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    La pandemia incrementa el tráfico de falsedades e incitaciones al odio en nuestros móviles, la principal ventana al exterior durante el confinamiento. El gobierno asediado plantea medidas legales y las redes sociales no consiguen frenar esta actividad que genera beneficios millonarios. El futuro de la libertad de expresión está en juego.

    El confinamiento nos está haciendo sentir a miles de humanos como si fuéramos E.T., el extraterrestre de Steven Spielberg: "teléfono-mi casa".

    Steven Spielberg con E.T. el extraterrestre
    Steven Spielberg con E.T. el extraterrestre

    Nuestra relación con el exterior es canalizada por redes sociales. Interactuamos tanto que el tráfico de internet al inicio de la cuarentena creció hasta un 80% el 21 de marzo, convirtiéndose España en el quinto país con más tráfico online del mundo.

    El teletrabajo es un claro motivo con un incremento de datos del 41%. También el ocio en días sin clase lo motiva, el gaming aumentó un 271%.

    Pero queremos centrarnos en la interacción a través de redes sociales, según los datos de Telefónica que exponemos, el flujo de vídeos y memes vía WhatsApp en grupos, entre el 9 y el 15 de marzo, creció en casi un 700%.

    Y cuando nos relacionamos con el exterior vía WhatsApp o Twitter abrimos la ventana a amigos y seres queridos, pero también a una infección de mensajes y estímulos: Fake news, videomensajes, cadenas, audios… estamos expuestos.

    No se trata de un mero síntoma del confinamiento. La intoxicación de información puede tener consecuencias incluso para la salud pública. Las autoridades policiales se ven obligadas a luchar contra bulos como el de la MMS, un supuesto mineral milagroso, que hace meses ni siquiera tomaríamos en serio.

    "Buscan crear una alarma social", alerta José García Molina, que en rueda de prensa calificó de "grave riesgo" la aparición de un millón y medio de cuentas sociales esparciendo información falsa y alarmante de COVID–19.

    El subdirector general de Logística e Innovación del Cuerpo Nacional de Policía (CNP), José García Molina
    © Foto : La Moncloa
    El subdirector general de Logística e Innovación del Cuerpo Nacional de Policía (CNP), José García Molina

    Por otro lado, en la red predominan los mensajes ligados a ideologías y relatos políticos. En estos momentos destacan los de la derecha, o de la oposición. Unidos Podemos, de hecho, acaba de presentar una segunda denuncia ante la Fiscalía por difusión de bulos por lo que denominan una "organización criminal".

    Hay que recordar que el Partido Popular ya vio en septiembre de 2019 como Twitter, Facebook en Instagram eliminaron cientos de cuentas operadas por la agrupación por incumplir las reglas y "agitar a la opinión pública falsamente"

    ​Cabe preguntarse si estamos ante un fenómeno exclusivo de la derecha. Franco Delle Done, investigador del crecimiento de la ultraderecha en Europa cree que la presencia de estos discursos en las redes se debe a que "éstas facilitan la comunicación simple del populismo". Este ensayista asentado en Alemania revela que "todas las derechas europeas aprovechan la ruptura con lo políticamente correcto, transgredir límites. En Alemania se ha tratado al nacional socialismo desde el revisionismo histórico por primera vez".

    Lo cierto es que son mensajes con gancho que se esparcen fácilmente. No es raro recibir alguno: "El vicepresidente y su mujer tienen unidades móviles medicalizadas aparcadas en su puerta mientras los españoles se asfixian en las UCIs", "Se falsean las cifras de víctimas", "El CSIC ya alertó al gobierno y no le hicieron caso", "Los chinos nos infectan por el 5G" o también, "Loas a Pedro Sánchez que no admiten duda de su gestión".

    "Lo conflictivo y polémico es lo que funciona, y eso afecta a las redes pero también a los medios de comunicación. La difusión de un bulo es un agravante y ahí tienen mucha responsabilidad televisiones y periódicos", explica Borja Adsuara Varela, experto en Derecho y Comunicación Digital.

    "El ruido beneficia, los clics computan, las acciones las engordan las interacciones, aunque éstas sean simples insultos" añade.

