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    LIMA (Sputnik) — Hubo un tiempo en que los habitantes de las ciudades en la selva peruana vivían una fiesta constante. Eran conocidos por un espíritu dado a la risa fácil y al aire libre. Pero la primera señal del fin abrupto de la alegría llegó cuando el Gobierno les ordenó que se encerraran en sus casas por un raro virus de reciente estreno.

    Era mediados de marzo. Todavía no había un solo enfermo en Loreto, el departamento más grande de la Amazonía oriente del país, y menos en su capital, Iquitos. Con un calor que castiga los cuerpos con más de 40 grados, pocos tuvieron ganas de recluirse en casas estrechas, hacinadas y mal ventiladas.

    Además, Lima, donde se reportaron los primeros casos del virus llegado de China, quedaba lejos en la costa, a más de 1.000 kilómetros, tan lejos que ni siquiera hay una carretera que la conecte, siendo los aviones el único nexo con la realidad agobiante de la capital y sus 10 millones de habitantes. Seguros en el aislamiento, ¿qué podría ir mal?

    Charapas

    En Perú, a la gente de la selva se les conoce como "charapas", término generalmente cariñoso que, sin embargo, algunos pocos utilizan para esparcir prejuicios que señalan al estereotipo oriental como una persona dada a los placeres mundanos, con un fuerte apetito sexual e indisciplinado, sobre todo para acatar órdenes durante una pandemia.

    El nuevo coronavirus no daría mucha tregua a los habitantes de Iquitos, ciudad con cerca de 380.000 habitantes y que el 17 de marzo registró su primer contagio por COVID-19. Había preocupación, no catástrofe, aunque no por mucho.

    Con un sistema sanitario que en diciembre ya estaba rebasado por el dengue y otras enfermedades del trópico, la ciudad de Iquitos tardó cerca de un mes para darse de cara contra años de desatención estatal hacia la salud pública.

    Así, el colapso total llegó la semana pasada. El Colegio Médico del Perú pidió al Gobierno declarar a Loreto, y en particular a Iquitos, como zona de desastre, y con razones de sobra: más de 2.000  infectados la vuelven la ciudad con la peor tasa de contagio del país, además ya son 92 los fallecidos, según datos oficiales.

    En el Hospital Regional de Iquitos hay apenas 11 médicos y 17 enfermeros, luego de que 10 médicos y 22 asistentes sanitarios fallecieron en la región por COVID-19, según datos de la Defensoría del Pueblo.

    En Perú se suele decir que Lima vive de espaldas al país y esto tomó matices de verdad absoluta cuando empezaron a surgir explicaciones ligeras sobre el desastre amazónico, las cuales achacaban la propagación feroz del virus a la indisciplina y negligencia de un pueblo que vive para la fiesta exclusivamente, pero no para acatar cuarentenas.

    Prejuicios

    "En Iquitos la vida se hace en la calle", dice a esta agencia la socióloga Déborah Delgado, catedrática en la Pontificia Universidad Católica de Perú, y en ese sentido es difícil, y en un punto cruel, meter en sus casas asfixiantes a una población pobre que, además, necesita salir a trabajar para conseguir el alimento para el día.

    La socióloga enfatiza que Perú, un país diverso, tiene también culturas disímiles dependiendo de la región, por lo que el prejuicio, sobre todo capitalino, parte de una visión sesgada que busca explicar con una sola variable, además errada, un tema complejo.

    "Si hay irresponsabilidad en Iquitos, no creo que sea mayor a la que vemos en Lima", dice Delgado.

    Por otro lado, en un país que desde 1990 se abrió al libre mercado y una economía neoliberal, resulta insólito que la ciudad más importante de su Amazonía no tenga un solo centro comercial y los mercados sean callejeros o infraestructuras antiguas, insalubres y estrechas, fáciles para la aglomeración.

    Para agravar aun más todo este infierno verde, la lejanía que podía jugar a favor de un aislamiento seguro se ha vuelto en una maldición: con los vuelos restringidos, escasean los productos de primera necesidad que antes llegaban de Lima, algo que eleva los precios y obliga al ciudadano a salir a los mercados a diario, al no poder hacer compras de abastecimiento para un tiempo largo.

    Actualmente, a la capital llegan las imágenes de una zona del país que era querida por su espíritu libre y su gente cálida, con ese acento que canta las palabras de una manera graciosa y que, luego de esta cruel jugada del destino, se ha trastocado en llanto o silencio. A Iquitos le han robado la fiesta.

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