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    RÍO DE JANEIRO (Sputnik) — Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud el 13 de mayo de 1888, cuando la princesa Isabel firmó de forma solemne en el Palacio Imperial de Río de Janeiro la llamada Ley Áurea, triunfo de un movimiento abolicionista y heterogéneo en el que tuvieron un protagonismo destacado unas flores, las camelias.

    En las tierras donde ahora se alza el exclusivo barrio de Leblon, en Río de Janeiro, hace poco más de 130 años el portugués José de Seixas Magalhaes tenía una finca en la que cultivaba flores con la ayuda de afrodescendientes que habían huido de sus amos, que tenían allí refugio gracias a la complicidad de los principales abolicionistas de la época, muchos de ellos bien relacionados con la corte imperial brasileña.

    Se trataba de un "quilombo", una comunidad formada por exesclavos que se liberaron de sus amos escapando de ellos.

    Las flores más delicadas del quilombo eran las camelias japónicas, exóticas e introducidas en Brasil 60 años antes y poco preparadas para los calores de los trópicos.

    Estas preciadas flores requerían tantos cuidados como la libertad que estaba a punto de conquistarse, explica Eduardo Silva, autor del libro "Las camelias de Leblon y la abolición de la esclavitud", editada por Companhia das Letras.

    "El quilombo de Leblon ya era la modernidad penetrando y destruyendo aquel Brasil patriarcal y esclavista, es la participación de mujeres, de negros, de inmigrantes… ya no son esclavos aislados rompiendo con la sociedad, sino hombres esclavizados articulados con sectores progresistas transformando esa misma sociedad", comentó Silva en una entrevista con Sputnik.

    En ese contexto, las camelias se convirtieron en un símbolo y en un arma de propaganda.

    Seixas Magalhaes enviaba las mejores camelias al Palacio das Laranjeiras, residencia oficial de la princesa Isabel, que no solo las usaba en sus dependencias y en la capilla, sino que osaba aparecer con ellas adornando su vestido; era su forma de decir públicamente que era favorable a la causa abolicionista.

    Las flores también servían como una especie de código entre los políticos e intelectuales que estaban decididos a acabar con los trabajos forzados, sobre todo para los que estaban involucrados en acciones más peligrosas o ilegales, facilitando fugas o buscando refugio para los fugitivos.

    Cuando esclavos de otras regiones llegaban a Río de Janeiro huyendo de los esclavistas rurales podían identificar rápidamente a posibles aliados, bastaba fijarse en si llevaban una flor en la solapa.

    La propia princesa Isabel participaba en esos esquemas y no parecía muy preocupada en esconderse: el 4 de mayo de 1888 "almorzaron en el Palacio Imperial 14 africanos huidos de las haciendas vecinas de Petrópolis", según escribió en su diario el abolicionista André Rebouças, el primer ingeniero negro de Brasil.

    En los últimos años, no obstante, el movimiento negro brasileño ha presionado para revertir la imagen de Isabel, que aún es vista como la gran "redentora", eclipsando a muchas heroínas y héroes negros que lucharon contra la esclavitud y que no tuvieron el mismo protagonismo en las páginas de la historia oficial.

    Historias como las de Luisa Mahin, una de las líderes de la revuelta de los malés (los esclavos musulmanes que se alzaron en la norteña Bahia en 1835) o Chico da Matilde, también conocido como el Dragón del Mar, un pescador que se negó a desembarcar los barcos esclavistas en las playas de Ceará, ocupan cada vez espacios mayores en los medios de comunicación y en la cultura popular.

    Una de las principales escuelas de samba del Carnaval de Río de Janeiro, Mangueira, dedicó su último desfile a contar "la historia que la Historia no cuenta", con versos como "La libertad no vino del cielo ni de las manos de Isabel" reivindicó a los héroes negros olvidados y presentó a la princesa con las manos manchadas de sangre.

    Para Silva, esta creciente revisión del papel de Isabel merece una reflexión más detenida.

    "El quilombo de Leblon revela exactamente el papel decisivo del propio esclavo en la conquista política de la abolición; en realidad, sin la adhesión consciente de los cautivos, manifestada por las fugas en masa, el proyecto de abolición inmediata y sin indemnización para los propietarios no habría tenido éxito", explicó.

    La Ley Áurea concedió libertad repentina a los negros, pero no hubo ninguna compensación hacia ellos por el daño histórico.

    Sin acceso a tierra, vivienda o educación, casi un millón de nuevos brasileños libres se vieron abocados a la exclusión social, con escasas posibilidades de ejercer una verdadera ciudadanía, un problema estructural que se arrastra hasta nuestros días.

    Los célebres músicos populares Caetano Veloso y Gilberto Gil, en una canción escrita a cuatro manos llevaron a la actualidad el curioso paisaje de las flores subversivas al reivindicar una segunda revolución silenciosa: "Las camelias del quilombo de Leblon, en las solapas (…), las camelias de la segunda abolición, ¿dónde están?".

    Etiquetas:
    Brasil, esclavitud, flores
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