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Los Paniora, el clan de descendientes españoles que habita en Nueva Zelanda

© AFP 2021 / Michael BradleyUn guerrero maorí durante una celebración en un torneo de rugby de 2018
Un guerrero maorí durante una celebración en un torneo de rugby de 2018 - Sputnik Mundo, 1920, 14.05.2021
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Esta comunidad de las antípodas mantiene la veneración por su ancestro Manuel José de Frutos Huerta, un comerciante segoviano que llegó a la isla en el siglo XIX.
Lo que rodea a los Paniora está entre el suspense y la exposición. Es fácil ver documentales o incluso testimonios de gente que les ha visitado, pero es difícil ponerse en contacto con ellos. Al menos desde la distancia. Este clan o hapu (en lengua maorí) de Nueva Zelanda rinde homenaje a sus raíces: el nombre significa clan de los españoles. En el siglo XIX, el comerciante segoviano Manuel José de Frutos Huerta llegó a esta isla de las antípodas y formó una familia. Sus descendientes aún le recuerdan y mantienen los lazos con este país al otro lado del mundo, aunque sea complicado entender del todo esa veneración.
Si nos desplazamos al inicio de la historia, esa que cuenta el libro Ramas de olivo (Olive branches, en su título original), estos residentes de la costa este de la isla sur neozelandesa deben su linaje a un español que llegó en torno a 1835 en un barco ballenero inglés. Había nacido en 1811 en Valverde de Majano, una localidad segoviana que en la actualidad posee poco más de 1.000 habitantes. Dedicado al negocio de la lana, este joven decidió salir de la meseta y embarcarse en busca de fortuna.
Primero atravesó el Atlántico hasta Perú. Allí se unió al barco ballenero Elisabeth y llegó a Port Awanui, en Nueva Zelanda. En este saliente a unos 560 kilómetros de Auckland, la capital, entabló amistad con pobladores de la zona, mayoritariamente de la tribu maorí de los Ngati Porou, una de las más numerosas. Esta relación se estrechó hasta el punto de desposar a cinco mujeres: Tapita, Kataraina, Mihi Taheke, Uruhana y Maraea.
Manuel José prosperó en la región de Cabo Este. En poco tiempo no solo se hizo un comerciante ilustre sino que engendró nueve hijos. Pronto esa familia creció exponencialmente con 41 nietos y 299 bisnietos. Y ahora se calcula que son unos 16.000 quienes provienen de esta progenie. Unos vástagos que hasta 2006 no dieron exactamente con su origen: conocían sus lazos con España, pero no el punto exacto.
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Y eso, para los maoríes, es un punto fundamental de su existencia. La identidad se forja gracias al pasado y al recuerdo de los ancestros. O, tal y como expresan de forma proverbial, "solo al conocer tu genealogía puedes clavar tu lanza en la tierra y tener un futuro".
Esa lanza clavada llegó gracias a Diana Burns, una periodista neozelandesa, y la historiadora María Teresa Llorente, de Valverde de Majano. "Todo empezó en 2005 con un nombre y una fecha, con varias suposiciones, pero ninguna certeza", cuenta Santiago Ayuso García, uno de los vecinos de este municipio y también en parentesco con Manuel José de Frutos Huerta. "Indagaron para averiguar bien de dónde eran sus ancestros y para que su espíritu estuviera a gusto", comenta, "porque tienen mucho amor a estas cosas".
Ayuso, de 59 años, habla con Sputnik desde el pueblo donde ha recibido a varias comitivas de los Paniora en este tiempo. "En el verano de 2007 vinieron 17 personas. Nada más pisar Valverde besaron el suelo, nos saludaron con la nariz, su saludo típico, y dándonos su aliento; estaban muy emocionados", rememora. Él también ha estado en Nueva Zelanda: "Cada año se celebra un homenaje a Manuel José. Allí son unos 16.000 y están intentando actualizar el árbol genealógico", anuncia quien tiene contacto con "ocho o diez" personas y comparte "no solo familiaridad, sino amistad": "¡Vemos rugby porque les encanta!".
Edda McCabe, una de las participantes en aquel viaje, subrayaba en un artículo de la revista Yorokobu que, después de aquel reencuentro con la tierra primigenia —el "valle o pradera verde" que les habían descrito los más antiguos—, estaban "aprendiendo" a darse "permiso a ser españoles": "Ahora es cuando hemos empezado a comprender lo que significa ser un Paniora", argumentaba.
