El silencio pragmático de Israel en la crisis siria

Todo lo que ocurre en Siria concierne a Israel. De momento la dirección política y el mando castrense de Israel dan muestras de moderación ante la crisis siria.

En paralelo, los medios iraníes afirman que los israelitas proveen armas a la oposición siria y adiestran a sus combatientes en la frontera con Turquía.

En Damasco y muchas ciudades sirias se protagonizan choques entre la oposición armada y las tropas gubernamentales. Entretanto, en París se está preparando una nueva conferencia de los “Amigos de Siria”, en la que Rusia se negó a participar. Paralelamente aumenta el número de refugiados sobre todo a Jordania. Sobre este telón de fondo se alzan cada vez más las voces que instan a la retirada del presidente Bashar Asad y de su entorno. El propio Asad tampoco excluye tal posibilidad.

Esto es lo que intentan los vecinos ambiciosos de Siria, que anhelan el liderazgo regional, los líderes de las potencias y organizaciones mundiales, preocupadas por la observancia de los derechos humanos. Pero el silencio que guarda Israel con respecto al problema sirio se vuelve cada vez más significativo, aunque no es difícil descifrarlo.

El problema central de los países occidentales, que respaldan a la oposición siria como antes lo hicieron con la libia y egipcia, consiste en la desconexión entre la teoría sobre la construcción de una “sociedad democrática” y la realidad norafricana y mesoriental. Hay que comprender que en todos los casos los países occidentales persiguen objetivos pragmáticos.

En el caso de Siria es menester diferenciar los objetivos de los principales actores. Turquía se afana en elevar el papel que desempeña como potencial líder regional. Los países del golfo Pérsico exportan el radicalismo islámico, para no tenérselas que ver con él en territorio propio. Occidente aparenta luchar con el radicalismo islámico, pero apoya a los países que lo exportan, como aliados potenciales en caso de una guerra con Irán.

La opción de la estrategia para EEUU en Siria se ve aliviada por las estrechas relaciones entre Damasco y Teherán, pero, al fin de cuenta, el propio Washington se cava un pozo estratégico: no es difícil sumir a la región en el caos del descontrolado radicalismo islámico bajo la máscara de la “democracia árabe”, pero ¿quién lo hará volver al estado de estabilidad?

Israel no tiene razón alguna para albergar sentimientos amistosos hacia el presidente Bashar Asad. Más de una vez el Estado judío sostuvo conflictos armados con los sirios. Al propio tiempo, el gobierno israelí no hace nada que pudiera ser interpretado como apoyo a los enemigos del actual dirigente sirio. Israel no evidencia la menor actividad militar en la frontera, sus representantes no hacen piden la retirada de Asad, no exigen cambios democráticos en Siria y no intentan un “cese inmediato de la violencia” contra la oposición. Es fácil comprender esta postura, basta ver la situación en Siria con los ojos de Israel.

Efectivamente, Asad es un enemigo, pero cuánto mejor es tener como enemigo a un régimen laico, distanciado de la ideología del “islam puro”. El triunfo de los islamistas en las condiciones de la Siria multiconfecional implicará una anarquía tipo somalí o la aparición en el mapamundi de un nuevo Estado teocrático islámico fronterizo con Israel. En las condiciones en que en el nuevo Egipto se hacen declaraciones sobre la necesidad de revisar los acuerdos de Camp David, en Israel nadie se propone crear con sus propias manos un enemigo más en el noreste.

Pero Israel tampoco puede respaldar a Asad. Cualquier declaración pública a favor del líder sirio puede ser considerada como una condena para Bashar Asad. Sus enemigos sueñan con tal motivo informativo. ¿Qué cosa mejor puede haber que luchar contra el “mercenario y el cómplice” de Israel?

Por eso Israel prefiere hoy guardar silencio. Y en medio de ese silencio “preparar la retaguardia”. Si el régimen de Asad llega a caer, el proceder más lógico de Israel será crear una zona de contención con población mixta alauí, cristiana y drusa, que con el apoyo de Israel puede “mantener la defensa” ante la república islámica de nuevo cuño. Israel ya tuvo que resolver tal situación en el sur del Líbano.