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París late a un ritmo distinto

© Sputnik / Alejandro Cuevas VidalTuristas frente a la 'Venus' de Milo (Museo del Louvre, París)
Turistas frente a la 'Venus' de Milo (Museo del Louvre, París) - Sputnik Mundo, 1920, 15.12.2021
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La capital de Francia pelea contra el coronavirus mediante el pasaporte COVID y la mascarilla. Los positivos se multiplican con la llegada de ómicron, pero la vida no se detiene.
"Es única, te gustará", sentenció una amiga cuando supo del destino final de mi periplo otoñal. Tras semanas de revisión digital, llamadas telefónicas y mensajes, París fue la elegida. Jamás había pisado la capital francesa, pero sentía como si ya lo hubiese hecho. Amélie Poulain, Jean Valjean, Henri Toulose Lautrec o, por qué no, Emily Cooper me habían presentado su versión de la urbe. En mi mente, las impresiones de estos particulares guías y las de todos aquellos que quisieron aconsejarme sobre el lugar. Tal vez lo que no esperaba, o más bien no deseaba, era que el coronavirus quisiera mostrarme la Ciudad de la Luz. Bendita inocencia.
Cuando compramos los billetes apenas se superaban los 1.000 casos diarios en Francia. Ómicron no era más que una letra del alfabeto griego. El día que aterrizamos en el aeropuerto de París-Beauvais, más de 48.000 personas dieron positivo por COVID-19. Los vuelos con los países del África austral estaban suspendidos. "Estas medidas buscan proteger ante la llegada de este virus", destacó el ministro de Sanidad, Olivier Véran.
© Sputnik / Alejandro Cuevas VidalCalle del Barrio Latino (París)
Calle del Barrio Latino (París) - Sputnik Mundo, 1920, 14.12.2021
Calle del Barrio Latino (París)
Eso sí, las fronteras con los miembros de la Unión Europea se mantendrían abiertas. Tallin o Palermo aparecían en las pantallas de aquel pequeño aeródromo para compañías de bajo coste. Un lugar casi vacío, alterado por los gritos de los turistas ávidos de París. En su nave central, una hilera de máquinas para comprar el ticket de autobús que permitiría recorrer los 70 kilómetros que lo separan de la Porte Maillot. La aportación aeroportuaria contra la pandemia se centraba en un chorreante bote de gel hidroalcohólico. La declaración jurada para entrar en Francia ya había sido revisada por la compañía aérea. El adalid de la lucha contra el coronavirus, el pasaporte COVID, no había tomado el aeropuerto de Beauvais.
La situación dista de aquel enclave de la Picardía a la capital nacional. "¿El pasaporte COVID, por favor?", comenta un camarero de frondosa barba en un bar de rue Soufflot, a los pies del Panteón. Sacar el teléfono móvil y mostrar el código QR que porta el certificado de vacunación se torna en un gesto habitual durante los días en París. Inmediatamente después, con otro móvil, el demandante comprueba su vigencia. Procedimiento que se repite a las puertas de la pirámide de cristal del Museo Louvre o en las estancias previas al patio que da acceso al palacio de Versalles. También en los locales de restauración. Inés blande su dispositivo, mientras distribuye bebidas sin parar en una esquina de Montmartre. Su día a día pasa entre pantallas centelleantes, cervezas y platos de pollo asado.
© Sputnik / Alejandro Cuevas VidalMetro de París
Metro de París - Sputnik Mundo, 1920, 14.12.2021
Metro de París
El pasaporte COVID forma parte de la vida parisina. Las multitudinarias manifestaciones en su contra parecen diluirse entre una población que, en su mayoría, ha aceptado la medida estrella del Elíseo para combatir la pandemia. Desde su obligatoriedad en actividades sociales, la vacunación se ha acelerado de forma significativa. El 88,6% de los franceses mayores de 12 años ha recibido la pauta completa. El presidente del país, Emmanuel Macron, espera que el certificado digital impulse la dosis de refuerzo contra la variante ómicron.
No obstante, la normativa también impulsa el efecto contrario. El ministro del Interior, Gérald Dermain, ha confirmado que existen en torno a 400 investigaciones abiertas sobre redes que distribuyen certificados de vacunación falsos. Miles de estos pasaportes COVID han sido detectados por las autoridades galas. Precisamente, en noviembre, un médico de la región de París fue detenido tras vender al menos 220 documentos falsificados a un precio de 1.000 euros. Un mes después, una mujer de 57 años ingresó por coronavirus tras presentar en un hospital del área metropolitana de la ciudad uno de los papeles adulterados en los que decía que había recibido la pauta completa. El equipo médico falló a la hora de dar el tratamiento adecuado. Acabó falleciendo el 10 de diciembre.

