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    El Día de los Muertos es una de las fiestas más particulares de la cultura andina. Más allá de la pandemia de COVID-19 y con mucho fervor, las familias recordaron a sus muertos queridos en una fiesta de dos días que reúne elementos de la religión católica, así como de los pueblos originarios relacionados a los ciclos agrícolas.

    El 1 y 2 de noviembre, en toda Bolivia se celebra el Día de los Muertos o de Todos Santos, que constituye feriado. En todas las casas, las familias se dedican a recibir las almas de sus seres queridos, a quienes agasajan esperándolos con mesas repletas de sus alimentos preferidos en vida. También llenan vasos con sus bebidas favoritas y pasan música que era de su gusto. 

    Estos rituales, que entrañan componentes del mundo andino y de la religión católica, se replican también en los cementerios, donde las familias suelen pasar los días junto a las tumbas para comer y beber. Incluso contratan resiris (rezadores) y conjuntos musicales para que dediquen canciones a quienes descansan eternamente, tras ladrillos, cemento y tierra.

    Este 2020, sin embargo, la pandemia de COVID-19 trastocó radicalmente el culto en Bolivia: las familias no pudieron asistir a los camposantos munidas de bolsas repletas de comidas y bebidas para pasar el día (o los dos días) brindando en honor de quien ya no está. En cambio, muchas familias destinaron estas fechas a arreglar las tumbas, deterioradas por el paso del tiempo.

    En el Cementerio General de Cochabamba se evidenciaba la ausencia de la tradicional fiesta que siempre albergan a esta altura del año. Pocas personas podían entrar, con carnet de identidad en la mano, bajo un fuerte control policial. Se permitía estar no más de media hora, para no reunir a demasiadas personas a la vez.

    ¿Cómo celebra la cultura andina el Día de los Muertos?

    Según la cultura andina, las y los muertos llegan al mediodía del 1º de noviembre. Comen y permanecen con sus familias hasta la tarde del día 2. Pero en el campo, donde el Día de los Muertos está ligado a los ciclos agrícolas, los seres queridos no regresarán al más allá hasta febrero de 2021, porque se quedarán trabajando en los campos, haciendo que llueva para asegurar la reproducción de la vida en los cultivos.

    Así le contó a Sputnik la antropóloga Gabriela Behoteguy, quien estudia ávidamente los rituales funerarios andinos. Las mesas de ofrenda para las almas se llaman mast'aku, en idioma quechua, y apxata en aymara. De acuerdo con Behoteguy, los seres queridos llegan a sus casas familiares luego de un largo viaje a pie, por lo cual están con mucha sed. 

    "Por ello, el elemento principal de las mesas consiste en darles agua. También hacemos las tantawawas, que son figurillas de pan. Aquí se percibe una fuerte presencia católica, ya que el pan en el catolicismo es todo. El pan va a hacer que sus almas puedan habitar la mesa", explicó. 

    ​"Cada espíritu va a ir a una de estas tantawawas y va a habitarla. Por eso se hacen estas figuras de pan, que representan a las personas", agregó.

    La tradición en la práctica

    Alimentos servidos en el 'mast'aku'
    © Sputnik / Sebastián Ochoa
    Alimentos servidos en el 'mast'aku'

    Sputnik visitó El Pueblito, en la ciudad de Cochabamba, un barrio que permanentemente recibe visitas de turistas; único punto de la ciudad donde aún se mantienen las casas de arquitectura colonial. Allí, en la tarde del 1º de noviembre varios hogares abren sus puertas para que pase quien desee pasar, rece por el alma —o almas— propietarias de la mesa.

    Varias familias se pusieron sus mejores ropas para ir de casa en casa, rezando. "¿Cuál es su nombre?", preguntaban respetuosamente ante las mesas a los dueños del hogar. Luego de rezar tras sus barbijos, exclamaban: "¡Que se reciba la oración!". Entonces, la esposa o el esposo repartían vasos de refresco, vino, y platos con galletas de todos los sabores.

    Las galletas —dulces o saladas— exponen la pericia culinaria y llevan marcada la personalidad de quienes viven en cada casa. Es imposible que de dos hogares salgan las mismas galletas.

    La boliviana Carla Terán permitió a Sputnik tomar fotografías del mast'aku que había hecho para Humberto Patiño, un vecino que falleció en julio a los 86 años. El anciano, que vivía solo en una habitación alquilada quedó en cama luego de que se le doblara el tobillo. En plena pandemia, no había donde pudiera hacerse atender. Además, las severas restricciones para la circulación impuestas por el Gobierno de Jeanine Áñez dificultaban más tratar su lesión.

    ​Encerrado y sin quien le cocinara, la vida de don Humberto se apagó en pocas semanas. Terán supo de esta situación e intervino para que la Organización Territorial de Base (OTB) de los vecinos del barrio consiguiera una doctora a domicilio. 

    "No lo podíamos dejar morir así. Le hemos puesto suero, pero ya estaba mal, no quería comer nada. Ha muerto más que todo por desnutrición, porque no le dolía nada", comentó Terán.

