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"Nosotros siempre estamos en crisis": el confinamiento también afecta a los proveedores de información

© Sputnik / Alberto García PalomoQuiosco ubicado en el Puente de Vallecas de Madrid.
Quiosco ubicado en el Puente de Vallecas de Madrid. - Sputnik Mundo
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La pandemia de coronavirus ha provocado el cierre de muchos comercios. Los quioscos, surtidores de prensa y otros productos, pueden seguir abiertos como servicios esenciales. Algunos han decidido parar su actividad y otros continuarla, acusando una disminución de ingresos diarios.

Hace tiempo que los ingresos no son suculentos y que la realidad les apisona. Los quioscos, estas tiendas destinadas a proveer de información y entretenimiento a la ciudadanía, no destacan en los últimos años por su éxito. La disminución de venta de periódicos y revistas ha provocado el cierre de muchos de ellos. Y los que resisten dudan de su continuidad o se adaptan con productos complementarios como paraguas, llaveros, imanes o tiques de rutas turísticas.

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Durante el Estado de Alarma, decretado el pasado 14 de marzo por el Gobierno, este tipo de negocio se salvó de la clausura: al ser considerado un servicio esencial, podía permanecer abierto. Muchos, no obstante, pusieron el candado y se retiraron de la actividad diaria. Otros siguen ofreciendo un surtido de noticias y entretenimiento para quien se acerque en medio de esta pandemia, que en España  suma más de 208.000 contagiados y de 21.700 muertes.

Uno de los lugares para comprobar esta situación excepcional es la Puerta del Sol de Madrid. En este centro neurálgico de la capital española bullen habitualmente los turistas, las estatuas humanas, los vendedores de lotería y, entre medias, las casetas que exhiben publicaciones internacionales o guías en varios idiomas. Estas semanas, solo uno de los cuatro puestos que conforman la plaza tiene las puertas plegadas hacia fuera.

© Foto : Cortesía de Javier ArcenillasQuiosco abierto en la Puerta del Sol de Madrid.
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Quiosco abierto en la Puerta del Sol de Madrid.

José Antonio Gutiérrez, el dueño, justifica su perseverancia como una racha que le toca apechugar, a pesar de las circunstancias. "No se vende ni el 20% del resto de días", indica, "pero algo hay que hacer". Custodiado por la figura ecuestre de Carlos III y bajo una instantánea excepcional de este espacio —que permite ver la fuente central desnuda o el reloj de las campanadas sin selfis delante—, el quiosquero augura un mal futuro: "Estaremos así mucho tiempo, porque esto es muy turístico, no hay tanto cliente fiel, y el bajón económico va a ser grande".

Gutiérrez, con 63 años y 35 detrás de la ventanilla, coloca un corcho de souvenirs mientras zanja el discurso pesimista con una reflexión de largo recorrido: "Nosotros siempre hemos estado en crisis. Llevamos desapareciendo desde hace años con internet, así que esto es otro obstáculo más". Coincide este parecer con los pocos datos que se encuentran del sector. Según la Asociación de Vendedores de Prensa Profesionales de Madrid (AVPPM), a principios de siglo se contaban 707 quioscos entre sus miembros, más una red extensa sin registrar en sus filas. En 2018, la cifra había descendido hasta 400, con un ritmo de cierre de 20 por año.   

© Sputnik / Alberto García PalomoQuiosco en Bilbao, Madrid.
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Quiosco en Bilbao, Madrid.

Lo que impulsó el declive fue la irrupción de internet y la gratuidad de las versiones digitales de periódicos y revistas. A esta corriente se le sumó la crisis de 2008, que aniquiló la economía nacional y dejó en paro a miles de trabajadores del gremio. La Asociación de la Prensa de Madrid (APM) calculó en 2015 que desde 2008 se habían cerrado en España 375 medios de comunicación (sumando diarios, revistas, cadenas de televisión y de radio y agencias de prensa) y 12.000 profesionales habían perdido su empleo, según el Informe Anual de la Profesión Periodística de aquel año. Aunque no hace falta retroceder a esa época: con el confinamiento, varias cabeceras nacionales han anunciado Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) o disminución de salarios.

