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    Algunos centros reagrupados han aumentado el número de alumnos después de la pandemia gracias al teletrabajo o la inquietud por nuevas restricciones sanitarias.

    En marzo, cuando el coronavirus fue cerrando las aulas de toda España, la comunidad educativa tuvo que voltear por completo. De repente, lo digital llamó a la puerta. También al teléfono de Eva María Sánchez. "Me decían los padres que internet iba muy lento", ríe la directora del Centro Rural Agrupado (CRA) Río Mundo-Agramón, en Albacete. Y suspira: "El tema de la informática fue complicado".

    Desde este colegio con niveles de infantil y primaria, donde se agrupan 128 alumnos de distintas edades y localidades, recuerdan aquel bloqueo inicial que supuso el estado de alarma, pero también las ventajas posteriores: el confinamiento fue allí mucho más llevadero y la libertad de movimiento, en casas más amplias, fue mayor. A pesar del temor por la existencia del virus, la escasa población favorecía los encuentros. Ahora, además, ha beneficiado la vuelta al curso escolar.

    Porque, mientras en cada comunidad se llevan a cabo las medidas sanitarias, reduciendo la ratio de alumnos por clase, distribuyendo los espacios y planeando cómo gestionar el patio a la hora del recreo, en los colegios rurales agrupados han esquivado tanto inconveniente. Sus aulas no suelen rebasar el máximo fijado (de unas 20 personas, según estipule cada autonomía) y las diferentes restricciones son menores. A pesar de tener que cumplir lo que depara esta "nueva normalidad", como las mascarillas obligatorias o la ubicuidad de geles desinfectantes en las instalaciones, muchos aspectos siguen iguales. Y eso, junto a la garantía de sufrir menos sobresaltos y de contar con más seguridad, les ha impulsado.

    • Actividad en el Centro Rural Agrupado Río Mundo-Agramón, en la provincia española de Albacete
      Actividad en el Centro Rural Agrupado Río Mundo-Agramón, en la provincia española de Albacete
      © Foto : Cortesía del CRA Río Mundo-Agramón
    • Actividad en el Centro Rural Agrupado Río Mundo-Agramón, en la provincia española de Albacete
      Actividad en el Centro Rural Agrupado Río Mundo-Agramón, en la provincia española de Albacete
      © Foto : Cortesía del CRA Río Mundo-Agramón
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    © Foto : Cortesía del CRA Río Mundo-Agramón
    Actividad en el Centro Rural Agrupado Río Mundo-Agramón, en la provincia española de Albacete

    Ha sido otro pequeño giro de guion. Ya habían tenido más. Cuando este tipo de escuelas transitaba entre la disolución y el olvido, el crac económico de 2008 las aupó ante un pequeño éxodo de la ciudad al campo, con excepciones. La epidemia de COVID-19 parece que repite el patrón. "Aunque no haya sido muy significativo, sí que hemos notado que quienes iban a llevarles a otro sitio se han quedado y que hay algún niño más", explica Sánchez. En el CRA Río Mundo-Agramón vivieron la pérdida de familias con la anterior crisis, pero observan una estabilización en esta.

    "Se fueron muchos, porque entonces aquí no había oportunidades. Estábamos viendo cómo regresaban y en este caso no se marchan. Prefieren seguir aquí", arguye la directora, parte de los 21 miembros de la plantilla docente.

    Influyen varios factores. En este caso, el desplome económico (que ha supuesto una bajada del 18,5% del Producto Interior Bruto a mediados de año y puede provocar que el paro, situado en torno al 16%, ascienda al 20% a finales, según cálculos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) proviene de una pandemia mundial, que se ha cebado con todos los sectores. Aparte, se quiere entender como un bache sin las secuelas tan prolongadas de aquel hundimiento bursátil y crediticio. Y se ha acompañado de teletrabajo, que ha mantenido a la gente en sus casas.

    "Algunos de los que tenían esto como segunda residencia, se han mudado", apoya Maruja López, jefa de estudios del CRA Río Tajo José Manuel Oviedo, en Aldeanueva de Barbarroya, de la provincia de Toledo. "Aquí aplicamos las medidas, pero aparte no superamos los 14 por aula", esgrime.

