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    La crisis sanitaria ha ido fulminando paulatinamente los vuelos nacionales e internacionales. Con la propagación del COVID-19 —solo en España supera los 27.100 fallecidos y los 228.000 contagios— descendió a mínimos una actividad aérea que parece aumentar bajo la incertidumbre del futuro.

    "Aquí abrimos yo y las de la farmacia. Y en el otro lado, cuatro más", protesta Santiago, propietario de un estanco en la Terminal 1 del aeropuerto Aldolfo Suárez Madrid-Barajas. Su local permanece abierto, aunque no salga rentable. "No compra nadie, pero tenemos que venir", resopla este empleado junto a El Rapto de Europa, la escultura del colombiano Fernando Botero que preside esta vía de comunicación aérea de la capital y ejerce este 13 de mayo de único testigo. Alrededor, el aparcamiento luce vacío. Solo se acumulan los vehículos de alquiler y una fila exigua de coches para los pocos trabajadores en activo.

    Desde principios de abril, tres de las cuatro terminales que tiene Barajas están cerradas y sin vuelos. Las pantallas donde suelen intercalarse los destinos y los códigos de embarcaciones son monitores en negro. Y los pasillos, a oscuras, retumban cuando una encargada de seguridad impide el paso o explica que están para custodiar el espacio. Ni siquiera los agentes de policía que patrullan el espacio han pasado por delante del local de Santiago. "No les he visto en toda la mañana", espeta.

    Todo el mogollón se concentra en la Terminal 4, generalmente destinada a un puñado de compañías aéreas. Ahora, las que aún operan nacional e internacionalmente se han trasladado a este edificio inaugurado en 2007. Es el único cuya puerta de acceso (solo una) tiene algo de movimiento. Varios carriles de taxis esperan un improbable cliente, algunos policías conversan con encargados de Aena (la empresa pública que gestiona los aeropuertos) y los escasos viajeros salen a cuentagotas, en pequeñas bocanadas.

    Vista del aparcamiento de las terminales 1 y 2 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Vista del aparcamiento de las terminales 1 y 2 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez

    "Nos desplazaron a Mallorca para dos meses y ahora volvemos a Andalucía", cuentan José Ramón Domínguez y Cristian Marón, miembros de Endesa de 22 y 34 años, respectivamente. Aguardan con  las maletas a un coche contratado para ir hasta Huelva y Sevilla, donde residen. Su tarea en la isla ha acabado y han regresado con Air Europa "sin problemas".

    "Allí nos han tomado la temperatura y en el vuelo íbamos uno de cada tres asientos", afirman.

    Han tenido suerte. Ni retrasos ni nueva normativa: fueron en barco y en cuanto ha finalizado su obra, han comprado un billete. No les han pillado las restricciones recién anunciadas en el Boletín Oficial del Estado (BOE): a partir del día 15 de mayo, los pasajeros procedentes del extranjero deberán pasar una cuarentena de dos semanas. Tampoco han sido víctimas de retrasos, cancelaciones y las múltiples molestias derivadas que se han producido desde el Estado de Alarma, decretado el 14 de marzo.

    "Iba a visitar la casa de mis padres en Burgos [una provincia española a dos horas de Madrid] para echarles una mano en una reforma y me he tenido que quedar dos meses”, protesta por su parte Luis Hernáez, un mánager de hotel que vive en Mallorca, "y encima no pudimos hacer nada". Su experiencia se complica si sumamos los trayectos que ha tenido que resolver hasta pisar Barajas y, con suerte, llegar a su objetivo final. "He tomado el único autobús que circulaba y espero llegar esta noche", maldecía con una botella de agua de máquina: la única posibilidad para comprar algo.

