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Ecos de la Comuna de París en España: entre el apoyo y la distorsión

© AFP 2021 / Anne-Christine PoujoulatManifestantes en París con una pancarta de la Comuna durante la celebración del 1 de mayo en 2019
Manifestantes en París con una pancarta de la Comuna durante la celebración del 1 de mayo en 2019 - Sputnik Mundo, 1920, 07.05.2021
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La conmemoración del 150 aniversario de este Gobierno insurrecto en la capital francesa, basado en la autogestión socialista, sirve para conocer cómo pudo haber influido en el país colindante.
Dibujaron a sus participantes femeninas como caricaturas. Las ilustraciones francesas sobre las comuneras mostraban a personas deformes, andrajosas, rozando lo animal. Cuando París se rebeló y convirtió la política en un movimiento autogestionado, el orden establecido intentó jugar la baza del acoso y derribo. La propaganda en su contra vino desde diferentes niveles hasta que se clausuró con una violencia extrema. En los dos meses que duró, del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871, este sistema insurrecto fue capaz de poner en la palestra otras formas de hacer política. Su conmemoración, 150 años después, ha servido para recordar lo que significó y cómo se propagó en países aledaños como España.
La Comuna de París, recordada hoy como un capítulo excepcional de la historia, fueron alrededor de 70 días que agitaron el continente. El Ayuntamiento de la capital francesa (llamado Commune o Comuna, de ahí el nombre) se convirtió en un laboratorio ácrata, con un Consejo de 92 miembros que comulgaban con posturas socialistas, comunistas o anarquistas. Ocurrió tras la guerra franco-prusiana y un desenlace que conllevó hambre y descontento. La población de esta urbe seguía bajo el bombardeo enemigo y Louis Adolphe Thiers, el presidente provisional de la III República, abandonó el cargo, dejando la ciudad sin líder.
Así se instala esta comitiva revolucionaria que decreta unas medidas excepcionales: que las fábricas funcionasen sin patrón, que las iglesias fueran un espacio público, que se anularan las deudas pretéritas del alquiler o que los vecinos participaran en las tareas comunes. "El establecimiento de la Comuna no supuso la sustitución de una clase dirigente por otra, sino la abolición de toda clase dirigente. Supuso la sustitución de la producción capitalista por un auténtico régimen cooperativo, es decir, comunista", narraba Eleanor Marx Aveling, hija de Karl Marx, en 1886.
"Fue el primer intento por parte del proletariado de gobernarse a sí mismo", defendía la activista antes de lamentar aquel abrupto final: el Gobierno central envió a sus tropas para masacrar a los sublevados, que durante una semana conocida como sangrienta sucumbieron al cerco. La denominada Resistencia levantó barricadas, pero las diferentes filas del Ejército fueron ganando territorio. Hasta que disolvieron al nuevo ejecutivo y restablecieron un orden que resultaba más tranquilizador para la burguesía. Las cifras que se barajan son de entre 20.000 y 50.000 parisinos fallecidos, centenares de inmuebles quemados, unos 40.000 arrestados, miles de deportados a campos de concentración de Nueva Caledonia y unas 14.000 sentencias de muerte.
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Para colmo, muchos de estos asesinados fueron exhibidos en la calle, a petición de Thiers como "lección" a los rebeldes. Les fusilaban a la luz del día, en bulevares principales o muros del extrarradio. Las fuerzas del régimen seguían órdenes y los sublevados soltaban un último "¡Viva la Comuna!" mientras apretaban el gatillo. Como cuenta el cronista de la época Prosper-Olivier Lissagaray en el libro Historia de la Comuna de París de 1871, reeditado en español recientemente por Capitán Swing, "esos hombres que se encaminaban con tanto arrojo a su tumba, que desafiaban con su gesto los fusiles y gritaban al morir que su causa no moriría, esas voces vibrantes y esas miradas llenas de orgullo, turbaban profundamente a los soldados, hasta el punto de que, al disparar, pese a tenerlos tan cerca, raramente acertaban".
Las imágenes se extendieron rápidamente y fueron el jarro de agua fría para otros puntos próximos a punto de bullir. En España, el eco fue "considerable", según la analista Marie-Angèle Orobon, profesora de La Sorbona, que recuerda cómo ya existían las corresponsalías de guerra y circulaba la información. "Francia ya estaba en el candelero desde la declaración de la guerra franco-prusiana el 19 de julio de 1870, cuyo pretexto –no la causa– había sido la vacancia del trono en España tras la revolución de septiembre de 1868 que derribó a Isabel II", advierte a Sputnik. Las noticias de la capital francesa, asegura la estudiosa del tema, “apasionaban a la opinión pública española".

"Se dividió instantáneamente el arco político ante los acontecimientos parisinos. La prensa monárquica, tanto liberal, conservadora como legitimista (carlista) denunció la anarquía, el desorden que se había apoderado de París, que se hallaba presa de la anarquía, del desenfreno revolucionario, de una suerte de apocalipsis. Por el contrario, la prensa republicana federal recalcó la legitimidad de la reacción del pueblo ante el ataque gubernamental. Se consideró que la Comuna representaba la defensa y el triunfo de la república, amenazada por una conjura monárquica", explica.

