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    El SARS-Cov-2 se transmite por medio de las pequeñas gotas de secreciones expulsadas a través de la tos o de una persona infectada. El virus ingresa al cuerpo por las células presentes en la mucosa del fondo de la nariz y garganta, a través de las cuales se replica y extiende hacia los pulmones, corazón, riñones, intestino y cerebro.

    Los principales síntomas de la COVID-19 han sido replicados por diversas fuentes: son cansancio, fiebre y tos seca. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que, en ciertos casos, los pacientes pueden presentar dolores, congestión nasal, dolor de garganta y diarrea.

    Todos los síntomas son reflejo de que el sistema inmunológico está activo. Una vez que el SARS-CoV-2 empieza a trasladarse hacia los conductos bronquiales, se produce una inflamación en las mucosas. Eso, por ejemplo, es causa de tos. Poco después los pacientes empiezan a sentirse cansados y, en ciertos casos, a perder el apetito.

    En ese momento, las células comienzan a secretar citocinas, una molécula que señala a las células vecinas la presencia de una infección viral. Con esto el sistema inmune trata de detener el virus en primera instancia, pero diversos virus han desarrollado formas de contrarrestar esta respuesta a partir de la producción de proteínas que degradan parte de las citocinas.

    Ante esto, el sistema inmunológico comienza a producir anticuerpos que ayudan a destruir al patógeno en el cuerpo. Se trata de pequeñas proteínas que buscan evitar que el virus ingrese a más células. Algunos pueden neutralizarlo, o bien, marcarlos para lograr que otras células del sistema inmunológico lo destruyan antes de que siga multiplicándose.

    Sin embargo, muchas de las sustancias que produce el cuerpo también pueden ser muy agresivas. Kalpana Sabapathy, médica clínica y epidemióloga del equipo de salud global de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical en Londres, Reino Unido, mencionó a BBC Mundo que en casos como la neumonía, los conductos bronquiales están llenos de infección, pero también de los anticuerpos creados por el sistema inmunológico, lo cual los satura y puede generar problemas respiratorios.

    Sin embargo, en algunos casos también pueden ocurrir las llamadas tormentas de citocinas, las cuales generan una inflamación descontrolada que puede acabar con el organismo, particularmente en órganos como el cerebro, hígado y médula ósea.

    Aunque no existe consenso sobre el impacto de las tormentas en los casos más severos de COVID-19, algunos especialistas afirman que los estudios sobre ese estado pueden ayudar a crear fármacos para tratar de suprimir la respuesta inmune del cuerpo y dirigir la producción de citocinas al combate contra el SARS-CoV-2.

    Por ejemplo, especialistas en enfermedades respiratorias y genética de la Universidad de Oxford estudian al gen que codifica la enzima ACE2, considerada como fundamental en el acceso del nuevo coronavirus al cuerpo humano. De este modo se espera encontrar si existen variaciones genéticas que expliquen la mayor susceptibilidad de algunos organismos a ser infectados por el SARS-CoV-2.

    Un artículo publicado recientemente en la revista Science también afirma que este patógeno no sólo es mortal por su afectación en los pulmones. La investigación, elaborada por científicos del Instituto Wellcome Sanger, identificó que una fracción del virus también ataca a los riñones y que, incluso, puede dañar los vasos sanguíneos y el corazón, lo que puede explicar los decesos en muchos casos de COVID-19.

    La hipótesis que estudian estos especialistas señala que el virus ataca el revestimiento del corazón, ya que, al igual que la nariz y alveolos pulmonares, este órgano es rico en enzimas ACE2. También analizan si las tormentas de citocinas o la falta de oxigeno pueden ser responsables de afectar al corazón. No obstante, todavía falta mucho por saber con certeza sobre las afectaciones que el SARS-CoV-2 tiene en el cuerpo humano.

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