    López lleva 20 años en el centro y ha notado ese acercamiento a lo rural desde la aparición de coronavirus. "Congregamos a tres secciones y somos 69 alumnos, así que el volumen y el espacio ayudan a respetar las precauciones", añade quien subraya otras peculiaridades. "Somos pequeños, pero matones", dice de broma, "porque queremos que esto se vea como un centro de referencia. Es bilingüe, tenemos proyectos en los que acuden artistas y, como decía María Montessori, creemos que hay menos competición y más colaboración".

    Ella, por ejemplo, da clases a niños de tres, cuatro y cinco años. En el momento de hablar con Sputnik sale de una sesión. "No hacemos periodo de adaptación, pero al que está mal siempre le ayudan los mayores. Es especial", afirma con la ilusión del principiante. "Encima, con esta ratio se pueden hacer más actividades. Los espacios son más grandes y tenemos un programa de trabajar con tablets desde tercero", remarca. Al contrario que a Eva María Sánchez, a López no le surgieron tantos obstáculos virtuales. "Nos ha facilitado mucho estos meses, porque aunque hayamos dedicado muchas horas, tenían sus libros digitales, sus ejercicios y la costumbre de utilizarlo. Hemos adelantado temario", apunta.

    No existe un censo nacional de cada CRA. La mayoría de casos se distribuye por las zonas más despobladas de la geografía: Castilla y León, Castilla La Mancha, Aragón, Extremadura o Galicia. Según el número de alumnos, cada año se borra o se añade alguno a la lista. El Informe Anual de Indicadores: Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente 2018, difundido por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, refleja que el campo perdió entre 2000 y 2018 un total de 856.641 vecinos. Así, en España solo el 16,2 % de la población (7.594.111 personas) estaba censada en los 6.676 municipios denominados rurales (con menos de 10.000 habitantes y una densidad inferior a 100 habitantes/kilómetro cuadrado). Mientras que la población total española (46.572.132 habitantes) crecía un 15,4 %, en localidades de menos de 5.000 habitantes descendía hasta más de un 10%.

    Como ha ocurrido en Perales de Alfambra, en Teruel. Con altibajos en sus 30 años de existencia, el CRA Teruel 1 cuenta este curso con 95 alumnos hasta segundo grado de secundaria. "Algunas familias han decidido volver", analiza Rebeca Ros, la directora, que comparte esa misma historia: "Yo vivía en Castellón y me vine a mi pueblo", dice, después de liderar por segundo año el equipo directivo: "Han sido duros, pero la pandemia aquí se llevaba de otra forma. Mucha gente tiene más espacio en las casas y el miedo era menor, porque había menos posibilidades de contagio".

    La directora del CRA Solana del Río, en Ciudad Real, sostiene (desde el anonimato) que "se ha puesto en valor la escuela rural" por sus servicios y su mayor escudo frente al COVID, que en España suma alrededor de 535.000 contagios y cerca de 30.000 muertes. "Una de las cosas que ha pasado es que la gente miraba a estos lugares como sitios sin oferta, y se han dado cuenta de que no es tan grave", señala Nicolás Fernández, coordinador del Centro Rural Almanzor, en Ávila, y miembro de Coceder (Confederación de Centros de Desarrollo Rural).

    "Obviamente, faltan cosas", excusa Fernández, que no se encarga directamente de los centros educativos sino de iniciativas públicas y privadas para revivir el mundo rural. "Nosotros tenemos proyectos de clases extraescolares, ludotecas, reparto de comida… Y sí que hemos notado un pequeño impulso", arguye. Expone como anécdota que muchos de los fontaneros de su zona han estado estos meses sin tregua. "Nos decían que les pedían instalar calderas y calefacciones para el invierno, porque muchos se venían a teletrabajar", indica quien pone una pega: "La economía en la zona es precaria y uno de los mayores parapetos es la deficiencia en la red".

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