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Generalmente, la vida de estos Paniora se debe a la artesanía o trabajos manuales, tal y como señala Ayuso. Muchos poseen ovejas merinas, de las que extraen la lana. Repiten, quizás sin saberlo, en el gremio donde se desarrolló Manuel José de Frutos Huerta. "Hacen carpintería, tatuajes o trabajan en agricultura, pero también están ya muy europeizados: tienen buen nivel de vida, aunque siguen teniendo un gran amor por la naturaleza y se ve todo en plan familiar, colectivo, y no del individuo", concede.
Cuando estuvo allí, Salvador Ayuso visitó la tumba de su ancestro. Este altar reposa en medio de un paisaje típico del lugar: un amplio espacio de vegetación cuidada y horizonte agreste. Al fondo, el río Waiapu y al océano. En la placa negra a los pies de una cruz se lee: "En memoria de Emmanuel Josef, ballenero y comerciante de Port Awanui, y de las mujeres Ngāti Porou (Tapita, Katarina te Ahui, Maraea, Mihi Taheke, Uruhana) que fueron las madres de sus hijos. Erigido por los descendientes de Manuel José en 1980".
Solo rompe la sobriedad el escudo de los Paniora. En él aparece un castillo dorado como el de las castillas españolas, la rama de un olivo y varias franjas amarillas y rojas, como la enseña nacional. Su unión con este personaje, del que apenas existen unos cuantos dibujos, y con la patria extraña, que muchos ni siquiera han pisado, tiene más que ver con lo místico que con lo real: los Paniora sienten la naturaleza como un ente vivo y pueden considerar un hermano a un río o una madre a la montaña.
Con España, ese sentimiento es parecido. Están conectados y forman parte de ella desde que nacen hasta que mueren, aunque no la lleguen a palpar. Es un vínculo espiritual, de pureza y concordia con las varias identidades que atesora al nacer un Paniora: aparte de español, se sienten maoríes, neozelandeses o polinesios. En Ramas de olivo relatan en un poema esta conjunción internacional: "Aunque descendiente de cinco mujeres, los lazos de esta familia son fuertes, la sangre española que les diste, les da un lazo común. Pero tú todavía permaneces en las sombras, un español sin pasado, un vínculo en Awa Nui, es donde tu olivo permanece firme".
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Distribuidos por varios núcleos urbanos de esta isla en medio del Pacífico, el clan de los españoles reúne afiches de flamenco, de toros o de la selección de fútbol. Es habitual encontrar en redes sociales vídeos con el taconeo de una bailaora, anuncios promocionales de ciudades de la Península Ibérica o agenda de celebraciones con temática patria.
Aunque a comunicación por correo sea en inglés y en sus nombres se intercale el español al natural o traducido indistintamente. Solo Eva García, una de las descendientes, remite en castellano por teléfono a James Barnes, el presidente de la organización que congrega a la mayoría de Paniora. Esta mujer, incluida en el grupo de los Paniora, se muestra reacia a dar detalles de la rutina del grupo y nadie responde nunca más a las peticiones de Sputnik.
La información más directa la da John Manuel o Big John, patriarca de los Paniora y uno de los más televisivos. Asegura en un documental emitido por TVE en enero de 2021 que se siente cómodo con ambas identidades y que es la quinta generación de José Manuel de Frutos Huerta. Muestra con orgullo una foto junto al rey emérito, Juan Carlos I, saludándole con un hongi (pegando la nariz y barbilla, el saludo al que se refería Salvador Ayuso) y destaca que cada vez más maoríes quieren saber su origen.
"Es importante para nosotros ser Panioras y escuchar lo que nuestros abuelos nos han dicho, que era que recordáramos nuestra herencia española. Ellos estaban muy orgullosos y nos contaron muchas veces todo lo que nuestro ancestro José Manuel pasó al llegar a Nueva Zelanda. Durante mi infancia, España era esa tierra con la que sueñas y a la que nunca has logrado ir", expresa uno de ellos con un toque de ilusión e inocencia.
A la vez, se intercalan imágenes de las celebraciones con banderas y declaraciones con otros miembros que se sienten "preocupados" por la visita de neozelandeses a un pequeño pueblo segoviano. También se ve el olivo que aquel vecino legendario plantó en la isla y el tótem maorí con dos piedras de jade verde que depositaron en Valverde de Majano como reflejo de la hermandad. "Me llamó mucho la atención cómo gestionan todo en torno al maray, un círculo espiritual, y la pasión de vivir su linaje, que es sagrado", concluye Ayuso.
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