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    Son los vencedores del siglo XX, los que durante la colonización saqueaban galeones hoy saquean contenedores.

    Son los tiempos difíciles los que nos mueven con mayor fuerza a buscar a los demás, a apelar a la solidaridad propia y ajena, a la bondad inherente en el ser humano y al sentido de la pertenencia. Cuanto menos así es en teoría. Con la pandemia que sufre el mundo contemporáneo no solo nos sentimos obligados como individuos a revalorizar adecuadamente nuestras prioridades, sino también a reconocer y corregir nuestros puntos débiles como sociedades. Si hay algo positivo rescatable de todo esto es que la dificultad es el combustible del ingenio; somos una especie pulida por las adversidades.

    Dos monjas en las calles de Jerusalén
    © AFP 2020 / Emmanuel Dunand
    La semana pasada las autoridades francesas confiscaban un lote de cuatro millones de mascarillas que pasaban a través de su suelo y que una empresa sueca trasladaba desde China a España e Italia argumentándose en la consigna de estamos en guerra. Finalmente y tras algunas pujas diplomáticas —esperando que haya sido por solidaridad y no solo por ser socios de la OTAN— la mitad del cargamento llegó a su destino final. Un incidente parecido tuvo lugar días después entre Alemania y EEUU cuando la primera acusó al Estado anglosajón de haber desviado un cargamento de miles de mascarillas para que aterrizara en su suelo aún cuando el Gobierno de Berlín ya había pagado por el encargo. Luego, en medio de esta crisis ocasionada por el brote viral y de manera unilateral, el presidente Trump firma un decreto en el que —actualmente poco probable pero quizás sustentados en la misma lógica con la que su sistema judicial condena a un acusado a varias cadenas perpetuas— le da derecho a su país de usar los recursos espaciales por encima de lo que otros Estados, socios o no, puedan decir.

    ¿Es esta política internacional una rareza? Si nos justificamos así como lo hacen los expertos neoccidentales para evaluar un evento histórico no según los critérios de su época sino con los actuales, veremos que no.

    Entre los años 1568 y 1685 solo en el istmo de Panamá se registraron 18 actos de piratería de toda índole, desde la apropiación de metales preciosos hasta el asesinato —hoy se hablaría de genocidios— y destrucción de ciudades, contra los intereses españoles de ultramar. Todos y cada uno de ellos fueron realizados por corsarios y piratas ingleses y franceses, entre algunos nombres podríamos destacar a John Oxenham, William Parker, Davis Swann, Townley Grouniet, François l'Olonnais y los casi estrellas de rock de su época Henry Morgan y Francis Drake, quien gozaba del beneplácito de la Corona. Así pues, siglos atrás se trataba de oro y plata, y quizás algo de gloria, mientras que hoy es de mascarillas para salvar vidas en medio de una pandemia, mañana será el agua y minerales del espacio, con la única diferencia de que hoy ya no es Inglaterra sino su heredero directo EEUU.

    Son los mismos que vencieron en el siglo pasado, los que vieron cómo en 1918 y 1991 otros sucumbían para luego con toda libertad propagar su forma de pensamiento por el mundo. Antes del coronavirus la pregunta siempre presente era: ¿a partir de qué año ellos decidieron que el pillaje y saqueo de recursos ajenos era un delito internacional y no un acto justificable? Hoy esa pregunta tiene respuesta: cuando NO estamos en guerra —de haber dudas pregúntenle a los sirios con su petróleo—porque es en tiempos difíciles cuando surge la verdadera naturaleza humana.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK Y LOS TEXTOS ESTÁN AUTOEDITADOS POR LOS PROPIOS BLOGUEROS

    Etiquetas:
    pandemia de coronavirus, coronavirus en Europa, coronavirus, máscara, COVID-19
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