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Lola Flores: la 'faraona' de España que puso al flamenco y al país en la órbita internacional

© Foto : Cortesía de Sete GonzálezIlustración de la artista española Lola Flores
Ilustración de la artista española Lola Flores - Sputnik Mundo, 1920, 01.08.2021
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Esta figura del baile y el cante fue un revulsivo al panorama grisáceo de una dictadura e inició una saga que aún sigue en lo más alto de la música o la actuación. Un libro ilustrado recuerda su faceta artística, alimentada por su carisma y desparpajo.
Sus frases son ya patrimonio nacional. Y sus actuaciones o apariciones en la televisión siguen siendo consideradas una reliquia del archivo audiovisual. Incluso ha sido resucitada recientemente para anunciar una cerveza. Lola Flores es una figura clave en la historia de España y su figura mantiene la vigencia del inmortal. Aunque hayan pasado 26 años desde su fallecimiento, la artista que abanderó la libertad y la modernidad en el flamenco y en su día a día aún sorprende. Con el libro ilustrado Lola Flores, el arte de vivir (Lunwerg, 2021), de Sete González, se nutre la producción dedicada a recordar su biografía.
Aunque, como reconoce su autor a Sputnik, es precisamente esa imposibilidad de abarcar todas las facetas de la conocida como La Faraona la que provoca una revisión continua de su persona. Porque más allá de esas alocuciones que se repiten generación tras generación —como el famoso "si me queréis, irse"—, Lola Flores creó una legión de admiradores y dinamitó las convenciones sociales.
Farandulera, rumbera, única: la Lola de España derrochó frescura y espontaneidad tanto en tiempos grises como en momentos de apertura mental. Siempre iba por libre. Imprevisible, jocosa, auténtica: la faraona no se amilanaba ante nadie y a la vez se arrodillaba al pueblo. Departió con gente del Régimen, con la monarquía o con los vecinos más humildes de su barrio, el de San Miguel de Jerez de la Frontera. Nacida en esta localidad gaditana, al sur de España, en 1923, la bailaora y cantante empezó pronto a subirse a los tablaos de esta urbe flamenca.
No era gitana más que por parte de abuelo, pero elevó esta cultura a lo popular y llevó a gala su expresión racial. A los cuatro años ya despertaba olés y zapateaba en el tabanco de su padre. El carisma que más tarde la caracterizó fermentó en esas barras donde se reunía la muchedumbre para purgar las penas cotidianas. Le regalaban aplausos antes de que ese talento natural diera el salto a la ciudad. Lola Flores atravesó la infancia bajo el influjo de los grandes. Lugar de pureza flamenca, Jerez de la Frontera olía a hierbabuena y vino fino cuando en el magma del país eructa una futura contienda.
Pasados los años de Guerra Civil, Lola Flores debuta oficialmente el 10 de octubre de 1939. Lo hace en el teatro Villamarta de la ciudad y junto al monarca del flamenco, Manolo Caracol, que se quedó prendado de su valía. Poco después, por azares, la contratan en la película Martingala. Era 1940 y tiene que rodar en Madrid. Su padre la acompaña con un contrato de 12.000 pesetas (unos 70 euros), cantidad elevada para la época y acicate definitivo para permanecer en la capital: tanto el progenitor, que regentaba un bar, como la madre, costurera, confiaron en sus habilidades.
Y Madrid es, de hecho, el trampolín. Su familia se muda al centro de la península para buscar el éxito de la niña prodigio. La posguerra afila el ingenio, y con los modelos y la inspiración de Imperio Argentina o Estrella Castro, Lola se mete de lleno en el mundillo. Ese poderío en escena y la estética de una deidad mediterránea la alzan como un icono de lo español. Pero no se reduce a estas fronteras: en 1952 pisa México como una estrella. Allí rueda 12 películas entre 1953 y 1965, con el pistoletazo de ¡Ay, pena, penita, pena!.
© Foto : Cortesía de Sete GonzálezIlustración de la artista española Lola Flores
Ilustración de la artista española Lola Flores - Sputnik Mundo, 1920, 20.07.2021
Ilustración de la artista española Lola Flores
Con un manojo de títulos en su carrera profesional, historias de amor que incluían a toreros, futbolistas o el affaire clandestino de Manolo Caracol (que estaba casado), Lola Flores dio color a varias décadas monocromáticas. Su desparpajo, sus ansias de quemar cada momento y su ignorancia al juicio ajeno aumentaron la leyenda. "Mamá", decía ella, "yo me emborracho de bulería, de cante bueno, de alegría".
Esa alegría era su sello. También el carácter indómito. Famosa es aquella crítica de The New York Times en la que se resaltaba "no canta, no baila, no se la pierdan". Porque la personalidad de Lola Flores era un torbellino que poco a poco empezó a conquistar otras esferas. Desde Cary Grant hasta Ava Gardner se enamoraron de ella, reclamando su presencia en juergas eternas. Hasta que el amor verdadero floreció con Antonio González, El Pescaílla.
