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PP-PSOE: la coalición imposible en la Comunidad de Madrid que triunfa en Bustarviejo

© Sputnik / Alberto García PalomoIglesia de la Purísima Concepción en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
Iglesia de la Purísima Concepción en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid - Sputnik Mundo, 1920, 16.05.2021
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Esta localidad del norte de la provincia cambió hace unos meses el gobierno de izquierdas por una unión entre los dos partidos principales. Algo inaudito en el panorama español que aquí genera dudas y esperanza.
Uno entra y sale de Bustarviejo sin apenas darse cuenta. Las calles se articulan en torno a la iglesia como en un poblado medieval y en sus faldas florecen algunos comercios, bares o las paradas de autobús que conectan esta localidad de la sierra con la capital, a unos 70 kilómetros. Ni siquiera la inactiva estación de ferrocarril, construida en la postguerra por presos republicanos, marca el núcleo de esta urbe de unos 2.500 vecinos.
Su ubicación entre fresnos, jaras y pinos sobre los que planean buitres leonados no solo ha hecho de este enclave una golosina para neorrurales: también ha conseguido un hito en la política española. En Bustarviejo, quizás por esa distribución tradicional en torno al edificio levantado en el siglo XV, el consistorio gobierna bajo los pilares más sólidos de la democracia.
Bueno, no hace falta ponerse solemne: en realidad, lo que sustenta desde hace menos de un año el funcionamiento del municipio es la unión del Partido Popular (PP) con el PSOE. Coalición inaudita que Felipe Blasco, el alcalde, subraya como "única en España": "Ponemos por delante a los vecinos que a las siglas", aduce frente a Miguel Martín, el teniente alcalde socialista, que asevera con la cabeza.
Algo, efectivamente, insólito en el panorama actual. Los dos grupos mayoritarios desde el final de la dictadura, que han ido intercambiándose el poder en ayuntamientos, asambleas autonómicas o el Palacio de la Moncloa durante 40 años, jamás han gobernado al alimón. Pueden haber firmado iniciativas conjuntas de manera puntual. O incluso haber mentado a la famosa "gran coalición" de otros sistemas centroeuropeos donde grupos moderados han limado asperezas. Pero nunca han ido de la mano.
Hasta que en el verano de 2020 saltó la liebre. José Manuel Collado —el antiguo mandatario, a lomos de la Agrupación Vecinal Bustarviejo (una escisión de Podemos)— renunció a su cargo, que tenía junto a PSOE e Izquierda Unida. A día de hoy, el antiguo encargado sigue tildando de "jugarreta" lo que sucedió. De los 11 escaños, superaban la mayoría al límite, con tres, dos y uno respectivamente. Al PP, con cinco, le faltaba un pequeño empujón para ocupar los sillones principales.
Y se produjo tras una "profunda fractura" de la izquierda, según definieron los implicados: las desavenencias entre ese novedoso tripartito —surgido en los comicios de 2019— llegaron a tal calibre que la alternativa han sido una rara avis en la península ibérica: que las formaciones azul y roja compartan mesa con la abstención de Izquierda Unida. Y algo más: entre Blasco y Martín hay un compadreo cercano, poco habitual en la espinosa prole política.
© Sputnik / Alberto García PalomoFelipe Blasco y Miguel Martín, alcalde y teniente alcalde de Bustarviejo del PP y PSOE
Felipe Blasco y Miguel Martín, alcalde y teniente alcalde de Bustarviejo del PP y PSOE - Sputnik Mundo, 1920, 29.04.2021
Felipe Blasco y Miguel Martín, alcalde y teniente alcalde de Bustarviejo del PP y PSOE
Martín y Blasco ríen, discuten o se interpelan como dos camaradas, si se puede usar una palabra con tantas connotaciones para dos personas de corte moderado. Les unen más cosas que les separan, alegan. Sobre todo, la dedicación a Bustarviejo. "Ambos dos somos de aquí, y eso se nota", dice el edil, de 61 años. "No estábamos haciendo una coalición a nivel nacional sino de servicio a nuestro pueblo", responde el teniente alcalde, de 48, con una chispa en la pupila.
Desde el principio, dejaron claro que la bicromía que querían dar a Bustarviejo era solo como gesto de estabilidad. Una palabra que, aunque no lo verbalicen, brillaba por su ausencia en las legislaturas anteriores. La irrupción de un colectivo diferente a los dos partidos hegemónicos provocó un pequeño terremoto en este rincón calmado, más preocupado por el trajín agrario o el carajillo de mediodía que por las nuevas corrientes ideológicas precedentes de Madrid.
