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    Bandera antigua de Libia durante las protestas en Bengasi en 2011

    Libia, muros en el desierto y tambores de guerra

    © AFP 2017/ Patrick Baz
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    Luis Rivas
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    Desde hace cinco años, Libia es un Estado fallido, o, mejor, un territorio fallido, pues si bien antes no existía un Estado administrativo según las pautas occidentales, ahora no existe atisbo alguno de Estado.

    Pleno empleo, comida abundante, electricidad semigratuita, ayudas a los recién casados para la compra de automóviles y apartamentos, sanidad generalizada, miles de inmigrantes africanos aceptados y con trabajo…. No es el escenario utópico de una obra de ficción, es la situación que se vivía hace cinco años en Libia.

    Por supuesto, enseguida habría que añadir que el hasta entonces primer dirigente, Muamar al-Gadafi, ejercía un férreo control sobre su país, considerado por Occidente como una dictadura. Una «dictadura» a la que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, durante décadas sus enemigos acérrimos, habían vuelto a aceptar como régimen frecuentable.

    Hasta que llegó la llamada Primavera árabe al norte de África y se propagó hasta el Golfo Pérsico o Golfo Árabe. El 15 de febrero de 2011 un abogado y activista de derechos humanos, Fethi Tarbel, fue detenido en la ciudad de Bengazi, acusado de azuzar un motín de presos. Dos días después, un grupo de manifestantes organizaba un «viernes de la ira» similar a los que habían incendiado las protestas en Túnez y Egipto.

    Tema: Actos de protesta contra el régimen de Gadafi en Libia

    Libia no significaba para Occidente lo mismo que Túnez o Egipto, dos aliados históricos. La Yamahiría Árabe Libia y su líder, Gadafi, representaban un desafío histórico que le costó sufrir ataques aéreos, aislamiento, boicot internacional y desprecio de las cancillerías de media Europa. Cierto es que algunos países tenían razones para ello. El régimen de Gadafi reconoció haber utilizado el terrorismo contra civiles europeos y africanos.

    Lo que siempre dejará espacio para la duda son las razones que impulsaron a Washington, Londres y París para acelerar la guerra. Como es habitual en cada conflicto armado, el aparato de propaganda funcionó al máximo en Europa: la OTAN, con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU, debía intervenir en ayuda de los «rebeldes», supuestamente liberales, laicos y demócratas de toda la vida.

    Tras ocho meses de acoso, Muamar el Gadafi fue capturado también por supuestos «freedom fighters». Su final captado por la cámara de un celular fue uno de los espectáculos más repugnantes ofrecidos por la televisión hasta entonces. Gadafi fue vejado, torturado y ejecutado sin derecho a un proceso judicial. Se llevó a la tumba los secretos que quizá habrían perjudicado a muchos de los líderes europeos que le rendían pleitesía desde hace poco tiempo.

    Europa olió el negocio del petróleo con la apertura al exterior de Gadafi, pero consideró después de las revueltas árabes que ese petróleo podría obtenerse más fácilmente con «demócratas» instalados con su bendición y sin las exigencias del viejo líder. La muerte de Gadafi les eximía de sus excentricidades, pero también de informaciones dañinas.

    Desde hace cinco años, Libia es un Estado fallido, o, mejor, un territorio fallido, pues si bien antes no existía un Estado administrativo según las pautas occidentales, ahora no existe atisbo alguno de Estado.

    La difícil gestación de un gobierno de unidad

    Cuando se celebran los cinco años del principio del fín del régimen gadafista, las dos facciones que se disputan el poder en el país parecen haber llegado a un acuerdo para formar un gobierno de unidad nacional.