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Inventor de la rumba catalana, con permiso de Peret, El Pescaílla hizo de pareja sentimental y artística de Lola Flores en papeles como el de María de la O (1958). Su tirón, con la fusión de una copla avivada por el ventilador de la guitarra, provocó que se instalaran en La Moraleja, una de las urbanizaciones más exclusivas de Madrid. Allí, en una finca llamada El Lerele, germinó una saga que perdura: en 1958 nace la primogénita, Lolita; en 1961, Antonio; y en 1963, Rosario.
Las celebraciones de los bautizos, en tabernas de la capital con el fervor del cante y el alcohol, se estiraban al amanecer e inoculaban en los niños el duende: todavía el espíritu de Lola de España se expande gracias a sus hijas Lolita y Rosario (Antonio murió en 1995, a los 15 días de su madre, por la incapacidad de soportar la pérdida y arrastrando problemas de drogas) y a las nietas Elena Furiase y Alba Flores. Ella sorteó el olvido cuando languidecieron los personajes principales en los rodajes (aunque tuvo papeles hasta casi el final de sus días) y se convirtió en un rostro habitual de programas de televisión.
© Foto : Cortesía de Sete GonzálezIlustración de la artista española Lola Flores
Ilustración de la artista española Lola Flores - Sputnik Mundo, 1920, 20.07.2021
Ilustración de la artista española Lola Flores
En shows de medianoche o entrevistas de prime time conquistó a una nueva hornada de seguidores alejada de sus hazañas pasadas en el séptimo arte o en las tablas. A las actuaciones de plató trufadas con hilarantes anécdotas (como cuando paró un tema porque se le había caído un pendiente: "Mi dinero me ha costado, ayúdenme a encontrarlo", espetó en pleno directo) se le sumaban los aforismos que nutren ahora el acervo popular. "Soy más fuerte que Chernóbil" o "¿Sabes porque estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera" aceleraron la rendición de nuevos acólitos.
Sete González, el responsable de este volumen, entre ellos. El ilustrador (Madrid, 1976) ya había ilustrado la biografía de Camarón de la Isla, y por amistad con su círculo, se decidió a resaltar los capítulos más sonados de la Faraona. "No estaba en mi mente, surgió de repente. Además, a mí me pillaron las películas en la tele, que las veía con mi padre. Era una artista del pueblo", explica.
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González ha seleccionado solo lo relativo a su faceta artística: "Me interesaba eso, por eso he evitado asuntos como el de Hacienda [fue a juicio en 1987 por irregularidades en la declaración de la renta], que le afectó muchísimo. La hundió. Fue un mazazo y una caza de brujas para quien había puesto a España por bandera". El ilustrador destaca sus éxitos y menciona, por ejemplo, la humildad de Antonio González, que empeñó su carrera por ella.
"Adoptó ese papel después de tener una trayectoria en ascenso. Dejó todo para criar a sus hijos, una rareza en la época, y para Lola fue el padre de sus hijos, su amante, su gitano", remarca González, que destaca la reinvención continua de la La Faraona. "Sabía reconvertirse. Es, como Camarón, Paco de Lucía o Enrique Morente, un artista inmortal, músicos incombustibles que nunca pasan de moda", arguye.
Lola Flores murió el 16 de mayo de 1995 tras arrastrar un cáncer de mama desde el diagnóstico en 1972. Por su capilla ardiente, acomodada en el Centro Cultural de la Villa (hoy teatro Fernando Fernán Gómez, en la plaza de Colón), se acercaron más de 150.000 personas. Para Sete González, ese no fue el desenlace de su figura y la repercusión sigue notándose y recuperándose. Sin embargo, el autor cree que merece mucho más: "No se le ha compensado su papel en el arte y el país".
Continúan sus frases memorables, sus canciones acompasadas con ese desparpajo sin igual y sus grabaciones que muestran ese gracejo inigualable. "Estoy en la enciclopedia mundial como un ser especial español"; afirmó ella misma.
Ahora aún se le dedican efemérides o párrafos en las que se enfatiza su transgresión y su carisma. "La niña pobre de Jerez de la Frontera que soñaba con bailarinas clásicas, la bailaora volcánica que siendo paya era más calé que cualquier gitana, la estrella de cine artificial, la amante que vivía en pecado y luego se santiguaba, la madre preocupada con alma de matriarca judía, la mujer que se enredaba en amores prohibidos pero se acababa casando para estar a bien con las conveniencias de la época, la que bailaba ante Franco y acabó convertida en icono gay", enumeraba un diario digital recientemente: quizás se quedaba corto.
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