3 febrero 2014, 12:40

"El choque cultural con Rusia es para mí una constante fuente de humor"

"El choque cultural con Rusia es para mí una constante fuente de humor"

Entrevistar a Daniel Utrilla resulta sencillo. Periodista hasta la médula, conoce la suerte al dedillo y se pone fácilmente en situación, anticipándose a las preguntas.

El motivo de nuestro encuentro es su primer libro recientemente publicado, A Moscú sin Kaláshnikov (editado por Libros del K.O.). Un título extraño, quizás incomprensible para quien no esté familiarizado con el entorno ruso. Un libro curioso, de género inclasificable, con una prosa rica, chispeante y llena de divertidos juegos de palabras.

Un libro que habla de Rusia desde una perspectiva distinta, en las antípodas de los lacerantes relatos de casi todos los extranjeros que se han atrevido a intentar descifrar el enigma de este país. A Moscú sin Kaláshnikov ofrece una mirada limpia, hasta cierto punto inocente y muy española, que nos acerca al latido de una pulsante realidad rusa sin el lastre de los prejuicios y los tópicos. Una serie de escenas que comienzan en España, durante la niñez de autor, y acaba durante el apogeo de la era Putin.

Ante nuestros ojos se abre una Rusia de héroes y de monstruos, de costumbres estridentes y rompedoras, de sucesos estremecedores, de candor, de amor y también de odio. Todo envuelto en el papel de las apasionantes aventuras periodísticas de Daniel Utrilla en esta dimensión.

—Y sin embargo, todo el libro está trufado de críticas al periodismo, parece un ejercicio de acoso y derribo de la profesión, a la que abandona con hastío ¿No le parece que sin ella no existirían ni el Daniel Utrilla escritor ni su libro?

—Quiero aclarar que al periodismo se lo debo todo. Los cinco primeros años de mi carrera como corresponsal en Moscú probablemente hayan sido los más felices de mi vida. Sin embargo, como dijo Hemingway, el periodismo es una profesión muy útil siempre y cuando se deje a tiempo. En esta nueva era digital se ha perdido la pausa y, sin ese momento para la reflexión, la forma clásica de ejercer la profesión se muere. Hoy los medios viven a ritmo de vértigo y creo que eso es incompatible con una divulgación de calidad. Esa situación fue la que me quemó como profesional. Por otro lado, el periodismo es una profesión muy peculiar que te vampiriza, que interrumpe constantemente cualquier intento de llevar una vida normal. Efectivamente, en ella me he hecho escritor, pero si hubiese continuado dentro de ese mundo nunca hubiese escrito este libro. Ni siquiera lo hubiera intentado.

—De género extraño, inclasificable, su libro parece un entremés, una ensaladilla de escenas, sucesos, reflexiones sin un hilo argumental claro ¿cuál en su opinión es el nexo que le da sentido a todo lo usted nos relata?

—A parte del tono irónico-festivo, lo que da unidad al relato es la búsqueda de las raíces sentimentales de mi obsesión por este país, que beben de una pulsión estética que entronca directamente con las películas de espías de mi niñez, filmes de Hollywood que nos presentaban a una Rusia tan pérfida que resultaba incluso atractiva bajo su impenetrable coraza maligna, un poco como Darth Vader, o como los malos educados y elegantes de las películas Hitchcock. A ello se unió después la lectura de los clásicos rusos, que me cautivaron y dibujaron los contornos míticos y pintorescos de aquella tierra gélida y misteriosa habitada por personajes resquebrajados por el escalofrío de las preguntas esenciales: ¿Quiénes somos? ¿Para qué vivimos? ¿Por qué nací? Para el extranjero romper el hielo cultural en Rusia es toda una odisea, pero estar enamorado a priori de este país y de su cultura facilita las cosas. Si no, el choque con la realidad puede resultar demasiado descorazonador. Por otra parte, también he querido que mi libro sea una suerte de iconostasio pop de Rusia, una especie de enciclopedia popular que reúna toda los retales estéticos, desde el sputnik a Rasputín, pasando por el caviar o los T-34. De ahí la sensación de desorden.