    Por un lado, encontramos a los miembros de la Cámara de Representantes, con sede en la ciudad de Tobruk. Son los llamados liberales laicos, apoyados por Europa, Estados Unidos y Egipto. Por otro lado, el Consejo Nacional General (CNG), que con sede en Trípoli, amalgama a diferentes facciones islamistas, cercanas a los Hermanos Musulmanes. Por otra parte, es el llamado Consejo Presidencial el que con el apoyo de la ONU y la Unión Europea ha logrado, después de un segundo intento, poner de acuerdo a las dos partes para formar el primer gabinete de la era post-Gadafi.

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    Por supuesto, la urgencia de Occidente por encontrar un gobierno libio es compartida por los vecinos africanos del país y por los principales regímenes desde el Magreb al Máshreck, asustados del empuje de Daesh, el autodenominado Estado Islámico, en territorio libio. Daesh se ha instalado en la ciudad de Sirte, Derna y en otras zonas del centro de la costa libia. Según diversas fuentes, en absoluto confidenciales, miles de yihadistas del EI se habrían trasladado desde Siria e Irak hacia Libia. Serían en total en torno a 6.000 combatientes.

    EEUU y UE, temerarios; Túnez y Argelia, temerosos

    Europa y Estados Unidos quieren el plácet del nuevo gobierno libio para atacar militarmente a Daesh. La facción islamista —«moderada»- del nuevo gabinete se negaba hasta ahora a dar su acuerdo para una operación armada en su territorio. Todos temen a Daesh, pero otros se alarman de las consecuencias de una operación militar contra los yihadistas.

    Túnez, vecino en la frontera oeste de Libia, ya mostró su resquemor a que una nueva guerra contra los yihadistas en Libia provoque otra avalancha de refugiados como la vivida en 2011, cuando casi un millón de personas se instalaron en su país. Túnez, donde la «primavera árabe» parece haber cuajado en parte, después del caos creado por sus «islamistas moderados» de Enahda, es también el principal proveedor de yihadistas. En su territorio ha sufrido atentados contra objetivos turísticos que tienen como objetivo ahogar la economía del país. Algo que sin duda los terroristas han conseguido. Túnez decidió también construir un muro en su frontera con Libia, con la idea de impedir no solo la inmigración, sino el asalto de Daesh.

    Por su parte Argelia, al este de Libia, teme que los islamistas del EI utilicen el vecino país no solo como fuente de divisas gracias al petróleo, sino como el «Emirato occidental», la cabeza de puente para la desestabilización de su país y de todo el Sahel, es decir, media África.

    Tropas especiales de Estados Unidos y del Reino Unido ya están en territorio libio preparando una eventual operación militar internacional. La formación del gobierno unificado de Libia era la condición para negociar una solución militar contra Daesh. Para ello, Estados Unidos, Europa y sus aliados árabes necesitarían contar también con Rusia. Ese era el mensaje de algunos de los representantes de la corriente laica del nuevo gabinete. Es ingenuo según los partidarios de la acción militar, pretender desalojar a más de 6.000 yihadistas armados de Libia, a través de negociaciones.

    Esperando la decisión del nuevo gobierno, la ciudadanía sigue sufriendo la penuria y la falta de servicios sanitarios como consecuencia de una parálisis económica que dura años. Más de un millón de los seis que forman la población de Libia necesita ayuda urgente. La producción de petróleo es de apenas 240.000 barriles diarios, cuando en 2011 era de 1.6 millones. En ese mismo año, el Banco Nacional cifraba sus reservas en 240.000 millones de dólares; ahora solo quedan 50.000.

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    Barack Obama se ufanaba de que Estados Unidos hubiera contribuido en 2011 a «liberar a Libia de una dictadura que duraba 42 años». Pocos ciudadanos libios se mostrarían hoy agradecidos ni a él, ni a Nicolas Sarkozy ni a David Cameron por haberles liberado de Muamar el Gadafi, para abandonarles a la pobreza y al avance del horror islamista de Daesh en su propio país.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    terrorismo, Daesh, UE, OTAN, Muamar Gadafi, Túnez, Argelia, Libia, Reino Unido, EEUU, Egipto
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