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Aparadoras: la resistencia de quienes cosen el calzado en España a pesar de sus condiciones

© Europa Press / Calzados Pitillo Una trabajadora en una fábrica de zapatos española (referencial)
Una trabajadora en una fábrica de zapatos española (referencial) - Sputnik Mundo, 1920, 18.04.2021
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Este oficio, de gran tradición en la provincia mediterránea de Alicante, tiene un marcado perfil femenino. Se caracteriza, además, por el futuro incierto y los abusivos requisitos laborales.
Mayte Rodríguez empezó a los 14 años, "al acabar el cole". Era algo fácil, dice: "Había trabajo y había que ayudar en casa". Sus padres acababan de tener otra niña y su hermana ya estaba metida en el oficio. Por tradición familiar o cercanía, esta mujer se introdujo de joven en el gremio de las aparadoras, el de las que cosen a mano el calzado. Un sector con marcado perfil femenino, predominante en la región de Alicante y que se caracteriza por la resistencia de la plantilla o la incertidumbre del futuro.
Porque las circunstancias lo obstaculizan. El mercado globalizado impone el eufemismo deslocalizar, que significa eliminar centros de trabajo en unos países para trasladarlos a otro donde los sueldos son menores. Y las nuevas generaciones se marchan o reniegan de esta labor con ecos de un pasado déspota. "No hay relevo", cuenta Rodríguez a Sputnik. La presidenta de la Asociación de Aparadoras Elda-Petrer ve a los 53 años un inminente final de esta tarea tan arraigada a su tierra. "En una década no habrá nada", incide.
La veterana lamenta el presumible final de las aparadoras, pero es crítica con la situación: "No se ha avanzado nada. Nos hemos quedado clavadas 80 años atrás", confiesa quien lleva toda su vida luchando por los derechos de la comunidad. "He trabajado en casa, en talleres pequeños, en fábricas grandes… y nunca hemos querido que se nos regalase nada, pero sí tener unas condiciones dignas", señala Rodríguez, que insiste en que muchas veces se ha tratado a la profesión de hobby: "No estamos cosiendo en nuestro tiempo libre, sino que nos dedicamos a esto porque es el sustento de nuestras familias".
Un pan difícil de conseguir: hay quien empeña hasta 15 horas para un salario justo. Algunas empresas pagan 60 céntimos por unos zapatos que luego se venden por hasta 400 euros. La reivindicación de Mayte Rodríguez encaja con las que se escuchan en el sector desde hace tiempo. Uno de los rasgos de este trabajo son las míseras condiciones de las empleadas, que vienen desde el inicio. El origen, de hecho, surge como algo casi medieval y explica la mayoritaria presencia femenina. Proceden de esa sociedad no tan lejana que dividía dos ámbitos, el doméstico y el exterior, según géneros.
"El hombre se iba al campo o la fábrica y la mujer se quedaba en casa, haciendo sus labores o cosiendo en los ratos que podía", narra Rodríguez.
Tales roles han permanecido con pocos cambios desde entonces. Así lo atestiguan Beatriz Lara y Gloria Molero en Aparadoras. Las mujeres que fabrican tus zapatos, editado por Libros.com gracias a una campaña de micromecenazgo. Las dos periodistas —nacidas en Elche, centro neurálgico de esta actividad (cuenta hasta con una plaza en honor de esta figura)— y con allegadas en el calzado, seleccionaron a 21 empleadas, con edades comprendidas entre los 27 y los 84 años, para elaborar un fresco de esta profesión algo desconocida y con pocos datos fiables. "Como mucho trabajo es en negro, no se puede cuantificar bien", resuelven, cifrando en unas 3.500 empresas y cerca de 50.000 trabajadores los números del sector en España.
"Cuando vinimos a Madrid, muchos no sabían lo que era el aparado. Hicimos el libro por una cuestión de justicia por nuestras madres, abuelas, tías vecinas…", comenta Lara a Sputnik, "porque la industria del calzado se asienta en mujeres como ellas y otras que no sacamos y están ahora al frente: mujeres racializadas, gitanas…".
No salieron por pudor o por el temor a unas "listas negras" que acarrean represalias. "Tenemos bastante comprobada su existencia entre empresarios. Y cuando entras en una es complicado que te llamen para la industria. Muchas no quieren comprometer su futuro", alega Molero. Cada historia, de hecho, se acompaña de una foto y un nombre. A veces se queda en inicial o en un retrato velado.
"Es un trabajo muy feminizado en España, pero somos conscientes de que en otros sitios como Marruecos o Sudamérica es más masculino", aclara Lara, detallando que las cláusulas varían según el sitio y que los convenios apenas se cumplen: "Existe el contrato domiciliario y el de talleres o fábricas, pero suele ser de menos horas que las que se trabajan y eso repercute en la cotización", incide la autora.
Sus avances, como recordaba Mayte Rodríguez, han sido escasos. "En 2019 se modificó el convenio, pero no ha llegado a todas porque muchas no tienen contrato", añade Lara, hija de aparadoras, retomando el tema de la precariedad y su mecanismo habitual: "Suele traspasarse de madre a hija y comenzar como el trabajo del verano, muy estacional y sin seguridad, porque muchas veces es en negro".
De ahí las dificultades para mejorar, la falta de unión, la perpetua inestabilidad. No fue hasta hace tres años en que se planteara una cooperativa independiente y la inspección es laxa: un rastreo rápido da una noticia de enero, cuando se condenó a unos empresarios a seis años de cárcel y 540 euros por tener15 aparadoras sin contrato.
Andalucía y Castilla La Mancha fueron las provincias que nutrieron al sector, que se concentraba en Elche y otras localidades de Alicante. "Era una inmigración de interior que venía entre los años 60 y 70, cuando estaba boyante", apostilla Lara. Aún hay barrios en estos municipios del calzado con algunas de las rentas per cápita más bajas del país. Aquí regresa el fantasma de la economía sumergida, que evita el control oficial y se plasma en cada uno de los testimonios. Desde el de Cecilia, de 84 años, que vivió una intoxicación en pleno franquismo en el que murieron compañeras y que apenas se investigó, hasta el de Cristina, de 27, que no veía progreso en esta tarea y la abandonó.