    Por lo general, los contenidos de los que hablamos, ya sean tuits, memes, notas de voz, son anónimos y, si hay emisores, se presentan como alguien cercano y cómplice, son parte del nosotros

    Pero, en gran medida, se trata de bots y herramientas semiautomatizadas, cuentas falsas o decks —que permiten a un grupo controlar diversas cuentas simultáneamente— que replican contenidos.

    "Lo que me preocupan son los bots y sistemas de viralización que atentan contra la pluralidad informativa", comenta Adsuara, "estamos en un momento de gran consumo y ansias de información. Pero respecto a la autoría, hay de todo, las hay de derecha pero también que favorecen al gobierno."

    Palabra corona en una pantalla en Brasil
    © REUTERS / Ueslei Marcelino
    Delle Done concluye que el modelo de interacción en redes propicia la polarización y el enfrentamiento: "El algoritmo ha creado lo que podríamos llamar endogeneidad comunicacional, en las redes básicamente reconfirmas tus lecturas y opiniones, lo que nos presenta una apariencia de consenso que en la realidad no es tal". Lo que vendría a fortalecer visiones minoritarias, según agrega: "Los contenidos polarizados generan gaps entre personas que estarían conviviendo sin problemas de no ser por las redes. Los populismos aprovechan esa fragmentación, no solo a nivel político, sino en muchos consensos sociales."

    En muchas ocasiones la viralización consigue generar un impacto en las redes que no tiene un reflejo social de la misma magnitud o proporción. La cacerolada organizada contra el gobierno tuvo un amplio éxito en redes con hashtag como #GobiernoDimisión o #Cacerolada21h, pero no el mismo impacto a pie de calle. Lo preocupante es que estos servicios que segmentan mensajes y audiencia, condicionando los trending topics y el discurso, sí tiene su reflejo inmediato en la agenda de los medios de comunicación.

    ¿Quién debe cuidarnos de los bulos?

    Está claro que el usuario tiene una responsabilidad compartida.

    Pero al fin y al cabo mentir es fácil y barato. De hecho, es un negocio global. Un reciente estudio de Financial Times cifra en 75 millones de dólares anuales los beneficios publicitarios que generan las fake news en Europa. Global Disinformation Index calcula que hablamos de unos 250 millones a nivel global. Google adsense o Facebook aseguran tomar medidas contra esta otra pandemia, pero COVID–19 y sus efectos superan toda expectativa.

    ​Aunque no existe un delito para las fake news como tal, Borja Adsuara plantea que nuestro código penal tiene respuestas para los casos más graves: "Se contempla actuar ante injurias o calumnias contra un particular. Hay delitos de odio como hemos visto contra la comunidad china, por desorden público, hay también bulos contra la estabilidad del mercado, por falsedad documental como esos audios que afirman ser de un médico, puede haber de muchos tipos."

    La Constitución limita la libertad de expresión para preservar el honor, la intimidad, la propia imagen y juventud e infancia. Adsuara lamenta por ello la actitud del gobierno:

    "Que pretendan cambiar el código penal en estos momentos es raro porque ya tenemos instrumentos para perseguir los delitos más graves. Es preocupante la actitud que están adoptando, solo faltaría que no se pudiera criticar la gestión del gobierno." 

    Adsuara defiende la libertad de expresión como eje regulador contra los contenidos fraudulentos, no obstante, señala la responsabilidad de Twitter, WhatsApp o Facebook. "Las redes sí deben tener la responsabilidad de suprimir las cuentas de bots directamente."

    Pero lo cierto es que las mentiras y el odio siguen fluyendo a la par que los contagios de coronavirus. Algunas marcas habían descubierto que no todo vale y asociar sus anuncios a clickbaits de fake news era como contar con activos tóxicos, y no es tan lejano el recuerdo de la crisis de 2008. Pero la urgencia económica de COVID-19 que provoca pérdidas de hasta el 80% en publicidad debilita la integridad de medios de comunicación y anunciantes.

    Si la mayoría no podemos salir a la calle o entrar en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), cualquiera tiene la capacidad de informar y emitir mensajes. Que sea posible mentir o sembrar de dudas los consensos puede llevar el sistema de comunicación al colapso. Todo se empantana de verdad o mentira, una situación que el filósofo Zygmunt Bauman ya presagiaba en su "sociedad líquida". Está claro que ya no vivimos en el ver para creer.

    Etiquetas:
    España, desinformación, noticias falsas, fake news
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