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    La carpa de esta compañía ha pasado varios meses de 2020 sin montar por culpa del coronavirus. Después de unas semanas con el espectáculo suspendido por las restricciones, ha colgado de nuevo el cartel con las próximas actuaciones.

    Ni siquiera una pandemia mundial consigue doblegar al circense. La actividad de trapecistas, contorsionistas, domadores o equilibristas que pueblan este microcosmos de fantasía suele ser frenética. Cuando no entrenan están montando la carpa o trasladándose al siguiente destino. El tiempo libre no existe. Y tampoco lo quieren, según afirma Lorenada Marton, una de las responsables del Circus Universal, a Sputnik. Esta compañía, fundada en 1925 por la familia austriaca Buckhart, lleva todo este año luchando contra la parálisis.

    La primera ola de coronavirus les retuvo en las afueras de Bilbao. Y esta segunda les ha pillado en Vilanova i la Geltrú, localidad catalana situada a 45 kilómetros de Barcelona. Aquí llegaron a levantar la lona, pero las medidas de la Generalitat para frenar al COVID-19 —que supusieron el cierre de la hostelería y los actos culturales— suspendieron de nuevo los planes.

    Su espectáculo estaba programado a lo largo de varios días, empezando la última semana de octubre. No pudo ser. Aguardaron. El descenso de casos ha dado la oportunidad de reabrir ciertos sectores. Y el Circus Universal no lo va a dejar escapar: actuará del 26 de noviembre al 8 de diciembre en este municipio mediterráneo y del 18 de ese mes al 10 de enero en El Prat de Llobregat. El cartel con los nuevos horarios ya están impresos.

    Mientras tanto, han seguido con sus rutinas y han reducido al mínimo la exposición al virus. No han querido verse devorados por el ocio. Ni tirar la toalla. "Solo la tiraremos en la playa, para tomar el sol", bromea Marton, nacida en un rincón de Cerdeña hace 42 años. De hecho, las bombillas que dejan ver el nombre del circo de noche han seguido iluminando el recinto de seis de la tarde a una de la madrugada.

    "Tener las luces encendidas es un himno a la esperanza. Cuando un circo las apaga, es que se da todo por perdido", comenta la trapecista, descendiente de una saga de circenses, añadiendo que han recibido "comentarios raros" por esa decisión: "Dicen que si no ganamos nada, por qué dejamos la electricidad. Pero es que nuestro contrato es distinto".

    Para entender ese espíritu de resistencia hay que remontarse a marzo. El día 8 cerraron los pases en Munguía, pueblo vizcaíno. Se mudaron a Bilbao. Y se anunció el estado de alarma. Antes de tender la carpa de 56 metros de diámetro, se recluyeron en sus caravanas. Iban a ser 15 días. Terminaron siendo casi cuatro meses. Y recuerden: los artistas del circo no descansan.

    Así, montaron sus máquinas donde podían: suelo, árboles… No cayeron en un detalle: el clima. "Enganchábamos las cosas donde podíamos, pero en el País Vasco no sale el sol siempre, y cuando llovía era horrible", recuerda con humor la directora. Luego hicieron "los no-sanfermines": "Siempre estamos en Pamplona en esas fiestas. Tenemos cuatro tipos de carpa y jugamos con el aforo para ver cómo sale mejor. Creíamos que nos iba a ir mucho peor, pero tenemos un público muy bueno en Navarra", ataja tras contar las penurias del principio. 

    De allí a Calahorra o Tudela. De los 34 municipios previstos para 2020 pasaron a seis. La merma de sitios fue proporcional a la facturación: calculan que habrá perdido un 70%. Y, otra vez, las cifras del Ministerio de Sanidad. Los positivos aumentaban en esa esquina del mapa. Y replegaron las gradas. "Como la empresa tiene su base en Cataluña, volvimos. Esa es nuestra casa", explica. El Circus Universal suele regalarse solo dos periodos de vacaciones. Después de Reyes, en enero, descansan hasta febrero. Y en junio, con todo el lío de "exámenes o comuniones", también retoman la vida sedentaria.

    "Únicamente cerramos en esos periodos", indica Marton, que repasa las diferentes nacionalidades que se mezclan en la plantilla. "Hay de Alemania, Italia, Austria… Cuando comenzó la pandemia éramos 40, pero con todo esto nos quedamos 20 y hemos ido buscando artistas locales, que hay muy buenos", apunta la acróbata.

    Los circenses, además, han de seguir una disciplina muy seria. Y no pueden bajar la guardia. Cuando se enteraron de que era una amenaza global, no se anduvieron con titubeos: "Esto es como una aldea. Y si alguien se contagia, caemos como el dominó, uno detrás del otro. Y, como dice la tele, la vacuna somos nosotros mismos", indica la responsable.

    • Holograma de un elefante en el Circus Internacional
      Holograma de un elefante en el Circus Internacional
      © Foto : Cortesía de Loredana Marton
    • Uno de los números del Circus Internacional
      Uno de los números del Circus Internacional
      © Foto : Cortesía de Loredana Marton
    • Una trapecista durante una función del Circus Internacional
      Una trapecista durante una función del Circus Internacional
      © Foto : Cortesía de Loredana Marton
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    © Foto : Cortesía de Loredana Marton
    Holograma de un elefante en el Circus Internacional

    Diseñaron turnos. Para todo. Cada semana va una persona de una familia a hacer la compra. Los carros se quedan fuera y las bolsas se desinfectan. El entrenamiento, igual: de nueve de la mañana a ocho de la tarde se van turnando por horas para no coincidir en la pista.

    "Y hemos adaptado el espectáculo. Teníamos números de tres, cuatro o cinco personas. Los hemos adaptado. Lo mismo con el resto de cosas: desinfectamos el espacio, nos quitamos la mascarilla sólo en la pista, no interactuamos con el público…", relata la artista.

    Ojalá, dice con sorna, puedan celebrar el centenario, en 2025. "Con todo lleno y nuevos trajes", suspira, recordando toda la gente que hay detrás: "Si se para la función, se para todo: los transportistas, los sastres, los técnicos…", enumera Marton. La acróbata es esposa de Fredi Buckhart, heredero de los fundadores. "En el circo somos una gran familia. Nacemos aquí y es como un pequeño pueblo: hay alcaldes, concejales…", ríe. 

    Hasta 2015, este circo internacional continuaba con el show de animales. Decidieron suprimirlos por conciencia animalista. Pero siguen usando mamíferos. Ahora, con hologramas. "Hemos alternado lo tradicional con las nuevas tecnologías", argumenta. Combinan la obra canónica de payasos o prestidigitadores con un juego de iluminación vanguardista. Igual que conjugan los focos de 1984, cuando se instalaron en Barcelona, con las últimas adquisiciones en maquinaria. 

    "Lanzamos un mensaje al planeta. Este año está claro: si el ser humano construyera en lugar de destruir, puede que la energía ambiental regresara. Y con ella, la magia. Creo que llevamos mascarilla porque la naturaleza se ha enfadado. Que podamos reabrir es un granito de arena en el desierto, pero la clave está en no parar. Somos como las hormigas, siempre en movimiento", concluye Marton, que también aclara que "no ha sido tan difícil" enfrentarse a esta crisis: "La aceptamos, y punto". Será complicado que una pandemia les doblegue. Las luces, de momento, siguen encendidas.

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    acróbata, España, restricciones, Generalitat de Cataluña, Cataluña, pandemia, pandemia de coronavirus, artistas, circo
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