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    Al mirar a las estrellas siempre nos vienen los mismos nombres a la cabeza. Armstrong, Gagarin, Duque, Tereshkova…figuras míticas de la aeronáutica. Personas que pudieron pasear por el firmamento gracias al trabajo de un sinfín de ingenieros. Individuos que, desde el suelo, no despegaban la vista de los astros.

    Uno de estos soñadores era español. Su nombre, Emilio Herrera, nacido en Granada en 1879. Un científico que, como muchos otros, no ha soportado bien el paso de los años y cuya figura se ha diluido en el espacio. Sin embargo, su aportación cambió el devenir de la historia y acercó al ser humano a lo desconocido. Y es que Herrera es el padre del traje espacial.

    Desde niño le apasionó la aviación y la aerostática, que se convirtieron en su forma de vida. Herrera ingresaría al ejército para estudiar ingeniería en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, donde se especializaría en aerostatos. Es más, su experiencia le convertiría en el primer hombre que cruzó por los aires el Estrecho de Gibraltar.

    El pilotaje de globos aerostáticos le permitió observar que desde las alturas se podían ver cosas que no se apreciaban desde tierra. Sin embargo, en esos momentos, la única manera de hacerlo era en el interior de una cabina presurizada.

    En 1928, el aerostero Benito Molas intentó ascender a más de 11.000 metros de altura con un globo aerostático. Lo consiguió, pero pereció por asfixia en el intento. Esto hizo pensar a Herrera que tendría que haber algún modo de superar la atmósfera y mantener la movilidad de manera autónoma. Fueron los primeros pasos hacia su gran invención.

    La escafandra estratonáutica

    Herrera dedicó buena parte de su vida a la investigación aeronáutica. Fundó la Escuela Superior Aerotécnica de Cuatro Vientos, ayudó a Juan de la Cierva a probar el autogiro, semilla del helicóptero, y diseñó el túnel de viento del Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos. Mientras, el ingeniero granadino continuaba con el que era su gran proyecto: la creación de un globo que pudiera alcanzar una altura de 20.000 metros y un traje que aislará al piloto del frío y la presión y le permitiera moverse con libertad y respirar. En el caso de este último, consiguió despejar la ecuación.

    La escafandra estratonáutica que diseñó Herrera constaba de tres capas: una de lana, otra de caucho y otra de tela reforzada con cables de acero. Un traje forrado con una capa exterior de plata para evitar el recalentamiento y que contaba con un sistema de acordeón que permitía la movilidad del piloto. Además, lo completaba un casco cilíndrico de acero recubierto de aluminio y con un triple cristal para evitar la radiación, que incluía un micrófono para comunicarse por radio.

    Un diseño de 127 kilos que en 1935, año en el que su creador hizo las pruebas de resistencia, resolvía todos los interrogantes planteados en el momento. Y es que esta escafandra otorgaba movilidad, protegía de la radiación solar, soportaba los cambios de temperatura y las presiones extremas y era capaz de suministrar oxígeno por bombona para más de dos horas.

    Unos resultados obtenidos 30 años antes de que la NASA creara los trajes que llevarían los tripulantes del Apolo 11 a la Luna. Es más, el diseño de Herrera serviría de modelo para los ingenieros de la agencia espacial estadounidense, que décadas atrás había reclamado su ayuda. Tal sería la importancia del prototipo del granadino que el propio Neil Armstrong entregaría a Manuel Casajust, ayudante de Herrera, una roca lunar en agradecimiento a su labor.

    Exilio

    En 1936, el proyecto de Herrera estaba en su fase final. El globo y su barquilla estaban construidos y la escafandra había superado todas las pruebas. No obstante, su despegue se topó de bruces con el estallido de la Guerra Civil el 18 de de julio. El científico era monárquico y amigo de Alfonso XIII, no obstante, se mantuvo fiel al gobierno republicano hasta el fin de sus días. Es más, entre 1960 y 1962, Herrera sería Presidente de la República Española en el Exilio, un título meramente simbólico.

    Al acabar la guerra, en 1939, Herrera se exilió en Chile, aunque al poco tiempo viajaría a Francia. París sería su hogar hasta su fallecimiento, donde los alemanes le ofrecerían trabajar para el Tercer Reich, algo que rechazó. Pero, jamás abandonaría la ciencia y en la capital francesa se interesaría por la astrofísica y la Teoría de la Relatividad, lo que le acercaría a Albert Einstein, que se convertiría en su amigo. El propio físico recomendaría a Herrera a la Unesco para trabajar como consultor para el uso pacífico de la energía nuclear.

    Herrera fallecería a los 88 años en 1967 en Ginebra. El régimen franquista nunca reconoció sus logros, simplemente por su color político, lo que, a la larga, se traduciría en el actual desconocimiento general de su figura. Sin embargo, una parte de él volaría en el Apolo 11, junto a Armstrong, Aldrin y Collins, en 1969, justo dos años después de su muerte.

    Ya en pleno siglo XXl, el astronauta y actual ministro de Ciencia, Pedro Duque, quiere recuperar la historia de este ingeniero de Granada.

    “Herrera fue un hombre excepcional, que se implicaba con fuerza y empuje en los proyectos que emprendía. Su historia me es muy cercana por mi formación y trayectoria", destacó Duque.

    En parte, que el ministro pudiera cumplir su sueño de viajar al espacio es porque, antes que él, otras personas se imaginaron tocando las estrellas.

    Etiquetas:
    ciencia, traje espacial, espacio, Pedro Duque, Neil Armstrong
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