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    La tasa de mortalidad en Estados Unidos va en aumento, uno de los principales responsables son los opioides de grado farmacéutico. Sputnik te cuenta cómo se desencadenó esta ola de sobredosis que azota a un país donde el consumo de drogas mata casi 175 personas por día.

    A los 25 años Bradley Adam Cooper se derritió contra el suelo. Con la boca abierta y los ojos cerrados sintió cómo sus huesos se fundían. El tejido blanco de su piel se deslizó por la pared hacia el mugriento piso del departamento de su amiga en Filadelfia, Estados Unidos. Sucedió en 2015. Ese día, durante unas cuatro horas, su cuerpo fue una masa amorfa de carne y cabellos rubios tumbada junto a una jeringa descartable.

    "La primera vez que te metés heroína sentís como si algo te explotara adentro y viajas hasta el cielo. Quiero decir, se siente bien, bien, bien. Dejas de sentir tu cuerpo y te desplomas", dijo Bradley a Sputnik mientras sus dedos jugaban con una hoja de afeitar que los que consumen usan para picar droga.

    La "manteca", como se conoce a esta sustancia entre los usuarios de habla hispana en las calles de Estados Unidos, tiene una estrategia de seducción efectiva: utiliza la promesa de un placer irrepetible como cebo y teje alrededor de esta ilusión una telaraña de vacíos emocionales que poco a poco se convierten en una maraña de angustias de la que resulta difícil zafar.

    "Al comienzo vivís un sueño. Pero una vez que te acostumbras eso no vuelve nunca más. Seguís picándote y picándote y ese sueño que tuviste ya nunca lo volvés a alcanzar. Pero te metes más, más, más para sentir lo que sentiste aquella vez. Deseás con tantas ganas repetir ese sueño… pero esa sensación ya no está y sólo te queda el dolor de necesitar volver a tenerlo".

    Antes de perseguir quimeras entre agujas Bradley cumplió tres años en la penitenciaría estatal de Nueva York por robo. Durante el encierro la libertad tomó forma de ruta, y al salir dejó su Búfalo natal, al oeste del estado de Nueva York, en busca de otro sueño que tampoco iba a poder alcanzar.

    "Me fui porque quería explorar mi país y viajar por el mundo. Pero terminé acá [en Filadelfia, a unos pocos cientos de kilómetros del lugar de donde partió] y nunca pude irme porque me hice adicto a la heroína".

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    Lo que le ocurrió a Bradley es algo que, con resguardo de las propias vivencias, se repite en las vida de miles de jóvenes estadounidenses. Según cifras de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, sólo en 2016, último año registrado, murieron 63.632 personas por causas relacionadas al abuso de drogas. Casi 175 personas por día.

    Las muertes ocurridas por sobredosis de opioides, que incluyen desde medicamentos de venta bajo receta hasta heroína, aumentan a ritmo estrepitoso. Casi el 55% de muertes por abuso de drogas en 2016 estuvo vinculado al uso de algún tipo de opioide. El sobreconsumo de opioides de grado farmacéutico causó 19.000 muertes (30% del total), mientras que el de heroína provocó 15.500 (24% del total).

    Pero a esta ola mortuoria que vive Estados Unidos se le suma otra particularidad: la tasa de mortalidad por consumo de drogas en personas blancas aumentó más de cuatro veces durante el periodo 1999-2016. Pasó de 6,2 muertes por cada 100.000 habitantes a 25,3 por la misma cantidad. Se trata del sector de la población más golpeado por las drogas, y donde ocurrió más del 77% de las muertes por sobredosis en 2016. Y en el grupo donde se encuentra Bradley, blancos de entre 25 y 34 años, se produjo el 24% de los decesos.

    Según un informe del Centro Nacional para la Información Biotecnológica (NCBI, por sus siglas en inglés), la disminución de la esperanza de vida de los blancos comenzó en 1998, dos años después de que la Administración de Medicamentos y Alimentos, aprobara OxyContin como un analgésico opioide "mínimamente adictivo".

    El documento señala que la productora de OxyContin envió sus fuerzas de venta a médicos generalistas para promover su uso "con una rápida aceptación en estados de predominancia blanca, como Maine, Virginia Occidental, Kentucky y Virginia". Desde entonces, año a año, el número de muertes por abuso de opioides crece.

    La regulación de los opioides farmacéuticos es clave para entender la epidemia de sobredosis que azota Estados Unidos. "El fenómeno cobra mayor impacto en individuos de clase media con acceso al sistema de salud. A diferencia de lo que ocurrió en otras décadas, el foco de consumo de heroína actual no son las grandes ciudades, sino la zona rural del país que concentra mayorías poblacionales blancas", explicó en 2015 el doctor Eric C. Schneider,  en ese momento vicedecano y director asociado de Asuntos Académicos de la Universidad de Pensilvania. Se trata de individuos que trabajan con el cuerpo, muchoS de ellos en minería, como en la zona de los montes Apalaches, agregó.