    Tal "odisea" ha sido aún más dura en el caso de Miguel, de 46 años. "Yo voy a La Palma [una isla del archipiélago canario] y me toca esperar aquí un día", lamenta. Sentado en un banco con varias maletas, su vuelo sale a Tenerife dentro de 20 horas. Como la mayoría de hoteles están cerrados y el siguiente autobús no llegaba a la hora, no le queda más remedio que hacer tiempo en la terminal. Espera al lado de Ángel y José Antonio, dos personas sintecho de 53 y 58 años que han permanecido aquí a pesar del cierre.

    Entrada a la terminal 4 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Entrada a la terminal 4 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez

    "Éramos unos 100 y ahora quedamos 12. Según fueron expulsándonos, nos reducimos a estos pasillos", dice Ángel, que pasea con un carro de carga para sacarse una propina. "Y ya no viene ni Cáritas, ni Cruz Roja. Solo una oenegé que se llama Bocatas y nos da algo de comer", se queja quien todavía guarda la tarjeta que le dieron para otorgarle plaza en un albergue. "Mira, está desgastada. Me la van a dar cuando se pase el coronavirus y estemos todos muertos", grita.

    Protesta que, a su manera, se apropian Ángel y Rubén, dos taxistas con más de una década de trayectoria. "Vamos a tener que abandonar el oficio. Hacemos 12 horas y a veces no sube ni uno", expresan apoyados a su automóvil, quieto en medio de una maraña de luces verdes: todos están libres. "Si antes podías hacer un par de tiradas a la hora, ahora esperas ocho para que te llegue el turno", apunta Jorge Valdominos, un compañero de profesión de 52 años.

    Gladis Jiménez y María Mujica intentan contactar, mientras tanto, con varios conocidos de Madrid. Viajan a Dallas y Los Ángeles y no saben dónde pernoctar en la ciudad. Jiménez trabaja a sus 22 años como asistente de inglés en un instituto de Logroño, al norte de España. Ha decidido volver con su familia después de esta cuarentena. Mujica se trasladó a Soria (otra ciudad del noreste) con su hija después de una intervención en California.

    "Vine para dos semanas y llevo dos meses. Me cancelaron tres billetes", arguye esta mexicana de 51 años mientras ojea la agenda de su celular.

    Su caso es parecido al de Edina Harangozo, una mujer de Budapest de 43 años que da clases en una academia de Cantabria. Atesora 500 euros en bonos después de esperar para regresar a su país. Duda de que los pueda validar por boletos en algún momento. "Espero que me los cambie, porque no sé cuándo volveré a subir a un avión", suspira, narrando su particular aventura: "Tenía un billete desde Bilbao para Semana Santa. Se anuló. Luego cambié a otro más tarde. También se anuló. Y ya se suprimieron las salidas desde ese aeropuerto. Así que cogí desde Madrid, dos meses después", sonríe. Al llegar a Hungría le tocará aislarse 14 días. "Después de lo que llevo, eso no es nada", suspira.

    Este microcosmos social se complementa con la llegada más abultada. A mediodía, un avión procedente de Montevideo (Uruguay) aterriza en Barajas. A bordo, centenares de esquiladores que vienen a trabajar en distintos puntos del país. También hay algunos españoles: los que han conseguido salir de allí tras jornadas de espera y quejas. "La embajada no ha hecho nada por nosotros, y los recursos se acaban. La estancia allí nos ha salido por unos 2.000 euros", esgrime Beatriz Berros, de 58 años, junto a su marido.

    Berros sube a un taxi enfadada y abriéndose paso entre un grupo que aguarda órdenes. Son los esquiladores de oveja, que se repartirán en autobuses. A pesar de portar mascarilla, no cumplen la distancia de seguridad. La policía intenta dispersarlos, pero muchos se escabullen. Patricio Vidart, uno de ellos, tiene 42 años y lleva 12 viniendo por temporadas. "Estaremos dos meses", comenta tranquilo con un cigarrillo en los labios. Al salir de Montevideo les han controlado la fiebre. En Barajas, no. "Esto es un quilombo", resume, sin saber si tendrá que hacer algún tipo de confinamiento. "Ni idea. A mí solo me preocupan las ovejas", confiesa.

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