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La II República española cumple 90 años: ¿por qué se menciona tanto en la política actual?

© AP Photo / Alvaro BarrientosUn joven ondeando una bandera republicana durante una manifestación contra la monarquía en 2014
Un joven ondeando una bandera republicana durante una manifestación contra la monarquía en 2014 - Sputnik Mundo, 1920, 14.04.2021
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El 14 de abril se conmemora el inicio de un periodo reciente en la historia del país que desembocó en una Guerra Civil y cuatro décadas de dictadura. Hoy hay quien ve ingredientes parecidos a los de entonces.
Han pasado 90 años, pero la sombra de la II República española se alarga hasta nuestros días. La fecha de su proclamación, el 14 de abril de 1931, no solo es una efeméride más en el calendario ni el epígrafe de un tema en los libros de la Historia: sigue representando la división nacional. Volver a ese periodo se convierte a menudo en un cruce de reproches, a pesar de su corta duración. O quizás por eso: los cinco años en paz tras la expulsión del rey Alfonso XIII mantienen su halo de ensueño para algunos y sus vilezas para otros.
De un lado se esgrimen los avances sociales (sufragio universal, las misiones pedagógicas de alfabetización, la libertad sindical…) o laborales (con una reforma agraria que reguló las condiciones campesinas de la época). De otro, la supuesta inseguridad de las calles, la presunta ingobernabilidad tras la victoria conjunta de la izquierda o las revueltas en diferentes puntos de la geografía a lo largo de aquellos años se usan como argumento para justificar el Golpe de Estado de 1936, la consecuente Guerra Civil y las cuatro décadas de dictadura de corte fascista.
Aún hoy, esas letanías llegan al discurso oficial. Partidos como Vox han sacudido la alfombra de términos y enarbolan su lucha contra el Gobierno actual, una coalición de PSOE y Unidas Podemos, tildándoles de Frente Popular. Aluden a las checas (cárceles republicanas) cada vez que se menciona el holocausto franquista (que, según las estimaciones más recatadas, suma 150.000 cadáveres). E incluso se filtran conversaciones procedentes de exmilitares que hablan sobre "fusilar rojos".
La II República española derivó en un país de vencedores y vencidos cuyas heridas, a tenor de los mensajes emitidos en el Congreso, en manifestaciones falangistas o en barrios donde resuena el "no pasarán" de la resistencia, siguen supurando. ¿Por qué? El escritor y periodista Vicente Clavero, profesor universitario y autor en la editorial Catarata de 14 de abril. Crónica del día en que España amaneció republicana, cree que "los grandes poderes no perdonaron nunca el triunfo de la República" y desde aquella mañana en que se colgó la bandera con la franja morada en los Ayuntamientos "conspiraron contra ella".
"Esas maniobras y los errores republicanos, que generaron mucha frustración incluso en sus propias bases sociológicas, desembocaron en un clima de violencia espoleado por las facciones más radicales de ambos bandos", analiza Clavero, "y fue el caldo de cultivo que esperaban los grandes poderes para acabar con la República, que derivó en la rebelión de 1936. Desde entonces, la sociedad española ha permanecido muy polarizada en torno a lo que la República significó".
Clavero añade otro factor: "40 años de propaganda antirrepublicana también han contribuido". "La Transición fue un paréntesis en que quedaron soterradas las viejas confrontaciones. Pero, a la menor ocasión, el enfrentamiento ha vuelto y dudo mucho que la República deje de ser motivo de conflicto —en mi opinión, injustamente— durante todavía algunas generaciones", sentencia a Sputnik.
Un conflicto que se alimenta de informaciones parciales o de lo que Ángel Viñas, historiador y especialista en el asunto, cataloga como "aprovechamiento", "una interpretación torticera". "Yo solo miro papeles, no emito opiniones, pero el paralelismo entre el clima de entonces y el de ahora es nulo", afirma en conversación con Sputnik tras el reciente lanzamiento de su libro El gran error de la República (Crítica), "aunque lo que sí ha habido es una desacreditación continua de la izquierda durante el franquismo y después de algunas personas, principalmente de derechas".
"Pero, entonces, el contexto era totalmente distinto: la polarización en los años 30 era real. Los intereses y las clases sociales estaban separados", aduce Viñas, enumerando cómo la Corona se había desgastado por la corrupción y por haber permitido una dictadura de Primo de Rivera, cómo atravesaba Europa la recesión del 29 y cómo la actividad fundamental era la agrícola: un amplio porcentaje de población se empleaba en el campo u otros oficios de explotación mientras una pequeña élite acaparaba la riqueza de este trabajo. "Había una minoría que disponía de grandes recursos y una gran masa en la miseria", anota Viñas.
Tal panorama provocó que la monarquía se desvaneciera "sin romper ni una ventana", como dijo Manuel Azaña. Los resultados políticos y el clamor popular derrocaron una institución en horas bajas. "Fue una mezcla de ambas cosas", resuelve Clavero. Según detalla, "las élites políticas antimonárquicas habían conseguido una gran movilización de votantes en las elecciones municipales del 12 de abril, que tuvieron en la práctica un carácter plebiscitario" y esa movilización "permitió que las candidaturas republicanas se impusiesen en las grandes ciudades, donde no llegaba la influencia del caciquismo".
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"Cuando comenzaron a circular esos resultados, hubo mucha gente que se echó a la calle a celebrarlos. En las filas monárquicas cundió la desazón y, en algunos casos, el miedo físico a que la situación se desbordase. Los líderes políticos aprovecharon la ocasión para exigir la abdicación del rey so pretexto de evitar males mayores. Y Alfonso XIII, falto de apoyos en las fuerzas armadas y en la Guardia Civil, no tuvo más remedio que salir de España deprisa y corriendo. Por lo tanto, sin el impulso popular, la República probablemente no habría llegado de una manera tan rápida, pero la decidida actuación de sus dirigentes fue fundamental también”, apunta.
No solo estos dirigentes republicanos consiguieron superar la fragmentación de partidos y coaligarse para sobrepasar al partido monárquico, que venció en los comicios, sino que también la Guardia Civil abandonó al rey. "Le dijeron que estaban con el pueblo", señala Ángel Viñas, que ha examinado la etapa entre 1931 y 1936 en varios volúmenes publicados recientemente y que en el último resalta el "error" de "no prevenir el Golpe de Estado, del cual tenían informaciones".