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Resoluciones que aumentan la agonía de estos elementos tradicionales de la arquitectura urbana. En la calle Fuencarral —una arteria principal de Madrid, pegada a la Gran Vía— la estampa es similar a Sol: algún repartidor pedalea para llevar comida, un viandante tira la basura y un único quiosquero espera afligido. En este caso es Francisco (a secas: no quiere dar apellidos). Prepara la recogida a las tres de la tarde. Asegura sacar la mitad de recaudación, a pesar de seguir haciendo las mismas horas. Una cantidad que le da para mantenerse. "Imagina qué pérdidas, ¡Fuencarral era como Wall Street, que nunca dormía!", exclama.

© Sputnik / Alberto García PalomoQuiosco emblemático de la Glorieta de Bilbao en Madrid.
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Quiosco emblemático de la Glorieta de Bilbao en Madrid.

Medio kilómetro más allá se ve el esqueleto de otro quiosco. En este caso es uno de los más emblemáticos de Madrid: el de la Glorieta de Bilbao, que suele tapizar la acera de libros y películas. Sus estanterías se muestran estos días como un costillar famélico. No hay colecciones ni fascículos ni nada de lo que antes toqueteaba la gente.

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Rafael Martín, el propietario, toma nota del inventario. Cerró nada más se propuso el confinamiento. "Tengo a dos empleados en turnos de siete de la mañana a nueve de la noche. La policía me prohibió tener cosas que se manosearan y no lo vi rentable", dice con resignación quien no ha cerrado "ni en verano". "Además, hay algo fundamental que no tenemos en cuenta: nosotros damos un servicio, pero necesitamos otros, como ir a comer algo o al baño. Y con todo cerrado es imposible", agrega.

Cuando alguien le pregunta por algo, Martín señala un establecimiento al otro lado de la glorieta. Allí atiende Manuel José Ortiz, de 61 años. Habla desde el burladero con un señor que sujeta un periódico con la solidez de un garrote. Otra cliente coge con pericia un ejemplar de un diario y se despide sin pagar: es suscriptora y le vale un código. "Aquí están viniendo los habituales. Muchos son personas mayores —los que todavía compran periódicos en papel— y han dejado de bajar. Pero, por lo general, se mantiene el ritmo", sostiene.

© Sputnik / Alberto García PalomoVenta de pasatiempos en un quiosco de Vallecas, en Madrid.
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Venta de pasatiempos en un quiosco de Vallecas, en Madrid.

El ritmo al que alude, en cualquier caso, puede calificarse de renqueante: la difusión de El País, El Mundo, ABC y La Razón juntos se situaba en 2007, de media, en 1,15 millones de ejemplares cada día. En 2019, cerraron con 302.500, según publicó a finales del año pasado la Oficina para la Justificación de la Difusión (OJD).

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Se salvan algunas existencias de papel cuché o mensuales y el talismán del momento: los pasatiempos. José Luis Rodríguez, que regenta a sus 60 años un quiosco cuyo origen data de 1929, ofrece dos libretos de sudokus por un euro y diferentes ofertas en cuadernos con crucigramas. "Revistas despachamos alguna, pero pasatiempos a mansalva", analiza el trabajador desde este local centenario, ubicado en el Puente de Vallecas (al sur de la ciudad).  "Las dificultades ya eran enormes. Así que a ver cómo salimos", resume.

© Sputnik / Alberto García PalomoQuiosco en Vallecas, Madrid.
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Quiosco en Vallecas, Madrid.

Ninguno ha tenido problemas de distribución, más allá de la ausencia de aquellos medios que han dejado temporalmente de imprimirse. Nuria Romero, que tiene 42 años y desde pequeña ayudaba a su madre en su quiosco de Vallecas, ha reducido el horario (está cinco horas en lugar de ocho), pero no las ventas: "Es que esto ya estaba sentenciado, estaba bajo mínimos, así que no es nuevo que apenas haya clientes. Muchos ancianos tienen miedo por si se contagian, pero les ayuda algún vecino", explica. 

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