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Trump, socialismo y "demócratas nórdicos"

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El socialismo entra en la precampaña electoral norteamericana de la mano, o de la boca, de Donald Trump. Las palabras del presidente norteamericano en el discurso sobre el Estado de la Unión exaltan a una parte de la izquierda norteamericana, pero no tanto a los pesos pesados del Partido Demócrata.

La descalificación del socialismo lanzada por Trump era un mensaje coyuntural sobre la situación en Venezuela, pero también una puya a la izquierda del Partido Demócrata y al auge —al menos en los medios de prensa— de los llamados Demócratas Socialistas (DS), que tienen a Alexandria Ocasio-Cortez, la recientemente elegida congresista, como el símbolo más mediático de la corriente.

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Representantes de los DS se regocijaron tras el mensaje de Trump considerando que las críticas del inquilino de la Casa Blanca harían aumentar el interés y, por lo tanto, la afiliación a sus ideas. Si Trump ataca un concepto —pensaron— el objetivo del ataque debe ser algo positivo.

Que el socialismo esté en auge en ciertos círculos del país se refleja también en una encuesta de opinión realizada el verano pasado que indicaba que la mitad de los norteamericanos entre los 18 y los 29 años pensaban que el socialismo era algo positivo.

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Para el norteamericano medio, al menos hasta ahora, socialismo es equivalente a comunismo y los representantes de esa nueva ola, a la izquierda del Partido Demócrata (PD) tienen dificultades también para explicar lo que se entienden por ese concepto hoy en día, no tanto como fórmula política y filosófica, como en su traducción a la realidad.

Ocasio-Cortez y el socialismo europeo

Es el caso de Alexandria Ocasio-Cortez, nueva heroína política de la prensa liberal norteamericana y europea. Para Ocasio-Cortez, Cuba o Venezuela no son los ejemplos a seguir en su ideario, sino más bien "el Reino Unido, Finlandia o Noruega". Debemos conferir que Ocasio-Cortez plantea el modelo socialdemócrata nórdico como su ideal, y quizá el laborismo británico pre-Thatcher, o quizá la "tercera vía de Tony Blair, pues hablar hoy de modelo británico para la izquierda norteamericana parece más bien una broma.

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El problema es que la socialdemocracia en Europa no tiene mucho que ver con la que Ocasio-Cortez ha estudiado en los libros de la universidad de Boston, que, para disculpar a la joven congresista, deben datar de hace algunos años.

Ocasio-Cortez se ha ganado la atención de partidarios y enemigos por distintas declaraciones, pero quizá la más comentada haya sido su idea de aplicar una tasa de un 70 por ciento a los norteamericanos que ganan más de 10 millones de dólares al año. Un impuesto para ricos que países nórdicos como Suecia, o socialistas del sur de Europa, como los españoles, abolieron. Por supuesto, la cobertura social en Suecia o España no son comparables con la norteamericana, pero todo hace suponer que sería complicado convencer a los barones demócratas del beneficio electoral de la propuesta, a pesar de recibir el aplauso (escéptico) de Paul Krugman, columnista del New York Times, Premio Nobel y Premio Príncipe de Asturias.

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Seguridad social universal, vivienda digna, salario ajustado al esfuerzo, además de jubilación decente son peticiones a las que pocos se pueden oponer, pero en Estados Unidos suenan más a carta a Santa Claus que a programa político. Y cada vez que se plantea la cobertura médica gratis para todos, se ponen sobre la mesa los 35.000 millones de dólares que costaría la medida en solo diez años de aplicación y la subida de impuestos que ello exigiría. Una verdadera revolución en plena época de bajada de tributos.

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Además, vender la idea del sistema nórdico europeo como ejemplo de socialismo puede crear más confusión, tal y como sostuvo el primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, en la Universidad de Harvard hace ya tres años: "Algunas personas en Estados Unidos asocian el modelo nórdico con una forma de socialismo. Pues déjenme ser claro. Dinamarca está muy lejos se ser un Estado socialista de economía planificada. El modelo nórdico representa un estado del bienestar que garantiza al ciudadano la seguridad social, pero es también una exitosa economía de mercado que proporciona libertad para perseguir los sueños y vivir la vida como se desee".

El debate sobre el ejemplo nórdico vuelve a escena entre los propios demócratas norteamericanos. Dinamarca fue precisamente un motivo de discusión entre Hillary Clinton —para quien era un ejemplo— y Bernie Sanders cuando se disputaban la candidatura del PD para la elección presidencial de 2016.

"Radicales chic"

Algunas figuras de la corriente "progresista" del Partido Demócrata, como el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, consideran que las propuestas de Ocasio-Cortez y otros camaradas que se autodenominan socialistas hacen bien al partido "porque el PD ha olvidado a la clase obrera" y los postulados en los que basó en el pasado su ideario.

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Pero ese tipo de declaraciones parecen confirman en el fondo que las ideas más radicales —dentro de unos límites— sirven para la precampaña, pero no como programa final del candidato elegido para conquistar la Casa Blanca. Es en realidad una declaración de condescendencia que se ve mucho en los programas nocturnos (Late shows) de las principales cadenas norteamericanas, donde el ataque y el insulto abierto al presidente Trump forma parte del guion y es premiado con un aplauso enfervorizado del público invitado al estudio.

Pero las elecciones no se ganan en coloquios entre periodistas "progres" e invitados de la misma cuerda. Los candidatos a las primarias del PD tienen pocos meses para ofrecer un programa que pretenda recuperar, entre otros votantes, a esos trabajadores que vuelven a llamarse obreros y que prefirieron dar una oportunidad a Trump antes que a candidatos demócratas que consideran parte de una élite que vive a años luz de su realidad cotidiana.

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Por el momento es Joe Biden, el vicepresidente de Barack Obama el que figura en cabeza de los favoritos en los sondeos para definir el candidato demócrata. Él no ha anunciado todavía su disposición a aspirar al cargo. Su experiencia juega a su favor; su edad, 78, en contra. Pero es el mejor exponente del establishment, alejado ideológicamente de Bernie Sanders, el aspirante que hizo peligrar la victoria de Hillary Clinton y que parece miembro de otro partido radicalmente diferente a lo que Biden representa.

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Más de una docena de miembros del PD han anunciado su intención de competir en las primarias del partido, pero por el momento atraen más la atención de la prensa y el público por sus características étnicas o sexuales. Por supuesto, ninguno se ha referido al socialismo en sus proclamas y nadie espera que defiendan el modelo nórdico para su país. Algunos se han apropiado de ciertas ideas "radicales", como la sanidad gratuita, pero ponen por delante el matiz de su pertenencia a una minoría representativa.

La insistencia sobre la diversidad y la identidad por encima un programa que busque el bien común y la solidaridad para responder a las expectativas de los trabajadores más necesitados y de la empobrecida clase media norteamericana. El mismo error que facilitó la victoria de Donald Trump. El mismo error que la izquierda europea insiste en repetir, a pesar de comprobar que la fórmula solo funciona en los coloquios de televisión.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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