"Los republicanos llegan por primera vez al poder y quieren hacer todo a la vez. Eso genera resistencias del poder, de la oligarquía, de la aristocracia. Acometen reformas agrarias, educativas, constitucionales, de separación entre Iglesia y Estado, de igualdad de género, lidian con una proclamada República Catalana… Eso provoca que a los dos años cambie el Gobierno y se paralicen todos los cambios", sintetiza, refiriéndose al denominado bienio negro, de 1933 a 1935, comandado por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).

Para Viñas, es un "lugar común" defender desde el mundo académico que el Golpe de Estado "se veía venir". Un desenlace que en 2021 se sugiere a la inversa: los escándalos de la Casa Real, con el rey emérito fuera del país y Felipe VI manteniendo una distancia sigilosa, la pandemia aumentando la brecha social (crece el paro, se desinfla la economía) y una parte del Ejecutivo claramente republicano alientan una III República. Incluso Pedro Sánchez se ha dejado caer en la tumba de Manuel Azaña para rendirle homenaje y el hasta hace nada portavoz de Unidas Podemos y vicepresidente, Pablo Iglesias, ha manifestado que la riqueza del país debía estar subordinada a los intereses de la economía nacional, como enunciaba el artículo 44 de la Constitución firmada el 9 de diciembre de 1931.
Sin embargo, aquel periodo es difícilmente recuperable. Ya hubo una oportunidad cuando falleció el Caudillo. Entonces volvió a hablar la gente y se encauzó una democracia todavía en entredicho. "Antes e inmediatamente después de la muerte de Franco, hubo importantes movilizaciones en España, sobre todo en el ámbito laboral y en el universitario, que fueron duramente reprimidas. Estoy convencido de que sin ellas es altamente probable que las ansias de cambio latentes en buena parte de la sociedad española no hubieran tenido las consecuencias políticas que luego tuvieron", divaga Clavero.

"Fueron el detonante y el soporte del proceso hacia la democracia que protagonizaron los representantes de las fuerzas políticas actuantes en la Transición. De nuevo, como en el caso del 14 de abril, las élites supieron interpretar la voluntad popular y se alimentaron mutuamente", concede.

Acordaron un camino pacífico sacudido en 1981, con la intentona golpista de Antonio Tejero, y criticado en 2015 con el Movimiento 15-M. Al "no nos representan" que resonaba en las plazas españolas le acompañaban reproches al apodado régimen del 78, que habría mantenido rémoras de la dictadura, con una amnistía inequitativa y dos partidos principales alternándose el poder. Sus arengas originaron nuevos grupos, pero no consiguieron destronar a los antiguos, por mucho que la instantánea de una Puerta del Sol abarrotada se comparara con la de aquel abril tricolor.
"Yo creo que son fenómenos difícilmente comparables. La de 1931 y la de 2015 eran sociedades muy distintas. Lo que sí hubo en ambos casos fue un hartazgo con la clase política establecida y un clima insoportable de corrupción. Contra eso se rebelaron los ciudadanos al proclamar la República y también quienes se echaron a la calle durante semanas el 15-M. Pero aquello condujo a un cambio de régimen, mientras que ahora lo único que ha ocurrido es que se ha pasado del bipartidismo al bibloquismo", sostiene Clavero.
Es verdad, confiesa, que hoy los ciudadanos tienen más opciones entre las que elegir. "Pero las gubernamentales siguen siendo dos: el PP y el PSOE. ¿Con matices? Sí, por supuesto. La necesidad de alianzas ha obligado al PSOE a aceptar propuestas de Unidas Podemos. Como el PP a aceptarlas de Ciudadanos y de VOX. Por lo demás, cambios de fondo ha habido pocos. Seguimos teniendo el mismo régimen, la misma Constitución, la misma ley electoral... No ha habido una ruptura como la de 1931", concluye. Ángel Viñas, advirtiendo de que su tarea es "estudiar lo anterior, no predecir el futuro", es más contundente: asegura que "el pasado nunca se repite", aunque muchos sigan brindado con un "¡salud y república!".
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