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    Quizá para el más común de los mortales, ir a la playa más cercana o pasear en bicicleta por los límites de su barrio, constituye un modo de vida aceptable. Sin embargo, para un trotamundos, pronto los paisajes cotidianos se convierten en fronteras territoriales que urge vencer a toda costa.

    El viaje se transforma en el vínculo que conecta a los aventureros con otra forma de existencia, una nueva ventana para expandir las creencias de su propio mundo. 

    Monje budista ante la estatua de Buddha
    © Foto : Cortesía de Alfonso Bustamante / Daniel Duart
    Fernando Duclos es periodista, escribe y reseña historias de la realidad de los países de África y Asia, entre otras culturas. Decidió recorrer los países que integran la Ruta de la Seda, naciones de las que no conocemos ni el nombre, y de los que no podemos decir nada más que lo que se propaga por los medios. Una visión filtrada por prejuicios que llevan a millones a considerarlos territorios conflictivos, origen del terrorismo y de hechos indecibles. 

    Duclos desafía esa visión imperante con su testimonio al recorrer miles de kilómetros al encuentro de gente amable y traernos una nueva narrativa que nos invita a descubrir cuánto del nosotros latinoamericano, se encuentra en ese ellos no tan lejano.

    —¿Por qué un argentino querría tejer la Ruta de la Seda?

    —A mí me interesaba mucho viajar por la Ruta de la Seda por el hecho de que a veces, desde nuestro continente, desde latinoamérica, nos cuesta dimensionar la importancia que tuvieron en la historia estos países del Asia Central, del Medio Oriente en la historia del mundo. 

    En ese sentido, me interesaba recorrer otra vez ese camino justamente para ver cuán similares somos, pero más allá de la similaridad, para descubrir también cuántas cosas que vienen de estas tierras nos pertenecen. Yo siempre doy el mismo ejemplo, le preguntó a la gente cuál es el legado arquitectónico de Persia en nuestras ciudades y nadie me sabe responder y cuando digo que la respuesta es la persiana, que justamente que se llama así porque viene de Persia, todo el mundo dice: "Uy claro, nunca me había dado cuenta, nunca había reflexionado que persiana es de Persia". 

    Parecieran culturas lejanas y en realidad, estamos hechos de ellos. Cuando uno se sienta a ver fútbol y a tomar una cerveza y comer una pizza, un plan de sábado por la noche, resulta que el primer antecedente del fútbol que hay es en China, el primer antecedente que hay de cerveza es en Babilonia, actual Irak, y la pizza, hay muchos orígenes de acuerdo a donde se hizo, pero también se habla de lugares de Oriente. Entonces uno dice guau, al final el plan que más considero mío, lo estoy recuperando de un legado histórico que viene de Asia. 

    La gran mayoría, el papel, la pólvora, muchas de las cosas que nosotros tenemos en nuestro día a día tienen un origen oriental, porque en última instancia, la Ruta de la Seda, cuando estamos hablando de la antigüedad, era la que conectaba el mundo, en ese momento mucha gente de Eurasia no sabía que existía América, Australia, qué había en el África subsahariana, entonces la Ruta de la Seda, la que conectaba China con Europa, era la ruta que conectaba el mundo y a partir de esa ruta no solo había comercio, había ideas, modas, culturas, palabras, guerras, pestes. 

    La ruta era la arteria comunicante mundial y en ese sentido yo tenía ganas de poder recorrer lo que en algún momento fue el puente que unió al mundo y que en algún punto nos formó lo que somos nosotros hoy.

    —Once países que para el mundo occidental o por lo menos para la América occidentalizadas son solo, la mayoría de las veces, nombres raros que cuestan pronunciarse o naciones con mala reputación otorgada por los medios y la llamada industria del entretenimiento. ¿Cómo representarías esos pueblos al mundo occidentalizado?