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"PSOE y PP son dos partidos que siempre han gobernado aquí, históricamente, con sus diferencias", aduce Juan Antonio Martín, oriundo de Bustarviejo, más a favor de esta unión extraordinaria que de una sopa de letras: "La clave es el entendimiento". "El problema que tenía la agrupación de vecinos es que no eran de aquí", sostiene este empleado de banca de 50 años que cada día realiza una hora de trayecto para ir a trabajar. Esa alusión a la identidad de los antiguos mandatarios se repite en algunos otros residentes.
El fenómeno consistorial de este último periodo está relacionado con otro fenómeno mayor: desde 2009 hasta 2020, Bustarviejo sumó unos 500 habitantes. Un 25% más de los 2.000 que registraba en el estallido de la crisis inmobiliaria. ¿Las causas? Muchos decidieron abandonar la metrópoli, con precios abusivos de vivienda y pocas oportunidades de empleo. Eran los mencionados neorrurales o, para los moradores, jipis.
© Sputnik / Alberto García PalomoCarteles electorales en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
Carteles electorales en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid - Sputnik Mundo
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Carteles electorales en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoTienda de huevos, conejos y verduras en una calle de Bustarviejo, localidad al norte de Madrid
Tienda de huevos, conejos y verduras en una calle de Bustarviejo, localidad al norte de Madrid - Sputnik Mundo
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Tienda de huevos, conejos y verduras en una calle de Bustarviejo, localidad al norte de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoPintada feminista en una pared de Bustarviejo, localidad del norte de Madrid
Pintada feminista en una pared de Bustarviejo, localidad del norte de Madrid - Sputnik Mundo
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Pintada feminista en una pared de Bustarviejo, localidad del norte de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoAyuntamiento de Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
Ayuntamiento de Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid - Sputnik Mundo
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Ayuntamiento de Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoPintadas en una parada de autobús de Bustarviejo
Pintadas en una parada de autobús de Bustarviejo - Sputnik Mundo
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Pintadas en una parada de autobús de Bustarviejo
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Carteles electorales en Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
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Tienda de huevos, conejos y verduras en una calle de Bustarviejo, localidad al norte de Madrid
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Pintada feminista en una pared de Bustarviejo, localidad del norte de Madrid
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Ayuntamiento de Bustarviejo, un pueblo del norte de Madrid
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Pintadas en una parada de autobús de Bustarviejo
Llegaron con un aura de esperanza. Con un espíritu bucólico que hoy aún se divisa en algunos talleres de pintura, en carteles ofreciendo verduras orgánicas o en una marca local de cerveza, la Bailandera, que sirve sus fermentaciones artesanas en un bar frente a la iglesia y almacena la cebada y el lúpulo en una fábrica de las afueras. A ellos se refiere parte del paisanaje decimonónico cuando rememoran al antiguo alcalde. Como si fueran un clan de forasteros con pintas de aborígenes. Ellos prefieren no hacer declaraciones, pero saben que el cambio de color del pueblo tiene que ver con esta inyección de juventud.
De hecho, el eco de Bustarviejo y de otras localidades cercanas ha variado de melodía: si antes eran sinónimo de ganadería, de escapada campestre dentro de las fronteras comunitarias o de almuerzos lejos del asfalto, ahora les rodea un halo de libertinaje que puede acuciarse con la pandemia. Entre los urbanitas empieza a prender la llama de lo salvaje frente al confinamiento en un piso sin terraza o el teletrabajo en un ambiente de sosiego.
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"Este año hemos estado a tope", indican Martín y Blasco, que minimizan la mutación de la última década y sí que confirman el impulso de la epidemia, que ha reducido el radio de acción para excursiones o viajes. Bustarviejo se incluye en este nuevo caldo de visitantes, entre los que estuvo Ignacio Aguado, el número dos de la Comunidad de Madrid y líder descabezado de un Ciudadanos sin presencia en la Asamblea después de las elecciones del 4 de mayo. "Vino a vernos y le explicamos que necesitamos más recursos", resumen.
Tanto Blasco como Martín hablan de los comicios en la Comunidad de Madrid como algo ajeno. A pesar de que, en el momento de la entrevista, haya carteles en la plaza pidiendo la papeleta a distintos grupos o que se adivine alguna pintada o pegatina con tintes políticos en los muros, los dos dirigentes ejercen su rol en un universo opuesto. "Tenemos que diferenciar la gobernanza nacional y la gobernanza municipal. Tienen dos caras muy diferentes. Aquí hay una proximidad y un conocimiento general de los ciudadanos. Y es más fácil ponerse de acuerdo con alguien que conoces", puntualiza el alcalde.

