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    Bandera de la Unión Europea (imagen referencial)

    Unión Europea, crisis y castigo

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    El 1 de mayo de 2004 la Unión Europea era todavía una entidad feliz. Ese día se celebraba la acogida en su seno de ocho países excomunistas. Para Bruselas era también una victoria ideológica en la antigua área de influencia de Moscú.

    Los tres países bálticos, Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia, además de la ex yugoslava Eslovenia, se convertían en nuevos socios del Club de Bruselas.

    Trece años más tarde, la UE se prepara a celebrar su 60º aniversario con dudas existenciales sobre su futuro, sumida en la más grave crisis de su historia.

    La euforia de la ampliación al Este se ha transformado en un componente de las múltiples crisis internas en la organización. Varios de esos países, antiguos aliados de la extinta Unión Soviética, podrían ser enviados a una especie de segunda división europea, según se recoge en el llamado "Libro Blanco", presentado por el máximo dirigente de la UE, Jean Claude Juncker.

    El Presidente de la Comisión Europea propone en ese texto varias opciones para el futuro de la institución. Una de ellas es la de una UE a varias velocidades, en la que solo los voluntarios con nota alta tendrían cabida. Para ser claros, en ese grupo exquisito estarían Alemania, Francia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo e Italia, como países fundadores, además de otros que deberían pasar el examen exigido por Bruselas, como España.

    El Grupo de Visegrado —G4— (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) puede quedar excluido del pelotón principal, no solo porque sus intereses no se ajustan a lo exigido por Bruselas y Berlín, sino como castigo a su disidencia dentro de la UE sobre asuntos como la inmigración. El G4 teme, además, que su descenso a la segunda división comunitaria suponga la reducción de los Fondos Estructurales de los que ahora disfrutan.

    ​Los futuros socios, en especial los balcánicos, pueden olvidar sus anhelos de integrarse en el paraíso comunitario. No está la situación como para admitir nuevos inquilinos en la casa común europea.

    La Europa a la carta o la UE a varias velocidades es una de las opciones que Juncker presentó en su Libro Blanco para el futuro de la organización. Es la que le parece más adecuada para evitar el bloqueo actual entre los partidarios de más federalismo y los que abogan por recuperar las competencias cedidas.

    Los primeros desearían la armonización social, un Tesoro europeo, un presupuesto federal, un seguro de desempleo común…

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    La realidad convierte esos deseos en simples sueños. La tendencia mayoritaria entre los 27 es el reforzamiento del nacionalismo, la idea de "menos Europa", para no espantar a unos electorados nacionales que ven en la salida del euro y de la Unión Europea una de las posibles soluciones a la crisis económica que viven desde 2008, y a la identitaria que se ha exacerbado con los atentados islamistas y la llegada masiva de inmigrantes y refugiados de países musulmanes.

    El Brexit juega sin duda un papel de ejemplo para algunos líderes políticos europeos que en los próximos meses van a comprobar el apoyo de sus ciudadanos en elecciones generales. El holandés Geert Wilders es el primero; la francesa Marine Le Pen le seguirá antes del verano. Ninguno obtendría —según los sondeos— los votos necesarios para gobernar en sus respectivos países, pero el apoyo popular que sus ideas van a obtener tendrá un efecto contaminante en el resto de Europa, esperando las elecciones alemanas de otoño.

    Agarrarse a la "Europa de la defensa"

    Brexit, crisis griega, fracaso del plan migratorio, diferencias en la ampliación de los acuerdos de libre cambio, parálisis y temor ante las futuras relaciones con Donald Trump, disensiones en la política de tensión con Moscú… La Unión Europea no necesita de trolls ni hackers de potencias extranjeras para profundizar su crisis.

    Así las cosas, algunos países ven en la "Europa de la defensa" el camino más sencillo para avanzar en un proyecto común. Común, pero siempre minoritario. Francia, Alemania, Italia y España quieren impulsar su industria armamentística, aeroespacial y tecnológica. Es una manera de relanzar su propia economía y, al mismo tiempo, justificar el aumento sus presupuestos militares para responder a las exigencias de la OTAN y de Washington.

    ​El Presidente francés, François Hollande, aspira también a que ese grupo que avance sobre la integración militar, pueda hacerlo a su vez en otros campos. A pocas semanas de su salida del poder, sus deseos pueden interpretarse como otra fantasía más de quien en cinco años de mandato ha fracasado en alimentar la ilusión europeísta en su propio país.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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