    —Los países del Asia Central, por ejemplo, son países como cualquier otro, cada cual con sus particularidades, algunos tienen más problemas otros menos, pero más o menos la gente es la misma en todo lugar. Yo siempre digo que, absolutamente, hay algo que nos une a todas y a todos, que es que todos estamos hechos de nuestro pasado y que pensamos mejorar nuestro futuro

    Para algunos, mejorar el futuro significa conseguir más trabajo, para otros significa formar una familia, para otros significa ganar plata, para otros significa tener una comunión mejor con Dios. En fin, cada cual busca su objetivo de diferente manera, pero en última instancia todos somos parecidos y en ese sentido no hay mucha diferencia. 

    Después, obviamente, hay gente mala en todo el mundo. En unos países ponen bombas y en otros son traficantes, y en otros son jefes de tráfico de personas. Digo, la gente mala siempre está lamentablemente y eso es en todos los países. Pero bueno, pareciera que en ciertos países del mundo solo se habla de ellos, como que por ejemplo que yo diga Afganistán y lo primero que se me viene a la mente es terrorista así de una, y sí es verdad que tienen problemas con eso, pero nunca a nadie se le ocurrió pensar ¿y la gente qué come en Afganistán? ¿Va a la escuela? ¿No va? ¿Ama? ¿Sueña? ¿Ríe? ¿Qué hace, estudia? Pareciera que llegas y por poco ya te secuestran porque te va a recibir un país en el que todos son Osama Bin Laden y no, lo que yo descubrí viajando es que no importa el país, la gente es en su gran mayoría buena en todos lados, todos buscamos lo mismo, amor, protección, salud, cariño. Eso no muda más allá de que algunos rezan otros no, algunos se rigen con costumbres más antiguas otros con costumbres más actuales. Cada país diferente, pero a la vez es muy parecido.

    —Como periodista, ¿qué te llevó a investigar y difundir lo que ocurre en África y Asia?

    —No sabemos absolutamente nada de estos lugares a los que yo fui, nada. Creemos que son por poco, campos yermos repletos de minas terrestres y terroristas, no sabemos cómo son los mercados, cómo son las escuelas, cómo son los deportes, no sabemos nada entonces. En ese sentido, para un periodista es algo buenísimo. 

    Kirguistán: el país de uno de los deportes más extraños del mundo
    © Sputnik / Tabyldy Kadyrbekov
    Yo siempre pongo como ejemplo España. Es un país hermoso, supercómodo, uno va y la pasa muy bien. Sin embargo, qué cosa nueva puede uno contar de España, la verdad es que no hay tanto para decir ya, ya todo se dijo sobre España, al menos en nuestras culturas. 

    En cambio yo voy a Tayikistán, solamente con contar cómo es la frontera, con ir a un mercado, con caminar en la calle, con hablar con la gente, con ir a un restaurante, ahí ya tengo cinco notas periodísticas originales, diferentes, que no las consigo por caminar en la calle en España. El hecho de que de estos países se sepa tan poco, los hace un terreno fértil para para contar historias porque nadie sabe nada.

    —¿Quiénes aparecieron en esa ruta que trazaste? ¿Cómo quedaron plasmados en tu libro?

    —Quienes aparecieron en esa ruta que tracé fueron miles, miles y miles de personas hospitalarias, desde Chechenia hasta Kosovo hasta Bulgaria, Macedonia, Albania, Turquía, las regiones kurdas, Irán, Afganistán, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajistán. Siempre, siempre siempre, gente buena y hospitalaria, cálida, amable y tratando de ayudarme, así que nada, si te tuviera que describir a cada uno de ellos y ellas estaríamos años, pero básicamente lo que te digo es que donde los medios nos dicen que solo hay gente mala, en realidad uno se encuentra con un montón de gente que tiene los mismos anhelos, los mismos sueños que nosotros, que se desvive por ayudar, por hacer el bien y la verdad es que muy reconfortante.

    —¿Hay alguna anécdota que quisieras contar?

