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    LA HABANA (Sputnik) — El historiador cubano Eusebio Leal ha muerto, y desde ahora la capital de la isla será distinta a pesar de mantener intacto un patrimonio centenario, porque le faltará sobre sus adoquines el andar cotidiano de uno de sus más admirados defensores.

    Leal era sin dudas el alma de La Habana, ciudad que lo vio nacer y a la que defendió con su quehacer diario para devolverle todo su esplendor, salvando la memoria de cada piedra y cada rincón donde habita la historia de medio milenio de una urbe que nunca dejó de adorar como propia.

    Quizás, aquel niño pobre que nació en el barrio habanero de Cayo Hueso en 1942, nunca imaginó que sería reverenciado por realezas europeas, por gobiernos y academias, por universidades, pero sobre todo por su pueblo que lo admiraba.

    Doctorado en Ciencias Históricas de la Universidad de La Habana, Máster en Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba; especialista en Ciencias Arqueológicas, Eusebio Leal creció hasta convertirse en merecedor de innumerables títulos, condecoraciones y el más alto reconocimiento académico de varias universidades e instituciones alrededor del mundo.

    Recibió más de 30 importantes condecoraciones de Cuba, España, Francia, Malta, Italia, Perú, Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia, Colombia, República Dominicana, Argentina, Panamá, y Brasil, entre otros países.

    Entre ellas destacan la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, y la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, ambas de España; la Orden de las Artes y las Letras, de Francia, Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor francesa, y la Orden Víctor Hugo, conferida por la Unesco, entre otras.

    También se le reconoció con el título honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.

    A su vez, fue miembro de Honor de la Academia de Ciencias de Cuba, y del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio, así como integró los comités de asesores para la Erradicación de la Pobreza del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, del National Geographic Society, The Society Smithsonian, de Estados Unidos, el National Trust of Preservation, del Reino Unido, la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas, y del Consejo de la Asociación Latinoamericana de los Derechos Humanos.

    Fue embajador de Buena Voluntad del sistema de las Naciones Unidas, y recibió doctorados Honoris Causa por universidades de Perú, Chile, El Vaticano, y Cuba, además de ser miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias (AAA&S)

    Era la voz y el espíritu de La Habana, con sus típicas camisas grises, su saco sobre uno de sus hombros, sus espejuelos que escondían aquellos ojos inquietos de mirada futurista.

    Muy joven se enfrentó a una ciudad casi en ruinas, a mediados de la década de 1960, imbuido por la savia que le transmitió su maestro y predecesor, el historiador Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), de quien heredó el tesón por ver regresar a La Habana a sus momentos de gloria, para dejarle a los cubanos un vieja ciudad embellecida, auténtica y sobre todo viva.

    Desde 1967 y hasta su muerte, tuvo a su cargo la recuperación de joyas arquitéctonicas habaneras como los palacios de los Capitanes Generales, del Segundo Cabo, el Capitolio Nacional, las fortalezas coloniales de la Cabaña, el Morro, la Punta y la Fuerza; la Basílica Menor de San Francisco de Asís, el convento de Santa Clara, entre más de un centenar de obras claves de restauración, donde siempre defendió el valor participativo de la sociedad en los trabajos de recuperación.

    No concebía a La Habana Vieja sin sus moradores de siempre, lo que le llevó, al unísono de las obras de restauración, a crear toda una infraestructura social que incluía consultorios médicos, hogares de ancianos, bibliotecas, escuelas públicas, casas de atención a embarazadas, escuelas talleres para la formación de futuros especialistas en construcción y conservación, entre muchas obras de carácter social que impulsó.

    Para él, defender la ciudad capital era defender la imagen de Cuba y reclamaba "sentir el orgullo de La Habana no como un orgullo exclusivo ni excluyente, sino como un orgullo que es de todos los cubanos".

    Hace unos meses, Sputnik conversó con Yoana Hernández Suárez, investigadora del Instituto de Historia de Cuba, acerca del legado de Eusebio Leal, a quien agradeció por salvar la memoria histórica cubana.

    "Gracias por su oratoria forjada en el amor a nuestra historia. Gracias por insistir en que la decencia ciudadana, lo hermoso, la hidalguía, no deben perderse, y gracias siempre por su ejemplo de vida", comentó a Sputnik en esa ocasión la joven historiadora.

    Para Eugenio Suárez, director de la Oficina de Asuntos Históricos de Cuba, Leal era la persona "que todo lo que toca lo convierte en oro, un ejemplo en la cultura del detalle, que no solo piensa en La Habana sino en todo el país".

    "Es el orador que siempre sorprende con sus palabras", dijo en su oportunidad a Sputnik.

    Desde este 31 de julio, la Habana pierde a uno de sus importantes pilares, al hombre que respiraba junto a su ciudad y a la que devolvió su gallardía.

    Etiquetas:
    Eusebio Leal, Cuba
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