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Muelle, la leyenda del grafiti español que ha cambiado la clandestinidad por el museo

© Foto : Cortesía de Roberto Fernández MuñizJuan Carlos Argüello, conocido grafitero madrileño que firmaba como 'Muelle', en 1988
Juan Carlos Argüello, conocido grafitero madrileño que firmaba como 'Muelle', en 1988 - Sputnik Mundo, 1920, 20.06.2021
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Juan Carlos Argüello fue el pionero en plasmar su firma en las paredes. Inició el estilo "flechero" y se convirtió en un mito con una muerte temprana. Estos días han salido varias obras suyas a subasta y dos ya cuelgan en un museo municipal de arte contemporáneo.
Nadie duda: fue un pionero. EL PIONERO. Se adelantó al resto. Y, encima, le dio un toque de sofisticación. Juan Carlos Argüello se convirtió en leyenda gracias a su firma, Muelle. La pintaba en cualquier muro o superficie. Con rotulador o espray. A una altura razonable o incomprensible. Y forjó un mito. El primero del grafiti madrileño. Del español. Si, como recitaba Machado basándose en Hipócrates, la vida es corta y el arte es largo, su figura es un caso canónico: murió con 29 años, en 1995, pero dejó un legado perpetuo.
Un legado que ha pasado de la ubicuidad efímera de las paredes a la solemnidad de una pinacoteca. Estas semanas, varios acrílicos abstractos suyos se vendieron por 78.750 euros. Uno se colgará en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, donde ya tienen otra obra. Muelle es un fenómeno que no se desvanece. Desde su época más activa, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, hasta ahora, Juan Carlos Argüello ha sido clave en el panorama grafitero nacional.
Argüello, o Muelle, revolucionó la expresión callejera. Usando ese apodo y rubricándolo con una flecha descendente, llenó la ciudad de colores. Su radio de acción iba de la periferia al centro: imprimió su nombre sobre edificios de ladrillo visto, carteles publicitarios o el corazón de la calle Montera, en el eje de la Gran Vía y la Puerta del Sol. Había nacido en 1965 en Campamento, un barrio del sur de la ciudad. Y ya de adolescente se dedicaba a garabatear cuadernos.
Fernando Argüello, su hermano, lo recuerda siempre con algo entre las manos para pintar. Podía ser una tiza, un lápiz o un edding, el artefacto de tinta permanente más habitual en la época. "Se le veía desde pequeño", indica Fernando a Sputnik. Confiesa el menor de los dos que Juan Carlos era alguien "muy especial", pero prefiere que lo digan otros. "Todo el mundo le tiene como el pionero del grafiti en España. Empezó en los 80, cuando nadie lo hacía o al menos de esa manera, y creó escuela", zanja, contento porque se hayan adquirido sus obras y aún se le vea como algo vivo.
"Mucha gente joven todavía le sigue. Y gracias a los mayores le han mantenido vivo 26 años. Sigue siendo algo reconocido, no está en el olvido", resume el hermano, señalando la plaza que se fundó con su nombre en 2016 a pocos metros de su vivienda o los homenajes que ha ido recibiendo tras su prematuro fallecimiento, causado por un cáncer. "Es verdad que a veces tiene que morir alguien para alzarlo, pero ya había marcado, ya era un icono. Fue una pena que nos dejara tan joven, pero está muy vivo dentro de nuestro corazón", sentencia.
Su estrecha trayectoria, de hecho, es muy intensa. Con 12 o 13 años ya manchaba hojas y hojas con un mote que le venía por su afición a las bicicletas. Con 15, tocaba la batería en el grupo La Coartada. Con 16 se alista voluntario al servicio militar (la famosa mili de entonces) y con 20 dedica las madrugadas para bombardear, término que en el argot del mundillo significa atiborrarse a pintar. Y con 26 se cansa, tanteando otras disciplinas como las cartulinas subastadas recientemente.
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En un artículo reciente, su madre recordaba cómo dejaba la casa familiar a medianoche y volvía con el amanecer, junto a su más fiel escudero: una Vespino moteada de morado y con su tag (alias grafitero) en la caja donde guardaba los botes. Esa es la moto que se ve en Mi firma en las paredes, una película que seguía su estela a través de tres admiradores y que narraba el origen de esta expresión: inicialmente, el grafiti eclosionó en Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos, abrigado por el hip hop y otros estilos musicales.
Trenes o edificios abandonados desplegaron un carrusel de letras con diferentes formas. En España, esta corriente ni siquiera había aterrizado cuando Muelle se lanzó a la calle. Él dio el pistoletazo de salida. Le siguieron otras firmas míticas como Tifón, Bleck (La Rata), Glub o Juan Manuel. Para muchos, registrar su presencia a través de las ventanas de un autobús o un vagón de cercanías era lo equivalente actual a cazar Pokémons. Sin móviles, muchos acudían en procesión al nuevo hallazgo.
Javier Abarca, por ejemplo, no solo recorría Madrid y alrededores en busca del último Muelle, sino que cada tarde iba al más cercano a su escuela y se quedaba horas mirándolo. "Era el paladín del bombardeo gustoso", dice este profesional, que ahora, con 48 años, da clases en la universidad sobre arte urbano. En conversación con Sputnik, rechaza incluir al grafiti en los parámetros de lo comercial, de lo museístico, a pesar de la última adquisición.
"Hay que distinguir los significados y los parámetros", advierte Abarca. El grafiti, aduce el experto, tiene como objetivo "hacerle cosquillas a la ciudad", que es su material. "La gracia es el juego, la rapidez, burlar el márquetin", agrega quien ve en Muelle a un "inventor". "Empezó solo, sin referencias, y su nombre ya forma parte del folclor español", defiende, opinando que su inclusión en una galería es "indiferente": "Si el mundo del arte quiere bendecirlo, al grafiti le trae sin cuidado".
Lo mismo piensa Paco Reyes, profesor en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. "Muelle fue un punto de inflexión para el mundo del grafiti, pero esto no supone nada", asegura quien también es conocido en el gremio como Pastron#7. "Él fue la explicación de un movimiento: los niños y niñas de entonces pintábamos por su culpa. Cuando creías que estabas en el momento, él ya llevaba ocho años", rememora. "Fue el primero y se fue el primero", cavila, "era el más original y encima dio un paso más".
Juan Carlos Argüello creó un discurso. La flecha que acompañaban a su esponjosa grafía bautizó al grupo de los "flecheros", que luego se quedó como algo residual. Sin embargo, ya había agitado la granada y la había lanzado sin argolla. En 1989 expuso en la feria Arco. Luego vendría el Círculo de Bellas Artes o la Escuela de Artes y Oficios de Logroño. Pretendía, afirmó en una entrevista de El País, montar una "multinacional del grafiti".
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"Persigo la fama y una dignidad profesional y monetaria para expresar un montón de ideas", incidía en esa charla, de 1987. Su hermano Fernando apunta que solía describirse como "un desconocido muy conocido" porque apenas mostraba su rostro: regla indiscutible de esta dedicación, que está considerada ilegal y, por tanto, puede acarrear sanciones. Aparte, se conjugan el misterio de lo clandestino y la pureza del incorruptible.
Muchos han visto en homólogos del colectivo cómo perdían esa chispa o ese idealismo y se abalanzaban sobre las huestes del capitalismo, maestro en fagocitar cualquier insurrección ciudadana. El ejemplo fundamental es Banksy, aparte de otros como Ludo o Miss Van. "Muelle es el primero en España. Con la subasta pone el grafiti a la altura del arte. Y es una forma de reivindicar su figura", comenta Consuelo Durán, directora de Durán Arte y Subastas, la casa que abrió la puja, a Sputnik.