    "Si unimos estas dos variables: dolores físicos y acceso a cobertura médica, en momentos de fácil obtención de prescripción médica de opioides, podemos entender, en gran medida, la estructura de base que generó el problema de adicción y muerte que viven los blancos estadounidenses en la actualidad", apuntó el autor de ‘Smack', un libro que narra la historia de la heroína en las urbes de Estados Unidos.

    El impacto de la industria farmacéutica en la demografía estadounidense produjo un descenso en la expectativa de vida de personas blancas. Según el diario The New York Times la tasa de mortalidad de jóvenes blancos en Estados Unidos trepó a "niveles no vistos desde la epidemia del SIDA hace más de dos décadas atrás", lo que convierte a esta generación en "la primera desde los años de la guerra de Vietnam, a mediados de 1960, en experimentar mayores tasas de mortalidad en la adultez temprana que la generación que la precedió".

    Los datos del CDC revelan además que esta espiral incluye dos tendencias diferentes pero relacionadas. De un lado, un aumento sostenido durante 15 años de muertes provocadas por sobredosis vinculadas a opioides de grado farmacéutico. Del otro, un aumento en las muertes por abuso de opioides ilícitos, con la heroína como protagonista.

    La diferencia es sutil pero esconde una oscura trama de legislación basada en prejuicios. A los opioides de venta bajo receta alcanza un sector pudiente de la sociedad; a la heroína, una sustancia ilícita que se obtiene de forma clandestina en las calles, accede un sector mucho más vulnerable.

    "En EEUU, donde la cobertura y el acceso a la salud están estratificados por raza, las recetas de opioides son otorgadas de forma desproporcionada a pacientes blancos, mientras que los no blancos, incluso aquellos con cobertura, tienen menos probabilidades de que se les receten opioides. Esta dinámica aumentó el uso de opioides sintéticos entre blancos", señala el documento del NCBI.

    En un país como Estados Unidos, donde el color de piel define gran parte de las dinámicas sociales, que este sector de la sociedad sea el más afectado no pasó inadvertido. "El consumo de heroína por parte de la población blanca generó preocupación pública. En este contexto, los políticos piden reducciones de las penas por delitos de drogas ilícitas y la expansión de acceso a tratamiento de adicciones. Mientras tanto, muchos adictos de las comunidades negras y latinas continúan encarcelados en lugar de recibir tratamiento", indica el NCBI.

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    El criterio no es nuevo. Lo que sucede hoy con los opioides sintéticos y la heroína es similar a lo que ocurrió en la década del 80 con la cocaína y el crack, cuando la portación de 100 gramos de la primera sustancia se castigaba con la misma dureza que la de 1 gramo de la segunda, en lo que se conoció como el Acta 100:1. La normativa se basaba en una noción clasista y racista del consumo, ya que los elementos que componen a ambas sustancias no difieren en gran medida. Sin embargo la cocaína era consumida por personas de elevado nivel adquisitivo, en su mayoría blancos; mientras que el crack, una droga barata de los guetos, era utilizada entre la población afro y latina.

    "La ley de 1986 llevó a que EEUU tuviera las tasas de encarcelamiento más altas del mundo, donde los hombres negros e hispanos tenían entre seis y tres veces más probabilidades de cumplir condenas que los blancos", cita el informe del NCBI.

    Hoy, gracias a este cambio de perspectiva sobre el tratamiento a las adicciones impulsado en parte por prejuicios, pero también debido a la persistente lucha de trabajadores sociales, exadictos y familiares, personas como Bradley cuentan con centros de atención donde pueden recibir jeringas descartables y elementos de inyección esterilizados, comer y tomar café, recibir asistencia médica, contención emocional y socializar con otras personas.

    "Las respuestas al uso de heroína estratificadas por raza son perjudiciales para todos los estadounidenses, incluidos los blancos […]. Si durante la crisis de opioides de 1970 que afectó a la comunidad negra e hispana, en vez de tomar medidas punitivas hubiéramos invertido en programas de reducción de daños y aumentado la disponibilidad y calidad del tratamiento de la adicción, hoy estaríamos mejor posicionados para reducir el costo de la actual crisis", sostiene el texto del NCBI.

    El día de la entrevista con Sputnik, hacía 17 días que Bradley luchaba contra la tentación de pincharse las venas, una pelea por demás difícil. La abstención produce vómitos, dolores físicos, fatiga, depresión. Parecía determinado, quería limpiarse. Incluso había vuelto a soñar.

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    "En estos últimos tiempos volví a considerar la idea de retomar mi viaje. No es fácil, cada vez que siento la necesidad de volver a picarme intento convencerme de que sería mucho más lindo recorrer el mundo".
    Etiquetas:
    opioides, industria farmacéutica, crisis, drogas, epidemia, EEUU
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