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    Donald Trump, presidente de EEUU (archivo)

    Trump lanza una guerra autodestructiva contra Pekín

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    Ulises Noyola Rodríguez
    Ulises Noyola Rodríguez
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    La aplicación de aranceles por la Administración Trump, en lugar de ofrecer ventajas a los trabajadores norteamericanos, corre el riesgo de provocar un caos en la economía estadounidense. Las repercusiones de esta política autodestructiva serían graves desde el debilitamiento de la industria hasta el aislamiento de Estados Unidos en Asia.

    La guerra comercial entre Estados Unidos y China se ha intensificado a través de la imposición de un nuevo arancel de un 25% sobre las importaciones industriales provenientes de China. Frente a la amenaza de Xi Jinping de contraatacar, el presidente Donald Trump amenazó con poner aranceles adicionales sobre productos chinos, que representan casi la mitad del comercio entre las dos naciones.

    Para apuntalar su ofensiva en contra de Pekín, el presidente Trump sostuvo que resulta necesario defender la competitividad tecnológica de Estados Unidos y, con ello, proteger el futuro de los estadounidenses frente a las políticas injustas aplicadas por el Gobierno chino. La imposición de aranceles se centró en productos industriales que contribuyen al desarrollo tecnológico de China en sectores estratégicos como el aeroespacial, la robótica, la información y las comunicaciones, entre otros.

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    A causa de los aranceles impuestos sobre los productos chinos, las empresas norteamericanas tendrán que pagar más por las importaciones provenientes de China. Por esta razón, la Cámara de Comercio de Estados Unidos advirtió que la guerra comercial afectará a la manufactura, la agricultura y los consumidores. Los productores estadounidenses verán, al enfrentar mayores costos, socavada su competitividad en el plano internacional, con lo cual, podrían ver reducida su participación en varios mercados.

    El temor del Gobierno estadounidense deriva de la estrategia industrial de China, que busca volverse autosuficiente en la mayoría de los insumos industriales, los mismos que serán imprescindibles para las nuevas tecnologías. Con el fin de cumplir esa autosuficiencia, las empresas chinas están dispuestas a importar una cantidad masiva de tecnología de centros industriales como Estados Unidos, Alemania, Francia y otros países desarrollados, cuyas exportaciones se verían impulsadas por el ascenso industrial de Pekín.

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    Los productos con un elevado contenido tecnológico representaron apenas un 8,1% de las exportaciones de Estados Unidos hacia China en 2016. Por lo tanto, la proporción seguirá siendo poco significativa después de la imposición de aranceles sobre los productos chinos, que indudablemente intensificará la incertidumbre en los intercambios comerciales. Con la política agresiva en contra de China, la cooperación tecnológica entre las empresas de China y Estados Unidos se vislumbra imposible a corto plazo.

    La política comercial de Donald Trump es contradictoria con relación a China. Por un lado, el mandatario estadounidense reclama una reducción drástica del déficit comercial con el gigante asiático; y por otro, restringe el comercio de bienes tecnológicos que podrían contribuir a expandir las exportaciones norteamericanas en el mercado chino para, de esta manera, disminuir la brecha comercial. Además, la expansión de las exportaciones ayudaría al fortalecimiento de la manufactura y la creación de empleos, que se encuentran cada vez más debilitados en Estados Unidos.

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    En cambio, los negociadores norteamericanos insisten en disminuir el déficit comercial a través del incremento de la compra de materias primas (carne, soja y gas) por parte de las empresas chinas. Por su reducido valor, estos productos no podrán disminuir significativamente la brecha comercial con China. Además, ante la posible fuerte respuesta del Gobierno chino de imponer aranceles sobre los productos del sector agrícola de Estados Unidos, las compras disminuirán y, por consiguiente, se anulará la posibilidad de comenzar a reducir el déficit comercial.

    Por si fuera poco, el Gobierno de Trump golpearía duramente a su base electoral localizada en los estados productores de alimentos, entre los que sobresalen California, Illinois, Iowa, Minnesota y Nebraska. Como China es el segundo comprador de productos agrícolas de Estados Unidos, la reducción de las ventas de esos productos en el mercado chino detonaría una caída de los ingresos de los agricultores norteamericanos ante una imposición de aranceles.

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    De la misma forma, la inversión china disminuyó de manera significativa en Estados Unidos, llegando a un monto de apenas 29.000 millones de dólares el año pasado. Para defender su seguridad nacional, el Gobierno estadounidense canceló varios proyectos de infraestructura de empresas chinas, evitando que Pekín adquiriera tecnología de punta. Sin embargo, al cancelar los proyectos del gigante asiático, el Gobierno estadounidense perdió inversiones que habrían contribuido al crecimiento económico, la generación de empleos y la recaudación de impuestos.

    Además, la Administración Trump, de acuerdo con varios medios de comunicación, planea prohibir la compra de compañías por empresas donde los accionistas chinos posean por lo menos un 25% de la propiedad de la empresa en industrias importantes. Las restricciones de inversión tan elevadas sobre China privarían a las empresas norteamericanas de financiamiento fresco para implementar innovaciones tecnológicas, sin las cuales, se rezagarían con respecto a las corporaciones de otros países, que están constantemente actualizando sus procesos de producción.

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    Interesadas en invertir en nuevas tecnologías, las empresas chinas aportarían el financiamiento necesario para que las firmas norteamericanas pudieran incrementar su productividad y, por ende, su competitividad global. Los flujos de inversión de China hacia Estados Unidos tienen todavía un gran potencial, tomando en cuenta que las empresas chinas tendrán que producir una diversa gama de bienes y servicios sofisticados para la clase media.

    Prueba de ello es que los salarios promedios mensuales en varias ciudades chinas como Shanghái (1.135 dólares), Pekín (983 dólares) y Shenzen (938 dólares), ya están por encima de los niveles salariales de miembros de la Unión Europea como es el caso de Croacia y Lituania. Adicionalmente, el Gobierno chino está ampliando las prestaciones sociales y los servicios públicos, factores que están incrementando los ingresos laborales de los trabajadores para luego equipararse con las remuneraciones de los países mejor posicionados a escala mundial.

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    Por añadidura, la política agresiva de Trump está cerrándole la puerta a Estados Unidos en Asia. Esto responde a que China ensambla una cantidad importante de sus productos con la colaboración de los países asiáticos para luego exportarlos a Estados Unidos. Al imponer aranceles sobre los productos de China, el presidente estadounidense está imponiendo barreras comerciales de forma indirecta sobre las mercancías de los demás países de Asia, que mantienen fuertes vínculos con el gigante asiático.

    Cabe recordar que el desacuerdo entre los países asiáticos con Washington se acrecentó desde la salida de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) el año pasado. El posible regreso de Estados Unidos al acuerdo comercial resulta ahora imposible con el rechazo del primer ministro japonés, Shinzo Abe, a la aplicación de aranceles sobre el acero y el aluminio, anunciados en marzo pasado, a los productores japoneses. Y peor aún, la estrategia del presidente Trump de firmar acuerdos comerciales bilaterales con los países asiáticos está perdida ante las tensiones comerciales en curso.

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    Una intensificación de la guerra comercial, tal como lo plantea el mandatario estadounidense, no será tolerada por los países asiáticos, que colaboran con China en una gran diversidad de rubros, desde el comercio hasta la seguridad y la defensa. Es la postura proteccionista de Donald Trump la que en realidad representa una seria amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, pues de no dar marcha atrás, será una fuerte embestida contra las propias empresas norteamericanas que seguirán perdiendo influencia en el continente asiático.


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