—El libro está lleno de personajes fuera de lo común. Muchos de ellos son de relevancia mundial que aparecen, juegan su papel en la historia y desaparecen ¿Qué función tiene en Rusia la figura del héroe y cómo se le trata hoy en día?

—Creo que vivimos en un mundo deficitario de héroes, y no solo me refiero a Rusia. Gagarin, Suvorov, Kutúzov fueron héroes de carne y hueso, pero hoy ya casi nos parecen irreales, casi como si fueran arquetipos mitológicos o literarios. En este sentido el héroe ruso, el héroe de la literatura clásica rusa, ha sido siempre un héroe con una honda dimensión introspectiva. Son héroes de acción pero con una acusada tendencia a meditar y a buscar respuestas a los temas universales. Y eso es precisamente lo que los hace tan atractivos. Luego están los héroes oscuros o antihéroes, esos protagonistas que se mueven en los límites de la moral y de la ética, como Raskólnikov o los personajes que retrata Gógol enAlmas Muertas y que son un retrato de las bajezas humanas, mucho más extendidas que las virtudes que caracterizan a los héroes.

La gente necesita héroes y en Europa Occidental los políticos ya no solo han dejado de serlo, sino que casi empiezan a ser percibidos como enemigos por la ciudadanía. En este sentido, desde un punto de vista puramente estético, Putin me parece un líder menos gris que los mandamases europeos. Basta con recordar algunas apariciones suyas como aquella vez que guió a las cigüeñas en avioneta, nadó entre delfines o le dio la mano a una morsa.

En el caso de Rusia también existe un fenómeno curioso, que es el de los héroes-patrióticos que Occidente percibe como villanos, como el exagente del KGB Andréi Lugovói, acusado por Londres del asesinato con polonio de Litvinenko o la exespía Anna Chapman, si bien en este caso la prensa de Occidente la apadrinó como ‘la espía que todos amamos’.

—¿Gorbachov o Yeltsin fueron héroes o villanos?

—Entre rusos se los percibe mayormente como villanos por una sencilla razón: fueron los artífices de la demolición de un pasado que muchos siguen hoy percibiendo con nostalgia.

Yeltsin, metido en su papel de anticomunista irredento, pasó por encima de aquel pasado, pisoteándolo con saña y llevándose por delante no solo la economía planificada o el unipartidismo, sino los vínculos y el cableado sentimental de varias generaciones, lo que causó heridas profundas en un país donde los rusos de más de cuarenta años siguen emocionalmente vinculados con la Unión Soviética. He leído hace poco que, según una encuesta del centro Levada el 57 % de los rusos añora la URSS. En este sentido, hay que decir que Putin ha sabido tender puentes con esa nostalgia, recuperando la música del himno soviético o adormeciendo el debate sobre el entierro de Lenin, por ejemplo. Y esa es una de las claves de su popularidad: su mano izquierda con el ventrículo izquierdo del corazón político de los rusos.

—En cuanto a los seres de mediados ¿no le parece que en muchas ocasiones las personas que se encuentran a medio camino de ambas culturas son los que más a gusto se encuentran con las dos, situándose un poco al margen de los clichés de azotan a la población local?

—Claro, porque la persona inmersa en otra cultura se comporta un poco como esos niños a los que todo les llama la atención. Los extranjeros que vivimos en Rusia nunca acabamos de entender la realidad que nos circunda (de hecho yo creo que cuanto más tiempo paso aquí la entiendo cada vez menos) y eso la hace más interesante. En Rusia el choque cultural es una constante fuente de humor, de un humor por fricción antropológica que es la materia prima de mi relato.

—¿Realmente le ha sentado bien Putin a Rusia? ¿A pesar de Jodorkovski, las Pussy Riot, todo lo ocurrido en Chechenia, Osetia, la corrupción?