"Me parece muy interesante, porque hay antecedentes en colecciones americanas con Keith Haring o Basquiat", sostiene JeosM a Sputnik, otro grafitero de 38 años que entra en la categoría de discípulo.

"El Muelle fue la principal referencia para las primeras generaciones de escritores del grafiti madrileño. No solo es que fue el primero, es que además cuando ya habían surgido a su alrededor decenas de firmas siguió siendo el número uno en dejarse ver. Además, fue el precursor de las diferentes técnicas e ideas que posteriormente adquirían los demás", apoya Remebe, escritor de grafiti de 50 años.
Además, indica Remebe a Sputnik, "trascendió aquel primitivo movimiento y fue un símbolo de la ciudad de Madrid en aquellos años tras la transición y las primeras libertades después de la cerrazón del franquismo". "Las paredes pasaron de ser mudas a tener pintadas políticas, hasta que llegó el Muelle con su logo y cambió el decorado de la ciudad para siempre", argumenta, contextualizando aquellas jornadas de bombardeo con el panorama político y valorando que, con la inclusión en un museo, siga instruyendo a nuevos cachorros del espray.
"Pasarán otros 40, e incluso 100 años, y los habrá que pinten más, los habrá que pinten mejor, incluso los habrá que piensen que están inventando algo, pero para el recuerdo, la historia y el imaginario popular de los vecinos de Madrid la referencia en cuanto al grafiti seguirá eternamente siendo la firma del Muelle", concluye.
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