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    El informe del relator de la ONU sobre la pobreza, de conclusiones demoledoras en el caso de España, es el reverso de una moneda que contrasta con su cara, donde la construcción de barracones en Madrid para alojar temporalmente a refugiados es un parche que apenas puede tapar el colapso del sistema de asilo.

    La construcción por la vía rápida en el sur de Madrid de más de una veintena de barracones para alojar a familias de refugiados solicitantes de asilo que de otra forma tendrían que dormir en la calle mientras se resuelven sus expedientes, es una medida envuelta en la polémica

    ​Por una parte, es una solución temporal digna para los más necesitados. Por otra, la iniciativa es fruto de una arbitrariedad marcada por la urgencia. Según datos del Ministerio del Interior, la región de Madrid recibió en 2019 hasta 55.118 solicitudes de asilo, de un total de 108.773 cursadas sólo en territorio nacional (el resto, hasta 118.264, a través de puestos fronterizos, centros de internamiento y embajadas).

    Barracones construidos a toda prisa

    De resultas, el Ayuntamiento de Madrid delegó la gestión en una empresa privada (Asinsa) y sin concurso público. El emplazamiento escogido es el polígono industrial de Vallecas, muy alejado del centro urbano (donde se tramitan sus solicitudes de asilo) y en una zona ya de por sí sobrecargada de tareas asistenciales. 

    La consecuencia es que familias con niños habitan una parcela prácticamente en medio de la nada, lo cual, según algunas ONGs, supone un "riesgo de estigmatización".

    El alojo de estas personas se está realizando por fases. Las primeras familias, provenientes en su mayor parte de Latinoamérica, han iniciado su estancia en febrero y está previsto que los barracones alcancen su máxima capacidad (296 personas) durante el mes de marzo. El plazo previsto de estancia no deberá superar los 30 días, tras lo cual deberán ser derivadas a otras viviendas. Los habitáculos constan de tres habitaciones, baño y cocina.

    El contraste con el informe del relator de la ONU

    Las iniciativas efectivas de ayuda a los refugiados, aun cuando no son fruto de la acción coordinada entre la Administración central y la municipal, parecen chocar con las poco halagüeñas conclusiones del australiano Philip Alston, relator de la ONU sobre la pobreza en diversos países. Porque de un lado se intenta ayudar de urgencia a un colectivo, y de otro se certifica el desamparo de otros.

    Alston constató recientemente en su informe que las autoridades españolas "están fallando" a los más vulnerables y "no se toman en serio" los derechos sociales.

    Su afirmación de que estos no son más que papel mojado dentro de la Constitución española, han supuesto un jarro de agua fría al discurso oficial de recuperación económica sostenido por los últimos Gobiernos españoles, no así para amplias capas de la sociedad, conscientes de las dificultades socioeconómicas por la que atraviesa el país. Alston, en su recorrido por seis comunidades autónomas españolas, declaró que:

    "La pobreza en España es generalizada en muchos casos".

    Un ángel protector

    Las afirmaciones del relator de la ONU no pillan por sorpresas a ONGs ni a todo aquel que lucha por paliar la angustiosa situación de tener que pernoctar a la intemperie, a menudo en pleno centro de Madrid ante las mismísimas puertas del SAMUR social (el Servicio Social de Atención Municipal para las Emergencias Sociales), organismo actualmente saturado.

    Tal es el caso de Javier Baeza, sacerdote de la parroquia San Carlos Borromeo, en el barrio madrileño de Entrevías. Lleva años ayudando a personas necesitadas, aunque en los últimos meses su acción se ha multiplicado a raíz del atasco en los servicios sociales municipales. Tanto su parroquia como su propio domicilio han llegado a estar atestados de personas para los que no cabía ningún otro recurso.

    Uno de los últimos 'curas rojos' de la capital, a menudo marginado por la propia jerarquía católica, el padre Baeza tiene claro cómo se ha llegado a esta situación. "El sistema está colapsado", afirma. "De hecho, las 300 plazas previstas en los barracones es algo un poco engañoso, pues no se han sumado a las que había ya. En realidad, el programa asistencial se ha reducido". Y ofrece un dato revelador:

    "En Madrid la pasada noche durmieron 26 personas en la calle, adultos. En los barracones sólo están las familias con niños, que son los casos de mayor gravedad".

    Al padre Baeza no le sorprende nada el resultado del informe de Philip Alston. "Es más, nos alegramos de que lo haya dicho él, porque tiene mucha autoridad, se le va a escuchar más que a nosotros. Su relato sobre los niños en Sevilla o las condiciones de la mujeres trabajadoras en Huelva no nos han sorprendido".  

    El sacerdote confirma que en la actualidad no hay nadie pernoctando en la parroquia de San Carlos Borromeo, "aunque sí en casas de la gente que colabora con la parroquia", apunta.

    "En realidad, nos hemos convertido en un centro de día; tenemos aquí a 18 chavales haciendo actividades, porque en sus centros de acogida les sueltan a las 8:30 de la mañana y no regresan hasta por la noche. ¿Adónde pueden ir, sin dinero, y sólo con billete de metro y autobús de 10 viajes para toda la semana?"
    Desorden entre administraciones

    No está prevista la escolarización de los niños alojados en los barracones. "No hay ninguna coordinación. Parece que el Ayuntamiento de Madrid ha construido los barracones deprisa y corriendo para tocar las narices al Gobierno central, que es quien en realidad tiene las competencias para esto. Y encima en Vallecas, el distrito con menor renta per cápita de toda la región", explica el padre Baeza.

    Los medios españoles suelen destacar que las familias solicitantes de asilo proceden en su mayor parte de Venezuela, pero el padre Baeza matiza este dato. "Mi impresión es que también vienen mucho de Colombia, Honduras y Georgia. Lo de Georgia nos llama la atención, no sabemos qué pasa allí, a diferencia de los otros países, donde huyen de la violencia, las maras, etc."

    En cualquier caso, este cura resalta la vulnerabilidad de todos ellos: "La gente no sale por gusto de su país, huye. No vienen aquí por un efecto llamada, sino por un efecto huida", concluye.

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