—Para responder a esta pregunta con honestidad y objetividad histórica habría que esperar a ver quién viene después de Putin y hacer un análisis comparativo. Pero como eso no podemos hacerlo aún, solo nos queda compararlo con la etapa anterior, la de Yelstin, entre 1991 y 1999. La corrupción es un mal que eclosionó en aquella época, aunque ya se fraguó en los estertores del régimen comunista o incluso antes. Digamos que Putin se encontró ya la corrupción casi como un engranaje del sistema perfectamente institucionalizado y cuya máxima expresión era la poderosa casta de los oligarcas, a los que no tardó en meter en cintura. En cuanto a Osetia, creo que el responsable de lo sucedido fue el presidente georgiano, como demostró una comisión independiente de la UE: la guerra la empezó él, el ataque a Tsjinvali lo desencadenó él y la contraofensiva Rusia fue una respuesta para proteger a la población rusa. Jodorkovski y Pussy Riot fueron convertidos por la opinión pública occidental en mártires de la democracia cuando ni el ex oligarca ni las componentes del grupo punk creo que merezcan ese trato. Están a años luz de la trascendencia y de la dimensión humana de un Mandela, por ejemplo. Así que si ponemos en la balanza el “putinismo” y el “yeltsinismo” con todo su legado de pesadilla (terapia de choque, cañoneo del parlamento, guerra en Chechenia, oligarcas, desgobierno, bancarrota) la Rusia actual es ciertamente un mejor país para vivir que la de hace veinte años. Eso no quiere decir que no haya defectos crónicos que haya que resolver, como por ejemplo una distribución más equitativa de la riqueza.

—¿Qué hay más allá de la Rusia de los tópicos que describe en su libro y que al lector occidental le podría interesar descubrir?

—No he pretendido sentar cátedra con este libro, ni crear un manual objetivo sobre la Rusia actual. Si bien mi libro está lleno de encuentros y de entrevistas con personajes reales, muchos de ellos relevantes (ministros, cosmonautas, bailarinas), la visión que reflejo de este país es en gran parte subjetiva y sentimental, y se alimenta de obsesiones estéticas que, en muchos casos, no tienen un reflejo en la realidad cotidiana, pero si en mi Rusia interior, esa Rusia pintoresca que nos retrataron los clásicos de la literatura. Rusia tiene esta doble naturaleza mítico-real porque llegó primero a Occidente encuadernada en forma de novela.

Los tópicos que mencionas aparecen en mi libro porque creo que muchos de ellos sí que forman parte de la realidad (el vodka, el frío, la belleza arrebatadora de la mujer). Y en este sentido me he guiado por aquel principio estético que defendía Hitchcock, según el cual si una película está ambientada en Holanda tienen que salir molinos, y si lo está en Suiza han de salir relojes de cuco. En este sentido Rusia es, probablemente, uno de los países más pintorescos, y más fácil de imaginar incluso para quien no ha estado nunca aquí (trenes, nieve, gorros de piel, revolución, zares, cúpulas de cebolla, la ‘bannia’). Es decir, que no solo no he renunciado al tópico, sino que lo he buscado. Con este libro he intentado acercar Rusia a los españoles, a quien no la conoce, que es la mayoría, y con este objetivo en mente he recurrido ex profeso al tópico, a ese tópico real que viene a ser una especie de cebo para el lector, que siente la satisfacción de moverse por un paraje que no le es totalmente desconocido. Ese mismo papel cumplen precisamente los molinos y los relojes de cuco de Hitchcock.

Mi atracción por Rusia es eminentemente estética y el tópico, en el sentido hitchcockiano de la palabra, forma parte de esa imagen de Rusia que todos llevamos dentro. ¿Que también hay otras Rusias? Sin duda, pero estéticamente me interesan menos, quizá porque se parecen cada vez más al mundo del que vengo, al resto del mundo globalizado.

¿No le gustaría algún día poder dar un salto al otro lado del espejo, convertirse en un ruso más para poder escribir sobre Rusia en primera persona?

—Me siento muy español y no me gustaría rusificarme. A Rusia se la puede conocer de muchas formas, viajando, visitando las casas, hablando con la gente. Pero no quiero pasar al otro lado del espejo. Es más, si me rusifico del todo, entonces habrá llegado el momento de volver España, porque eso significará que este país ya habrá dejado de sorprenderme.

jl/as

Nota: Las opiniones expresadas por el autor no necesariamente coinciden con los puntos de vista de la redacción de La Voz de Rusia.

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