    "Al tercer día, se sentó en la cama y se puso a llorar. Le preguntamos qué estaba mal, pero dijo que no le dolía nada. Cerró sus ojitos y se ha muerto como un pajarito", relató la vecina.

    El anciano tenía hijos, pero hasta ahora no vinieron a recoger sus pertenencias de su habitación. En julio, con el coronavirus llevándose a cientos de cochabambinos, era imposible conseguir un espacio en un cementerio. Así que Terán tuvo que pasarse un día entero junto al cajón con el cuerpo del señor Patiño esperando a su turno para que lo cremaran en los hornos que durante meses no dejaron de humear.

    Las familias que entraban a rezar le preguntaban a Terán si el señor era su padre o su abuelo. "No, era mi vecino", les comentaba escuetamente, sin relatar esta triste historia de pandemia que la tuvo como protagonista.

    Las mesas llevan frutas, jugos, vino, cerveza, panes de todas formas, que simbolizan diferentes tramos del viaje de los muertos sobre esta tierra. 

    Un pan con forma de caballo sirve para que cargue todos los regalos que el alma hubiera recibido en su visita de dos días. El pan con forma de escalera es para que puedan subir y bajar los espíritus en tránsito. Un suave bizcocho tendría que fungir como almohada para la noche que estarán durmiendo entre sus familias. 

    Figuras de pan llamadas 'tantawawas' utilizadas en las mesas de ofrenda
    © Sputnik / Sebastián Ochoa
    Figuras de pan llamadas 'tantawawas' utilizadas en las mesas de ofrenda

    Unas cuadras más allá está la casa que construyó don Leoncio Torrico, quien falleció en marzo a los 98 años. Su enorme y suntuosa mesa estaba abovedada por largas hojas de palmera. Una foto de él sonriente lideraba el festín.

    ​"Estamos recordando a mi abuelito, don Leoncio Torrico Cevallos, quien ha fallecido este año. Hemos armado este mast'aku para que nos visite", contó Mabel Torrico. 

    "Para honrarlo, le ofrecemos los alimentos que a él le gustaban, también bebidas para agasajarlo en su llegada. Recibimos su espíritu al mediodía, estamos aquí acompañándolo porque sabemos que está entre nosotros", sostuvo la nieta.

    Al momento de evocarlo, Torrico recuerda el rol que tuvo durante su niñez. "Mi abuelito era una persona muy importante en esta zona, de El Pueblito. Era una persona muy amigable para todos los vecinos, tenía la única tienda. Él es el pilar fundamental de la familia, nos ha enseñado lo que es el trabajo, nos ha formado como personas", aseguró.

    ​El origen de la celebración

    Behoteguy, quien es investigadora del Museo Nacional de Etnografía y Floklore (MUSEF), realizó junto a otros especialistas en la materia una "mesa virtual", en la cual se puede consultar qué significa cada elemento en los mast'akus o apxata. Se la puede consultar aquí.

    Ella explicó que "Todos Santos es una fiesta católica que viene del siglo VII, cuando el papa Bonifacio IV instituyó que el 1º de noviembre era el Día de Santos y Mártires. Mil años después, la Iglesia Católica determinó que el 1º de noviembre se va a festejar a Santos y Mártires; el día 2 se va a festejar a los difuntos".

    ​Y agregó que luego de la conquista, cuando se instauró la colonia española, esta fiesta se instituyó en América. En cada una de sus regiones región fue interpretada según las particularidades locales. 

    Behoteguy relató que en el mundo andino, la conmemoración de los muertos era un rito que duraba mucho más que los dos días que actualmente se celebran. Y citó un escrito del conquistador Pedro de Cieza, de cuando fue asesinado el Inca Atahualpa y fue instaurado en su lugar Manco Qhapaq II, quien era manejado por la corona de España.

    En el marco de los festejos por la posesión del nuevo Inca, los originarios "sacaban a los muertos de las bóvedas y se los llevaban en procesiones, comían y bebían junto a ellos. Era un culto mucho más extenso, que no se reducía a dos días. Sucede que esta fecha del 1 y 2 de noviembre coincide con el inicio del tiempo de lluvias", comentó la estudiosa del tema.

    "En los Andes, el Día de los Muertos tiene una íntima y estrecha relación con el inicio del ciclo de lluvias, por lo tanto se va a relacionar al ciclo agrícola y a la siembra", dijo la investigadora, quien se considera activista en la defensa de memorias, identidades y legados culturales.

    "Está la creencia de que los muertos llegan al mediodía del 1º de noviembre y se van el 2 en las ciudades. En el campo se van el 3 de noviembre, pero no se van al mundo de los muertos, o ayajmarka, sino que se van a trabajar en la siembra hasta el carnaval", sostuvo Behoteguy.

    "Los muertos se van a quedar en todo un periodo de lluvias, que se llama juyapacha. Se van a quedar trabajando, sembrando, regando las cosechas, haciendo que continúe la reproducción de la vida, sobre todo en la siembra", contó.

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