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    El confinamiento disparó el uso del móvil y la conexión a redes sociales, lo que implicó síntomas como falta de atención, peor sueño y afecciones graves como depresión. La adicción digital es un grave problema de salud social y las familias están indefensas ante la gran industria del entretenimiento.

    Lo que era una percepción ahora lo confirma la ciencia. El confinamiento disparó el uso del móvil y nuestra conexión a redes sociales, a dispositivos digitales, a las pantallas y eso perjudica nuestra salud.

    Confinados y empantallados, los cambios han sido drásticos en nuestras vidas.

    Un reciente estudio de la Universidad de Sevilla (US) viene a confirmar que, debido al uso excesivo y a la conexión a la pantalla, hemos empeorado nuestra condición física, y hemos dormido y razonado peor. El trabajo de la US centra su estudio en estudiantes universitarios, relacionando diversos aspectos como los hábitos sendentarios, el uso del móvil y el propio estado anímico de los estudiantes.

    Los resultados son aplastantes, los estudiantes pasaron de usar el móvil unas 6 horas al día a unas 8 horas diarias durante el confinamiento. Para empezar, el uso del móvil se confirma como enemigo de la actividad.

    "Aquellos estudiantes con menores niveles de actividad física usaban casi tres veces más su teléfono móvil que el resto. Por su parte, aquellos que reportaban tener una peor calidad del sueño también usaban más estos dispositivos", concluye el análisis de la US.

    El otro aspecto que destaca en el estudio es que "un excesivo uso de dispositivos de pantalla (3–4 horas al día) se asocia con un incremento del riesgo de mortalidad", recalca el profesor de la US Borja Sañudo. Obviamente, los efectos en la salud en estudiantes universitarios no son inmediatos, pero sí se han evidenciado en las horas de sueño y sobre todo, en irritabilidad, estados de ánimo cambiantes y lo más preocupante, tendentes a la depresión.

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    Tras estas cifras, hay verdaderos dramas. "Me di cuenta de que tenía un problema porque directamente ya caminaba encorvado todo el rato mirando a la pantalla, los dolores de cabeza eran continuos y siempre tenía sensación de que algo más necesitaba", cuenta Javi (24 años) a Sputnik. Su definición podría cuadrar con cualquier síndrome de abstinencia, pero su mono es de móvil.

    Javi lleva ahora lleva casi un año sin smartphone. "Decidí pedir ayuda, cada vez me alejaba más de todo el mundo, cada vez tenía menos conversaciones y me sentía solo, inseguro". El uso que Javi hacía de su pantalla no era diferente al que cualquiera hace, redes sociales, entretenimiento, "de todo, lo que menos hacía era hablar por teléfono". La diferencia era la intensidad con la que usaba su smartphone. Javi dejó sus estudios de Magisterio y admite que en su posterior trabajo como repartidor "hacía por escaquearme para echar un ojo al móvil".

    La conversación de este periodista con Javi se ve interrumpida reiteradamente por rupturas y olvidos en el discurso. "¿Qué te iba a decir?", se pregunta Javi varias veces en nuestra breve entrevista. Para Antonio Molina, encargado de la terapia que Javi viene siguiendo para desintoxicarse de las pantallas, este es un claro síntoma que deja la adicción a redes y móviles:

    "La falta de atención, de habilidad comunicativa, porque la interacción verbal es lo que más se resiente con la adicción".

    La experiencia del equipo de Molina es que las adicciones agudas se hacen sentir en jóvenes de clase media alta, "a más poder adquisitivo, mejores móviles, más megas y vías de enganche". 

    Buscando el yo en el algoritmo

    La trampa en la que caen todos estos jóvenes es la de las redes sociales. En la interacción social de pantallas, en la que todo es medible con likes, comentarios, seguidores, ratings, somos lo que somos en función a estas respuestas.

    "Esto implica un riesgo, que no haya relación entre mi yo verdadero y físico y mi yo de las redes sociales", reflexiona Antonio Molina, "se tiende a mostrar solo una cara [habitualmente la alegre, la bella] y negamos la duda o la tristeza. El peligro es que hay una incoherencia entre lo que vivimos en las redes y lo que sentimos en la vida real, y esto acarrea frustración, y en ocasiones, puede derivar en una patología que puede ser grave", explica Molina.

    Su experiencia le muestra a jóvenes devastados por el vacío de unas vidas que solo son capaces de maquillar a través de la vivencia de sus diferentes perfiles. No son otra cosa que sus propios avatares. Y ese es el preámbulo a frustraciones y depresión.

    Cerebros atrapados

    Las afecciones de esta adicción son diversas y novedosas. El vamping (dormir poco y mal), fomo (miedo a la exclusión digital y a perderse lo que está pasando en las redes), phubbing (ignorar a personas de nuestro entorno para sumergirnos en el móvil) o nomofobia (miedo a estar sin móvil y desconectados).

