06:44 GMT +318 Octubre 2018
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    Partidarios de Jair Bolsonaro, candidato presidencial brasileño

    La democracia brasileña, instalada en la excepcionalidad

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    Francisco Herranz
    Elecciones presidenciales en Brasil (2018) (160)
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    La democracia brasileña está instalada en la excepcionalidad, y las próximas elecciones presidenciales, marcadas por la polarización y la incertidumbre, no han hecho más que confirmar esa delicada circunstancia que afecta a toda Latinoamérica.

    Pocos días antes de que abran los colegios electorales para celebrar la primera vuelta —será el 7 de octubre—, ya es evidente que el político más popular entre los ciudadanos brasileños no podrá concurrir a los comicios. El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva ha sido vetado y no ha podido ser inscrito en el registro electoral. Tras 10 horas de deliberación, seis de los siete miembros del Tribunal Supremo Electoral (TSE) votaron a favor de prohibir su candidatura, basándose en la Ley de Ficha Limpia, lo que implicó que le dejaran fuera de la carrera. El exalcalde de Sao Paulo Fernando Haddad, que figuraba como vicepresidente, asumió pues la cabeza de lista.

    Lula, con una popularidad del 37%, lleva preso desde el 7 de abril, después de haber sido condenado a 12 años de cárcel en segunda instancia por corrupción y blanqueo de dinero en el caso del apartamento tríplex de la localidad de Guarujá. Él niega ambos delitos y denuncia que es víctima de una persecución política implacable.

    Su abogados presentaron ante el tribunal una recomendación del Comité de Derechos Humanos de la ONU, a la que habían elevado el caso, que determina que el Estado brasileño debe tomar "todas las medidas necesarias para permitir que Lula disfrute y ejerza sus derechos políticos como candidato a las presidenciales, incluyendo el acceso apropiado a los medios de comunicación y a los miembros de su partido".

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    Sus defensores consideran que, como Brasil es signatario de los tratados internacionales, el Estado debe someterse al dictamen del citado órgano de Naciones Unidas. Los integrantes del TSE no lo vieron así y sentenciaron que ese organismo internacional es meramente administrativo, sin competencia jurisdiccional, y que sus decisiones no obligan a Brasil.

    Otro de los principales aspirantes a la jefatura del Estado tampoco participará normalmente en la reñida campaña electoral. El candidato de extrema derecha, Jair Bolsonaro, continúa hospitalizado en un hospital paulista, donde se recupera de un intento de asesinato, tras haber sido apuñalado durante un mitin.

    Pese a haber sufrido dos operaciones quirúrgicas, Bolsonaro sigue lanzando soflamas encendidas desde la cama. La última se materializó en un ataque sin contemplaciones contra el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, cuando planteó la posibilidad de que sus adversarios estén orquestando un fraude electoral. También alertó de que, si Haddad gana las elecciones, indultará a Lula y le nombrará ministro. Pero éste ya ha descartado la opción del indulto porque quiere demostrar su inocencia.

    Las encuestas demoscópicas dan el triunfo a Bolsonaro en la primera vuelta con un 20-26% de la intención de voto frente a sus competidores, con el laborista Cirio Gomes (6-12%) y el petista Haddad (8-16%) destacados entre el resto. El análisis de los números sugiere una creciente polarización política de izquierda y derecha, sin claros favoritos. También apunta a que Bolsonaro pasaría a la segunda ronda o balotaje, prevista para el 28 de octubre. La incógnita por despegar es quién se enfrentará a él.

    "Hace décadas que no veíamos semejante incertidumbre en el país", reconoció el economista y exdirector del Banco Central Brasileño, Luis Eduardo Assis, entrevistado por la revista Valor.

    Si Haddad pasa el corte de la primera ronda, podría beneficiarse del voto útil de otros colectivos, especialmente del partido de derechas de Geraldo Ackmin, para evitar que Bolsorano llegue al Palacio de Planalto, sede de la Presidencia. Haddad no tiene el tirón ni el recorrido de Lula, ni siquiera el mismo pasado social —Haddad es académico y Lula, sindicalista—, y sabe que se enfrenta a un objetivo muy complicado tras la destitución de Dilma Rousseff, la campaña mediática y la encarcelación de Lula. Sin embargo, la fuerza social y el poder de movilización del PT están de su parte, al igual que el hecho de que su pareja de viaje es una mujer, Manuela D"Avila, lo que podría atraerle el decisivo voto femenino.

    Pero, ¿por qué lidera los sondeos un ultraconservador?

    Bolsonaro es un signo de los turbulentos tiempos que agitan a Brasil. El fuerte empuje popular de este capitán del Ejército en la reserva y diputado federal desde 1991 se debe principalmente al hastío del electorado por los numerosos casos de corrupción que han surgido estos años. Su popularidad sólo alcanzaba en julio de 2016 un magro 5%; ahora se ha multiplicado por cuatro, a pesar de no contar con un gran partido detrás, a pesar de sus posiciones radicales, a pesar de su apología de la pasada dictadura militar y la tortura, y a pesar de sus ofensivos comentarios sobre negros, homosexuales y otras minorías. Hasta hace bien poco, su victoria habría sido un hecho impensable. Ahora es una posibilidad real y tangible.

    "La corrupción rampante combinada con la crisis económica es una receta venenosa en año electoral", escribe en la revista Foreign Affairs Bruno Carazza dos Santos, economista, abogado y bloguero en el diario Folha de Sao Paulo.

    La desconfianza de los brasileños en sus instituciones políticas —Presidencia, Parlamento y partidos— está por las nubes (supera el 60%), situándose en su peor nivel desde la transición democrática, ocurrida hace 30 años. De esta coyuntura caótica se nutre el "Bolsomito", como es conocido por sus simpatizantes, y también del descontento de la clase media educada y de los residentes de las pequeñas y medianas ciudades del país. Su caladero de votos procede del pujante cinturón agrícola de las regiones meridionales y occidentales, beneficiadas por la exportación de materias primas.

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    Desde el punto de vista económico, nadie sabe todavía a ciencia cierta si es proteccionista o neoliberal. Ante el problema crónico de la violencia urbana, Bolsonaro aboga por la liberalización de las armas de fuego y la tolerancia cero. Censura los negocios chinos en Brasil, y para captar el voto de católicos y evangelistas, se opone a legalizar el aborto. Así que no es nada extraño que le comparen con Donald Trump. 


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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