Grecia tendrá que soportar ese reto durante generaciones si la Unión Europea no cambia de opinión y acepta condonar parte de esa deuda, una idea que todavía es inaceptable, especialmente en Alemania. Hasta ahora la Unión ha ampliado el periodo de pago de la deuda.

    El segundo desafío es demográfico y muy alarmante. Durante la pasada década, unos 400.000 griegos —la mayoría de ellos, menores de 30 años— han tenido que abandonar su patria, obligados por las circunstancias. Esa fuga de cerebros es bien significativa si se considera que la población total de Grecia se sitúa en los 10 millones de habitantes. Aunque la emigración no es un fenómeno desconocido para este pequeño Estado mediterráneo, esta nueva oleada coincide justo con sus peores índices de fertilidad, los más bajos de toda Europa. Estos dos factores pueden originar serios efectos pues acelerarían la despoblación del país, y su viabilidad.

    ​El futuro se les presenta bastante incierto, porque, según el acuerdo suscrito en junio con sus acreedores, Grecia tendrá que mantener una senda de crecimiento económico del 3,5% hasta 2022 y del 2% hasta ¡2060! Esas previsiones a 40 años vista no son realistas; son muy difíciles de lograr incluso para países productores de petróleo. El temor radica en que sean precisos nuevos recortes que afecten a las pensiones, sobre las que se sostiene buena parte de la supervivencia de las familias.

    Como certifica el redactor jefe de Economía del diario The Guardian, Larry Elliott, el daño ha sido "extenso y permanente". A las bibliotecas cerradas se suman los centros de salud inactivos por falta de personal o equipamiento. También se advierte la falta de construcción o de renovación de infraestructuras. Todo ello ha paralizado el desarrollo socioeconómico.

    La obsesión por recortar gastos para ahorrar dinero ha desembocado en un generalizado estado de ánimo depresivo y ha modificado el viejo contrato social que existía entre los dirigentes políticos y el pueblo. "Antes —escribe Elliott—, los votantes creían que, si trabajaban duro, ganarían un salario decente y el Estado se ocuparía de ellos en los tiempos difíciles". Eso se ha acabado, en gran medida por lo que ha ocurrido en Grecia.

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    ¿Qué consecuencias ha tenido todo esto en el Viejo Continente? Revolucionarias. Desde el punto de vista sistémico, la Unión Europea puede respirar aliviada porque la eurozona consiguió mantenerse unida y crear los mecanismos necesarios para superar la peor crisis de su corta existencia. La incertidumbre llegó a ser de tal magnitud que se vivieron encendidos debates sobre la idoneidad o no de mantener a Atenas dentro de la órbita del euro. Muchos tecnócratas alemanes siguen pensando que la eurozona sería más fuerte si Grecia volviera a su moneda nacional, el dracma.

    El terremoto griego sacó a la superficie las debilidades de la eurozona. Los gobiernos que comparten la misma moneda se han comprometido a respetar ciertas reglas de juego, como la "estabilidad presupuestaria" —España, por ejemplo, convirtió esta regla en una obligación constitucional—, pero el sistema entero sigue dependiendo de la voluntad de cada Estado de respetar ese pacto. El grupo está mejor preparado que antes para reaccionar a este tipo de crisis financieras, gracias a la creación de herramientas concretas. Pero aún subsiste el problema de fondo, pues no se ha solventado la principal contradicción: la eurozona posee la misma divisa y está unida por una sola política monetaria, dictada por el Banco Central Europeo, pero carece de una política fiscal conjunta. Eso le resta firmeza y coherencia.

    En resumen, Grecia ya no será nunca más la misma. Ni la Unión Europea. 


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    crisis, eurozona, rescate financiero, UE, Grecia