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    El Holocausto, sin duda, entró en los anales de la historia como uno de los crímenes más crueles contra la humanidad. Algunas de las atrocidades cometidas por los nazis ponen los pelos de punta y no generan dudas, mientras que otras parecen ser tan surrealistas que empujan a algunos a polemizar acerca de su naturaleza.

    Hasta el punto de que al final la historia del jabón llegó al ámbito literario y cinematográfico. El encuentro con uno de los supervivientes del Holocausto que tuvo lugar en 2002 en Manhattan fue el que inspiró al dramaturgo estadounidense Jeff Cohen a escribir El Mito de Jabón (The Soap Myth).

    Este superviviente se llamaba Morris Spitzer, y acudió a Cohen para entregarle un sobre que contenía un artículo publicado en 2000 en Moment Magazine. Aquella obra periodística narraba sus infructuosos intentos de convencer a los históricos judíos e investigadores acerca de que los nazis utilizaban los cuerpos de los judíos para producir barras de jabón y de que estos restos deberían haber sido expuestos en los museos sobre el Holocausto.

    La obra de Cohen se enfoca en la amistad entre Milton Saltzman (personaje basado en Spitzer) y una joven periodista. Esta reportera se debate entre la simpatía que siente por Saltzman y la opinión de muchos académicos acerca de que —a pesar de la existencia de extensos testimonios y evidencias— han dejado de creer que los nazis se dedicaban a producir jabón a partir de la grasa humana.

    Varias décadas después del Holocausto los académicos acabaron aceptando la idea del jabón como un hecho. Los supervivientes de los campos de concentración contaban historias de cómo los comandantes de la Alemania nazi les daban jabón para lavarse a la vez que les aseguraban que dicho jabón estaba hecho de ellos mismos. Testimonios parecidos salieron a la palestra durante los procesos de Núremberg. Además, existen centenares de fotografías y ceremonias documentadas en las que se ve cómo los judíos enterraban el jabón después de la guerra, de acuerdo con una legislación judía que se lo exigía.

    No obstante, la mayoría de los historiadores no cree que los nazis se dedicasen a fabricar jabón, y consideran esa historia parte los mitos de la Segunda Guerra Mundial.

    Spitzer asegura que en su poder obró una fotografía en la que se podía observar una procesión funeral de 1946 en la localidad romana de Sighet. En la instantánea, hombres trajeados y con sombreros negros cargaban un ataúd. Spitzer, que había estado allí, afirmó que el ataúd estaba lleno de las barras de jabón hechas de la grasa de los judíos asesinados.

    En abril de 2019 se estrenó una película basada en El mito de jabón que arrasó fuera de Broadway. Aparte de cuestionarse si produjeron los nazis el jabón de los cuerpos de los judíos o no, los autores de esta obra cinematográfica se plantean también preguntas sobre la memoria y las distintas interpretaciones de la verdad.

    En una escena, la investigadora del Holocausto Esther Feinman, interpretada por la actriz Tovah Feldshuh, pierde su paciencia y gruña a Saltzman, interpretado por Ed Asner.

    "He dedicado mi vida a honrarte a ti y a todos los afectados por el Holocausto. Pero también tengo un trabajo que hacer. La cuestión del jabón ya no reúne nuestros estándares de criterios probatorios", grita.

    A lo que Saltzman responde balbuceando: "¿Estándares de criterios probatorios? ¿Qué demonios significa eso? ¡Hay testimonios oculares! ¡Hay una fotografía! ¡Yo estuve ahí! ¿Estabas allí tú? ¡No, tú no estabas! ¡Soy testigo!".

    Etiquetas:
    campo de concentración, Segunda Guerra Mundial, Alemania nazi, Holocausto
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