Aunque con división de posturas, el ejemplo del norte era de "lucha contra la reacción, era el ejercicio de la justicia y el dominio de la razón. Se percibió entonces como el modelo del federalismo y de un nuevo orden social". Y se consideró uno de los impulsos para la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) de España, cuyos núcleos se habían empezado a asentar en 1869. "El 2 mayo de 1871, la sección madrileña de la Internacional organizó un té fraternal en el café Internacional (situado en la calle Alcalá) de Madrid en solidaridad con la Comuna de París", rememora Orobon.
Como en Francia, el mecanismo de propaganda no tardó: los mandatarios visitaron redacciones de periódicos, cancelaron los homenajes en Madrid y persiguieron a la AIT, que llegó a ser ilegalizada a finales de ese año y cuyo Consejo Federal tuvo que emigrar a Lisboa. En España, la Comuna de París dio lugar a una revisión inmediata en los años 1871 y 1872, tanto por parte de sus adversarios, para denunciar el apocalipsis que había sido la Comuna, como también de sus apoyos.

"Por su breve e intensa vida, por la despiadada represión de que fue objeto, construyó, en el fondo, su propio mito. Adolphe Thiers, jefe del poder ejecutivo, quería que el aplastamiento de la insurrección fuera ejemplar, y lo fue, pero no únicamente en el sentido en que él lo entendía, ya que la Comuna cobró un valor de símbolo para la clase obrera y las izquierdas, en el plano internacional", agrega la investigadora de La Sorbona.

Tras el aplastamiento de la Comuna proliferó el respaldo. Hay una fase conmemorativa con un alza a finales del siglo XIX que aprovechan los partidos afines. "Se produce una auténtica apropiación por el socialismo español, como lo pueden indicar estas palabras de un militante de Roda, en Cataluña: 'El hecho que aquí conmemoramos es puramente nuestro, del Partido Socialista Obrero, pues las ideas que dieron a la Comuna verdadero carácter revolucionario fueron las nuestras', percibiéndose como la página más gloriosa de la historia del proletariado", indica Orobon.
Y siguió influyendo más adelante, comenta Orobon: "Continuó hasta la II República. Tras la revolución de octubre de 1934 que convirtió a Asturias en un gran mito obrero y revolucionario, se llegó a popularizar la expresión comuna asturiana, aunque después de los hechos, sobre todo a partir del Frente Popular. Justo después de la violenta represión de la revolución asturiana, el líder monárquico José Calvo Sotelo hizo una analogía entre la República francesa de 1871 y la española de 1934 en el Congreso de los Diputados, elogiando la represión ejercida contra la Comuna de París".
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Unos años más tarde, en plena Guerra Civil, Federica Montseny hizo un paralelismo entre las aspiraciones de la Comuna y las de la España republicana de aquel momento. "La revolución española, vencida, sería el principio del fin de una revolución internacional en Europa y en América. El fascismo se extendería como una mancha de aceite", afirmó la sindicalista catalana con bastante tino: al Golpe de Estado franquista le siguió una Guerra Mundial y varias décadas de dictadura. La Comuna pasó al olvido.
Hasta 2011. El Movimiento 15-M, una iniciativa popular surgida en la Puerta del Sol de Madrid, hizo alguna referencia. Más por su independencia de partidos políticos que por las circunstancias, según aclara Orobon: "El marco socio-histórico no tiene nada que ver. Es decir, la Comuna fue un referente simbólico, no un modelo. También en el movimiento social que se inicia en noviembre de 2018 en París, conocido como de los chalecos amarillos, hubo alguna referencia, se ostentó alguna bandera con el lema Vive la Commune, pero en este caso también es la Comuna como símbolo".
Ese ejemplo de nuevo orden social, tildado como "templo de la libertad, igualdad y fraternidad", es hoy un apartado al margen en los libros de historia. "Sí se ha intentado sepultar la Comuna en el olvido y el silencio, porque la violentísima represión fue un baldón para una república apenas constituida", indica la profesora francesa, "pero el 150 aniversario ha dado lugar a toda una renovación historiográfica, a dosieres monográficos en revistas de historia y a algunas actividades culturales que no se han podido celebrar a causa de las restricciones sanitarias".
También ha ocasionado polémicas y debates públicos, sobre todo en París, advierte la experta. La Comuna forma parte de las disputas o conflictos memoriales que conoce Francia, anota Orobon, porque funciona como una especie de mito. "Fue una revolución profundamente social en defensa de la república democrática", arguye, mencionando ese cruento final y los fogonazos que alumbraron otros lugares del globo. A pesar de la propaganda distorsionada de sus participantes y de que el cielo no llegara a tomarse, como animó Marx, ni por asalto ni por consenso.
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