    —Tengo millones. Una vez llegué con mi compañera a Irán, a un pueblito que se llama Bandar e Sabz, en el golfo Pérsico, en Irán, cerca del golfo de Omán, un pueblito muy chiquito. Llegamos de casualidad, no teníamos pensado llegar allí, pero por un par de imprevistos llegamos a las seis de la tarde. Ya estaba anocheciendo, solamente que en el lugar no había ningún tipo de infraestructura hotelera, nada, un lugar muy chiquito. Tampoco teníamos nada reservado ni conocíamos a nadie. Ya era de noche y mi amiga me dijo "mira, en el interior de Irán si tenés algún problema, vos simplemente métete a un bar, métete a tomar un café y ahí se soluciona todo". Y bueno, efectivamente desde que entramos ahí, a un barcito, había un montón de gente tomando cafecito y apenas nos vieron llegar como turistas, se nos abalanzaron todos encima para ver si queríamos comer, si queríamos café, ya casi que se peleaban para ver quién nos alojaba. 

    Al final terminamos viviendo dos días en la casa de una familia, con gente que nos prestó ropas tibias. Era un hombre con su esposa y sus hijas, compartiendo comida con ellos. O sea, pasamos de llegar a un pueblo a la noche, sin saber muy bien qué hacer y solamente por entrar a un café ya teníamos a un montón de gente intentando ayudarnos, hospedarnos, es una anécdota muy marcante para mí en el sentido muy simbólico respecto a algo que me deja el viaje, particularmente en un país sobre el cual solo se dicen cosas malas.

    —La Ruta de la Seda es un nuevo polo financiero planetario en el seno de una cultura milenaria. ¿Qué crees que pueda pasar si de este lado del planeta se conociese de manera más clara y directa cómo es y se expresa esa cultura?

    —La nueva Ruta de la Seda, el proyecto fomentado por China, es un proyecto superimportante y por eso tiene ese nombre grandilocuente. Siempre digo que lo que uno no conoce, le teme y muchas veces el conocimiento de otros está planeado justamente para que le temamos, para que no nos demos cuenta que en realidad todos somos muy parecidos. 

    Si vos caminas en una calle oscura sin conocer esa calle, vas con mucho miedo, ahora si ya pasaste 100 veces por esa calle, probablemente vas a estar más tranquilo. Por más que los riesgos nunca son cero, pero entonces, obviamente, mientras más ignorancia, más temor y mientras más temor, menos posibilidades justamente de conocerse, porque uno no quiere pasar por situaciones que le den miedo. 

    Yo creo que, básicamente, mientras más conozcamos al otro, a la otra, y los escuchemos y veamos cómo son y sepamos que en realidad comparten muchas cosas con nosotros, más chances hay de no temerles más y en ese sentido de ver que son como nosotros y ahí ya no te hablo en términos económicos, pues si hay posibilidad de hacer negocios, pero digo si el cine nos pasara una o dos películas chinas, iraníes, turcas... Hay mucha gente que conoce Turquía por las telenovelas por ejemplo, y bueno está bien, ven otras cosas, pierden el miedo, alguien puede decir "quiero ir a Estambul para ver los lugares donde se filmó la telenovela". Mientras más uno conozca a la gente, menos miedo le tiene y eso una vez que no tienes miedo se abre la puerta para un montón de cosas.

    —¿Qué más decirle al mundo después de este viaje? ¿Algún otro pendiente?

    —No, no mucho. Es una invitación a complejizar un montón de asuntos, a no quedarnos con lo que nos dicen que es y tratar de entender las cosas por nuestros propios medios, siempre escuchar diferentes campanas, sacar conclusiones pero no dogmas, siempre estar dispuesto a cambiar, escuchar otras voces, a entender los asuntos. 

    A veces pareciera que vivimos en un mundo de frases hechas, en las cuales las cosas son buenas o malas y sabemos todos que el mundo es mucho más complejo que eso, pero bueno más allá de esas conclusiones, invitar a la gente a que conozca, que camine, que recorra si puede físicamente, pero si no, virtualmente también hay mucho por leer, mucho por conocer y mientras más uno trata de entender el mundo, creo que es mejor para nosotros.

    Etiquetas:
    España, África, Asia Central, América Latina, Asia, viaje, Ruta de la Seda
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