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    Bob Dylan: los tiempos (y el Nobel) están cambiando

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    Como el de la Paz, el premio Nobel de Literatura tiene una extensa tradición de controversia por olvido o atribución. La entrega del galardón al cantante y compositor estadounidense Bob Dylan le abona este año a esa centenaria vocación por la polémica

    En la historia de los premios Nobel de Literatura abundan los escritores que lo merecían y no lo recibieron: Tolstói, Joyce, Borges son algunos de los nombres más prestigiosos; abundan también los autores que lo recibieron sin merecerlo: Bjørnson, Gjellerup, Pontoppidan —que no son los delanteros de un equipo escandinavo de fútbol, como alguien advirtió con sorna una vez— ilustran este capítulo. Bob Dylan es un caso único: lo merece, lo obtuvo…, pero en extraña paradoja no debieron dárselo.

    Para entregar el reconocido premio literario, el Comité Nobel —cinco miembros elegidos de entre los 18 que conforman la Academia Sueca— estudia desde finales del año anterior a los candidatos propuestos por diferentes vías hasta reducirlos a una lista de cinco finalistas, cuya obra leen durante el verano del año siguiente todos los miembros de la Academia. En septiembre se reúnen para debatir y en octubre dan a conocer el ganador. Nadie duda de que Robert Allen Zimmerman, tal es el verdadero nombre de Bob Dylan, creó "una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción", principal argumento esgrimido por los académicos suecos para otorgarle el premio Nobel de Literatura; nadie duda que las letras de sus canciones están llenas de poesía, pero concederle un premio tan consagratorio hace pensar que los académicos suecos prefirieron suscribirse a Spotify o a Apple Music antes que leer las obras de los otros nominados.

    Es posible que en unos 50 años nadie recuerde el nombre de quienes estuvieron nominados junto a Dylan para recibir el premio este 2016 (medio siglo es el lapso estipulado para hacer pública esa información). Se puede apostar, sin embargo, a que la música de Dylan se seguirá escuchando en ese futuro menos por el vigor lírico de sus textos que por la seducción de sus melodías y a pesar incluso de los desastres de su interpretación. Se puede apostar asimismo a que no obstante el Premio Nobel, Dylan apenas si será una mención a pie de página en la historia de la Literatura, como nadie recuerda hoy como escritor a Aristide Bruant —un cantautor francés inmortalizado con su bufanda roja en los carteles de Henri de Toulouse—Lautrec— que, a finales del siglo XIX, desquició las noches parisinas "con su voz cavernosa [que] adquiere la solemnidad de un profeta que narra a su alegre auditorio las angustias todas, todas las desdichas que palpitan ignoradas, como en dilatado desierto, en este París que pone en música lo mismo sus glorias que sus más negras desventuras" (la cita es del escritor y dramaturgo español Santiago Rusiñol y Prats).

    El Nobel: canon y variaciones

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    • La concesión de este premio simboliza el final de la verdadera literatura
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    • El premio supone que, al fin, la idea de literatura se ha vuelto más libre y menos canónica
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    • No se trata de nada especial, simplemente no lograron encontrar a alguien mejor
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    En su libro 'El Premio Nobel de Literatura: Cien años con la misión', el académico sueco Kjell Espmark refiere cómo a lo largo de su historia este galardón ha sido sujeto pasivo de las diversas interpretaciones dadas al ambiguo deseo expresado por Alfred Nobel en su testamento, donde estableció que una parte de los intereses que generara su fortuna se le entregara "a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura". Si en un principio se impuso la visión de Carl David af Wirsén, quien era secretario permanente de la Academia Sueca cuando empezaron a otorgarse los premios en el lejano 1901 —objetividad, pureza de los géneros literarios, valores morales conservadores, eran su derrotero—, con el tiempo los académicos suecos se abrieron a una visión más humanista y a la búsqueda del "gran estilo literario" representativo de la época y de autores cercanos al público. Más tarde, al finalizar la II Guerra Mundial, los aportes formales y la creación de un lector sensibilizado con ellos, pasaron a ser la brújula para otorgar el Nobel. Desde mediados de los 80 del pasado siglo hasta la fecha, la Academia se ha enfocado hacia una 'difusión global' del premio, lo que explica la presencia de autores provenientes de Turquía, China, Sudáfrica, Bielorrusia, entre los galardonados recientemente, y de cuentistas como Alice Munro o periodistas como Svetlana Alexándrovna Alexiévich. Con el premio de Dylan, el Nobel, al menos el de Literatura, salió de la guerra fría para entrar en "la civilización del espectáculo" de la que hablara Mario Vargas Llosa, "un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigentes lo ocupa el entretenimiento". De ahí que podamos entender la heterodoxia sueca de romper una vez más con el canon literario, si bien se impone una pregunta: ¿no había otros candidatos que también hubiesen abierto "una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana" de la literatura (Philip Roth, Don DeLillo, Paul Auster) como para tener que decantarse por un autor de canciones?

    Porque, valga el torpe recordatorio, una canción no es un poema musicalizado, tampoco una melodía con un texto cargado de lirismo. Una canción es la sinergia de ambos elementos, un producto mayor a la hibridación mecánica de poesía y música. En todo caso, en esa preferencia quirúrgica por la disección, ganaría la música: podemos tararearla o silbarla, aun cuando se nos escapen, por razones idiomáticas, las particularidades del texto. A muchos de los que gustamos de las canciones de Dylan y no formamos parte del universo angloparlante se nos escapa la comprensión cabal del texto. Cierto que podemos acceder al disfrute poético de sus textos traducidos, pero es una experiencia de segundo orden. El texto de una canción está hecho para ser cantado, como el texto dramático sólo se realiza plenamente en la puesta en escena. En el caso de Dylan se sabe además que letra y música provienen de un mismo impulso creador, con la excepción reconocida por él mismo del álbum de 1968 'John Wesley Harding', una docena de canciones que nacieron como textos y luego fueron musicalizados.

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    En el año 2007, Bob Dylan recibió merecidamente el premio Príncipe de Asturias de las Artes. La canción, y así lo vindicaba el galardón, es un arte del que Dylan se sirvió para convertirse en el "faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo", según el dictamen del jurado que lo distinguió. Entonces, como se esperaba, no fue a Oviedo a recibirlo, aunque dijo en un comunicado que esperaba "regresar pronto a España para manifestar mi gratitud por este galardón". Ante ello cabe preguntarse si el 10 de diciembre, día de la entrega oficial de los premios, y como establece el protocolo, Dylan leerá un texto de agradecimiento en la Sala de Conciertos de Estocolmo o cantará con su voz oxidada una verdad que su premio legitima: 'The times they're a—changin'. Para decirlo a su modo, "the answer, my friend, is blowin' in the wind".


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan, Jorge Luis Borges, Svetlana Alexievich, León Tolstói
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