    De hecho, son muchos los estudios los que alertan de las conexiones cerebrales que implica la adicción a las pantallas. Las reacciones en el cerebro son similares a las que generan los opiáceos y son, por lo tanto, tendentes a la soledad, el aislamiento y la depresión.

    Otro aspecto es que nuestro cerebro está en un continuo estímulo respuesta. Nuestras actividades están habitualmente compartimentadas por la interacción con el móvil. Esperamos al semáforo, miramos al chat de Whatsapp, hacemos cola para el banco, miramos Instagram, nos aburre la conversación, echamos una partida rápida. Nuestra mente no tiene tiempo para relajarse, analizar y regenerarse; "Pero es que, más allá del aspecto neuronal, hay ya un gran problema social y emocional", advierte Marc Masip, director del Instituto psicológico Desconect@.

    Leyes y herramientas educativas

    Marc Masip es pionero en la lucha contra esta plaga silenciosa que tiene repercusiones graves en los más jóvenes y en la educación básica, "no podemos perder de vista síntomas tan graves como el ciberbulling o el phubbing, por ejemplo". Sus conferencias por todo el país alertan de que los jóvenes están en una posición muy peligrosa.

    "España es el país europeo con más adicción a la red en jóvenes. Esto viene por la falta de leyes y educación para hacer frente al problema".

    Masip trata con jóvenes inhabilitados socialmente, sin herramientas emocionales para afrontar la interacción cotidiana, "están contrapesados por nerviosismo e irascibilidad, y eso en ellos provoca que se aíslen, hace que tengan poca capacidad para relacionarse, así que al final, eso baja su autoestima".

    Las consignas que socialmente debemos tener claras son, sin embargo, ampliamente incumplidas. Los expertos alertan: un niño o adolescente no deberían tener acceso y ni siquiera un smartphone propio hasta que hayan madurado, pero la realidad dista mucho de esa recomendación. Un estudio calculaba que a los 9 años de media, los niños ya piden un móvil y el INE confirma, el 66,0% de la población de 10 a 15 años dispone de teléfono móvil. Así que tenemos a todos los expertos diciendo que nada de móviles antes de los 14 ó 15, y a unos padres que desde los 10 ya ceden —sino mucho antes— y entretienen a sus hijos poniendo una pantalla a su libre elección. Lo lógico es culpabilizar a los padres, ¿pero es eso justo?

    La familia contra el mercado de la atención

    Que la familia es la responsable de contrapesar la industria de captar la atención es un hecho. Los padres deberían dosificar el acceso de sus hijos al universo digital que incluye desde Wikipedia, información y fuentes ilimitadas, pero también todo tipo de sexo y violencia o fake news. Pero, ¿pueden los padres, que coinciden en casa con sus hijos tras el trabajo cuando no hay clase, extraescolares, o tareas rutinarias, hacer frente al mercado de la atención?

    ​Algunas de las mentes más privilegiadas se dedican a diseñar productos y entretenimiento cuya única finalidad es mantenernos conectados, y los propios adultos y padres son víctimas de ello, ¿pueden los adultos restringir a sus hijos cuando ni siquiera predican con el ejemplo? Parece demasiada carga para las familias, "por eso exigimos leyes que regulen. No podemos entregar un móvil antes de los 12 años, a esa edad no puede gestionar estos dispositivos, neuronalmente es imposible", comenta Masip.

    ¿¡Qué mi hija ha hecho un TikTok, si no sabe cocinar!?

    La adicción al móvil tiene también un componente intergeneracional. Cuando los padres aprendieron a usar Facebook y se habían hecho amigos de sus hijos, los hijos ya se intercambiaban archivos en otra red, de Instagram pasaron a TikTok y los padres, siempre llegan tarde, porque viven en otra época.

    "Es como el doping y el antidoping, los chicos siempre van por delante unos tres años porque las empresas generan productos diseñados para ellos y no para los padres, esto dificulta mucho la regulación, por eso es necesaria la legislación", recalca Masip.

    ¿Cómo controlar algo que desconocemos? Al fin y al cabo, se trata de no dejar a los padres solos ante el peligro y ante la industria de la atención.

    Volviendo a Javi, que lucha para dejar atrás la adicción al móvil rodeado de móviles por todos lados, nos confiesa cómo es vivir sin móvil: "Ahora que no tengo móvil me siento aislado en cierto sentido, echo de menos los memes y sé que me pierdo muchas risas, pero no lo veo importante. Pero ahora, por ejemplo, sí me veo capaz de acercarme a una chica guapa y hablarle, no todo va a ser esconderse detrás de likes", bromea.

    Etiquetas:
    TikTok, smartphones, móvil, redes sociales, adicción
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