"Primó mucho más el pueblo que las siglas y este pacto", complementa Martín, que esgrime el beneficio del pueblo antes que lo que muchos tildaban de "anti-natura". Para concretarlo se reunieron tres veces en sesiones de dos horas. Y podría haber sido menos: sabían desde el principio que iba a cuajar. "Cuando tenemos alguna diferencia de visión, la solución es que tenemos que acatar y pasarnos de la derecha a la izquierda, de la izquierda a la derecha, siempre por la línea discontinua del centro", explica Blasco, "si cogemos los programas de cada uno, al final el 70% es coincidente y luego el otro 30% es discutible".

Aficionados a la caza o al fútbol, sus jornadas se dirimen entre chascarrillos propios del oficio y alusiones de confianza. Alcalde y teniente alcalde confiesan que a veces no se llaman en todo el día y otras, diez. "Las llamadas, generalmente, no son para saludarnos. Son para decirnos 'hay este marrón' y tenemos que solucionarlo acorde a nuestras circunstancias", apunta Blasco, atribuyéndole la función de "tercera pata de la familia".
Sonríen cuando uno acusa al otro de "dar unas chapas que no veas" o cuando el otro se la devuelve con que solía vacilarle fuera. "Cuando luego le conoces te das cuenta de que es un hombre dispuesto, que sabe del pueblo todo lo que se tiene que saber y que además se remanga. El titular sería que Miguel se arremanga por el pueblo", concede el alcalde. "Cada uno tenemos habilidades diferentes. Somos como una banda de jazz: cada uno tocamos un instrumento y la música suena bien", añade.
Los dos coinciden en que los acuerdos se producen "por empatía entre personas". "Esas personas representan a grupos políticos, empresariales o de cualquier otro colectivo, pero son esas personas las que tienen la capacidad de escuchar y si ambos dos tienen esa capacidad, es posible que ese acuerdo llegue. Si las personas no tienen esa capacidad de empatía recíproca, es imposible", reflexiona Blasco, que incide en que tal tarea sería "imposible" a nivel nacional: "La única posibilidad de que eso llegara a ocurrir sería en una catástrofe".
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Ni siquiera. El estado de alarma, que ha ido decretándose a lo largo de 15 meses según la incidencia del virus y ha profundizado la crispación entre los gobernantes. Los reproches entre oposición y ejecutivo han rozado lo indecente. Ciñéndose a la parcela autonómica, en las últimas semanas estallaron las costuras de los bloques antagónicos con un debate detenido y dos anulados. Y la polarización se ha ampliado por los discursos de odio de Vox, a quienes pretenden aislar con un "cordón sanitario" y acusan de poner en juego la democracia, a pesar de haber aumentado el apoyo y de ser decisivo para la gobernanza del PP.
Una atmósfera que no se percibe en este rincón madrileño, a pesar de los exabruptos lanzados en los continuos mítines de campaña. Alrededor de una mesa con cafés y chupitos, varios parroquianos elevan la voz cuando se refieren a Isabel Díaz Ayuso, que ha revalidado su liderazgo, o Pablo Iglesias, que ha anunciado su abandono de la política. Cipriano de la Morena, un mecánico de 61 años, concilia al referirse al pueblo: "El PP y PSOE funcionan muy bien. Son muy amigos, muy estratégicos y muy compañeros. Es un gobierno muy preparado que tiene mucho futuro".
Se opone Antonio Moreno, vigilante de seguridad de 70 años. "¿Aquí? Mal, muy mal", protesta, afirmando que "son todos unos sinvergüenzas". "Uno de izquierdas, uno de derechas, no me hace", sentencia. Emilia Bárcena, vecina de 49 años, es más optimista. "Me parece bien que se hermanen", aduce esta auxiliar de limpieza. Confía en que duren y tiene esperanza, sugiere, colocando las sillas para una actuación en la plaza desde donde se distribuye todo el entramado urbano.
"Llevan poquito tiempo y a lo mejor todavía es un poco pronto para juzgar, pero, de momento, creo que bien", cavila Bárcena mientras una especie de trovador experimental ensaya una sintonía de música y poesía. Suena a concordia, como la que existe detrás de él, en los despachos del Ayuntamiento. "No es lo normal, no es habitual que gobierne el PP y el PSOE, pero nada es imposible", sentencia esta empleada pública.
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