Hoy le damos las gracias a la concejalía de igualdad y mujer por invitarnos a participar en este espectacular video y...

Publicada por Asociación de aparadoras Elda-Petrer en Lunes, 8 de marzo de 2021
Se suma, además, el estigma de la orientación sexual o la desigualdad de salarios por género, que se relata en alguno de los casos. En ellos llama la atención una cosa: a pesar de la dureza y el menosprecio, las aparadoras aman su labor. La catalogan de "bonita" o "creativa". "El problema con el calzado en realidad no es el trabajo en sí, sino las horas que tienen que hacer, la nula prevención en riesgos laborales y que no están cotizando, encontrándose con una jubilación en la que no van a tener nada", arguye Lara, "es muy artesanal y como cualquier trabajo puede tener una parte vocacional. Muchas lo han dejado porque no ven reconocimiento".
Gloria Molero pone de ejemplo a su padre y su madre. Se mudaron a Elche por la industria. "Era lo típico, lo que había", resuelve. "Y a la mayoría les gusta y están muy orgullosas. No sé si es vocacional, pero les hace sentir artesanas porque aún es piel y no plástico. Lo que no les gusta son las condiciones. Porque, si no fuera por ellas y los problemas físicos y fisiológicos que les provoca, podrían dedicarse mejor", acuña la periodista. Basta una anécdota reciente: durante la pandemia, gran parte de las trabajadoras se lanzaron altruistamente a la fabricación de mascarillas o trajes de protección.
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Las dos coinciden con las palabras de Mayte Rodríguez: no hay relevo generacional. "Han visto a sus madres sufriendo o, peor, no han visto a sus padres por las horas que estaban en la fábrica, y no quieren un trabajo explotador que no cotiza. Eligen otros como la hostelería, que quizás son menos horas y te machaca menos mental y físicamente", esgrime Molero. "De aquí a 30 años no quedará nada o será algo ilegal y más precario", sentencia.
Horizonte desolador para quienes resisten con honra, como Rodríguez: "Podíamos habernos dedicado a otra cosa, pero es lo que nos gusta. Y nunca terminas de aprender. Me han dicho muchas veces que cambie de trabajo, pero no quiero: lo que quiero es mejorar las condiciones".
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