Una ciudad abierta

Los días pasaban a orillas del Sena y la variante ómicron calaba en Francia como la lluvia que desprendía el enmarañado cielo parisino. Había jornadas en las que los positivos en el país rozaban los 60.000. El primer ministro, Jean Castex, anunciaba el cierre de las discotecas y la vuelta de las mascarillas a los patios de las escuelas. El objetivo es cortar la transmisión del virus. De momento, el toque de queda o el confinamiento se descartan, gracias a las altas tasas de vacunación.

"Mi mensaje es muy sencillo, hasta fin de año, damos un paso atrás, paramos, nos protegemos y así protegemos nuestra capacidad de disfrutar la Navidad. Muchos han comenzado a hacerlo espontáneamente con espíritu de responsabilidad", ha remarcado Castex.

Pero, al igual que las precipitaciones no ralentizan el trajín de París, el coronavirus tampoco lo hace. La ciudad se muestra espléndida ante el visitante. Los amplios bulevares son ríos de personas. Los escaparates de las gigantescas boutiques de la avenida de los Campos Elíseos resplandecen entre luces y bolas de colores. Los feligreses ríen en las terrazas del barrio Latino o Le Marais alrededor de una copa de vino. Los abetos adornan la plaza del Ayuntamiento, donde el olor a crepe nubla los sentidos. La urbe no solo es la Ciudad de la Luz, sino también la de las luces. La Navidad se aproxima. Lo saben los comerciantes, los clientes y Anne Hidalgo, alcaldesa de la capital francesa. En el caso de la última, también en su mente las elecciones presidenciales del 10 de abril de 2022.
Una alegría de la que la mascarilla no forma parte. En espacios abiertos, su uso no es necesario, a menos que exista posibilidad de aglomeración. Sin embargo, sí que es obligatoria en lugares cerrados. Los altavoces del metro lo recuerdan en distintos idiomas. Desde el inglés hasta el alemán. Los grandes monumentos lo indican en todas sus entradas. Pero, el cumplimiento de la medida viene entrecomillado. A pesar de que la mayoría de bocas y narices aparecen tapadas, no es extraño encontrar alguna asomando. Ya sea frente a Desayuno sobre la hierba de Edouard Manet en el Museo d'Orsay o en los vagones del suburbano. En restaurantes y bares, la respiración es libre de forma constante.
© Sputnik / Alejandro Cuevas VidalBarrio de Montmartre (Paris)
Barrio de Montmartre (Paris) - Sputnik Mundo, 1920, 14.12.2021
Barrio de Montmartre (Paris)
Según la policía de la prefectura de París, la normativa también obliga a portar mascarilla en festivales, colas, mercados, espectáculos o reuniones públicas. Entonces, el tapabocas desaparece por completo. Por lo general, se convierte en distintivo entre locales y turistas de determinados países. Y es que al aire libre, donde la probabilidad de contagio se reduce, París respira tranquila. Tan solo algún transeúnte viste su rostro con una quirúrgica. La FFP2 acostumbra a ser complemento extranjero.
Tampoco existe aparentemente en la ciudad ninguna limitación de aforo. Por ende la distancia social se torna casi imposible en determinados momentos. Escasos locales de restauración respetan el metro y medio de separación recomendado por la comunidad sanitaria. Como sucede en otros países, sin medidas, estos se convierten en uno de los principales puntos de partida de brotes.
© Sputnik / Alejandro Cuevas VidalAmbiente navideño frente al Ayuntamiento (París)
Ambiente navideño frente al Ayuntamiento (París) - Sputnik Mundo, 1920, 14.12.2021
Ambiente navideño frente al Ayuntamiento (París)
Con el pasaporte COVID y la mascarilla como escudo, los museos también rebosan. Los visitantes batallan por ser Beyoncé frente a la Victoria de Samotracia. La guerra es definitiva ante La Gioconda, cuyo gesto misterioso dirige a la cola de 20 minutos para poder fotografiarse con ella. Agobio patente en el Salón de los Espejos de Versalles o la sección impresionista del Museo d’Orsay. Obviamente, potenciado por el turismo de masas del que somos partícipes. Tan solo las Catacumbas de París tenían un marcador de aforo. Tal vez por la pandemia, aunque probablemente para evitar pérdidas en el laberinto subterráneo sobre el que se aposenta la ciudad.
Despegamos un día tranquilo de Beauvais. En nuestras piernas, kilómetros de aceras y caminos de tierra. En las retinas, oro, óleo y mármol. En la garganta, sequedad de días de una casi constante mascarilla. La pandemia no ha restado un ápice de majestuosidad a París. Ómicron campa por sus calles, pero no ha detenido el ritmo de la capital cultural del continente europeo. A pesar de las limitaciones, la urbe de Francia late con fuerza. A momentos, contagia. En otros, tal vez para un visitante llegado desde España, a un compás demasiado acelerado.
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