21 octubre 2013, 14:44

Más de treinta pinturas de Iósif Ostrovski, uno de los más célebres representantes de la escuela de Odesa, se exponen por estos días en la Casa Central del Pintor de Moscú.

A lo largo de muchos años, sus obras eran conocidas en Europa y América mejor que en su propia patria. Se exhibían en Nueva York, Londres, Zúrich, Amberes, Tokio y Tel Aviv, pero no en Ucrania y Rusia donde empiezan a ganar la merecida notoriedad apenas en los últimos años.

Iósif Ostrovski nació cerca de Odesa, en 1935. Comenzó a dibujar a muy temprana edad y a los quince años ingresó en el departamento de pintura de la Escuela de Artes local. Los profesores destacaban su marcada individualidad, aunque comenzó haciendo cuadros bien tradicionales del realismo socialista: retratos de obreros, policías y niños y paisajes rurales y urbanos. Paralelamente, estuvo buscando su propio estilo y medios de expresión originales.

A finales de los años sesenta, dio un cambio fundamental en su trayectoria artística. Comenzó a trabajar casi exclusivamente sobre el tema judío. El mundo de artesanos, músicos y filósofos callejeros que lo rodeaba en la infancia lo inspiró para hacer su magnífico Ciclo judío, de cientos de cuatros, parte de los cuales se exponen actualmente en la Casa Central del Pintor de Moscú.

La coordinadora de la muestra, Liubov Agafónova, dijo a La Voz de Rusia que la obra de Ostrovski tiene sus orígenes en el modernismo de Alexánder Gaush y el insigne Teófil Fraermán que tuvo la suerte de exponer sus pinturas junto con Henri Matisse, y en cierto sentido, ha sido también influenciada por el Renacimiento nórdico, tan adorado en la calurosa tierra de Odesa. La manera de sus primeras obras se asocia, asimismo, con la pintura holandesa del siglo XVI.

El Ciclo judío presenta al público toda una galería de singulares imágenes: artífices, músicos, sabios, todos pintados con mucho cariño e ironía. Cada cuadro es un mundo pequeño poblado de seres ideales. El personaje central parece aflorar en medio de un espacio generalizado sin rasgos de cotidianidad. Es un espacio movedizo capaz de transmitir los matices más finos de la emoción. El lenguaje que usa el artista para hablar con el público es convencional y simbólico, pero fácil de entender a nivel intuitivo.

Iósif Ostrovski decía: “A veces me pregunto si no me estoy privando de parte de mi eventual auditorio trabajando casi exclusivamente con el folclore judío, creando sobre su base mi propia mitología, pero he llegado a la conclusión de que hay temas eternos que todo el mundo entiende y que emocionan a todos. El lenguaje de la pintura es tan internacional como el del sentimiento. Por eso, cuanto más profundiza uno en el alma y el pensamiento de su propio pueblo, tanto más afín es su obra a todos los pueblos del mundo”.

En la unión Soviética, Iósif Ostrovski no fue un artista distinguido ni tampoco perseguido u oprimido. Participó en importantes muestras y en 1978 dio una exposición personal en Odesa que fue todo un éxito.

A finales de la década de los ochenta, el artista cayó gravemente enfermo y tuvo que pasar los últimos años de su vida en Israel, bajo control de médicos israelíes. El arte lo mantenía vivo en los momentos más duros su existencia. Hasta su último suspiro no dejó el pincel procurando regalar al mundo el mayor número de cuadros llenos de luz y fantasía.

nv/as/sm

Nota: Las opiniones expresadas por el autor no necesariamente coinciden con los puntos de vista de la redacción de La Voz de Rusia.

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