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    Las dos patrias de Francisco Mansilla

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    El primer barco con los niños, que huían de la Guerra Civil Española, desembarcó en la Unión Soviética hace 75 años. En total, la URSS acogió a más de 3.000 menores españoles. Hoy quedan menos de 200 "niños". Uno de ellos, Francisco Mansilla, de 86 años, lleva diez años al frente del Centro Español de Moscú, uno de los principales referentes de la comunidad española en el territorio postsoviético.

    El primer barco con los niños, que huían de la Guerra Civil Española, desembarcó en la Unión Soviética hace 75 años. En total, la URSS acogió a más de 3.000 menores españoles. Hoy quedan menos de 200 "niños". Uno de ellos, Francisco Mansilla, de 86 años, lleva diez años al frente del Centro Español de Moscú, uno de los principales referentes de la comunidad española en el territorio postsoviético.

    Primeros años en la URSS

    “Llegué en el 1937. En la primera expedición. Llegamos a Yalta, Artek. Allí nos curaron, nos educaron, nos limpiaron, nos lavaron”, recuerda Mansilla.

    Después de Artek, famoso campamento a orillas del Mar Negro, donde solían descansar niños y adolescentes de la vasta geografía soviética, fue trasladado a Moscú. A una casa de acogida en el centro de la capital, que hoy día ocupa el Consulado de Vietnam.

    “Estuve allí hasta la guerra. Cuando empezó, nos sacaron y fuimos a Saratov, y de Saratov, a Tbilisi”.

    En la capital georgiana Mansilla trabaja en la fábrica de aviones Dimitrov, donde construían aeronaves Yak para la Fuerza Aérea de la URSS.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, hecho ya un adolescente, regresa a Moscú.

    Lidia, el amor de su vida

    Una vez en Moscú, Mansilla comienza a salir con chicas rusas, pero solo sienta la cabeza después de conocer a la “maravillosa” Lidia, la que sería su esposa y madre de su hijo.

    “No tenía novias españolas, tenía rusas. Y los padres cuando se enteraban de lo nuestro, decían: skolko volka ne kormi, vse ravno v les smotrit (la cabra siempre tira al monte). Me decían eso, y me daba rabia. No me casaba”, relata.

    Todo cambia cuando en su vida aparece Lidia. Le roba el corazón.

    “Me casé con Lidia, ha fallecido hace 5 años, era muy buena, maravillosa. Tuvimos un hijo en el 1958, después de cinco años de casados”, recuerda.

    A diferencia de otras familias, los futuros suegros brindan al “niño de la guerra” una cálida acogida.

    “Antes de casarnos fuimos a ver a sus padres. Vivían en un piso, donde había mucha gente, una kommunalka. Tenían 20 metros cuadrados en un piso comunitario, donde vivían seis familias más”, rememora el presidente del Centro Español.

    Pese a problemas de espacio, la familia de cuatro miembros se mantiene muy unida. “Ellos me salvaron. Me trataron como a un hijo”, asegura.

    Reencuentro, 30 años después

    Mansilla conserva un dominio de español como si nunca hubiera salido de España.

    “Los españoles siempre hemos vivido en colectivos, pero hay muchos que se olvidan del español. Algunos, cuando hablas con ellos, conocen el español muy mal. Yo lo he conservado porque me ha gustado mucho leer en español siempre. Me ha interesado mucho España. Me he enterado del Centro Español. Ahora soy el presidente del Centro”, dice Mansilla y subraya que los empleados del local hacen un trabajo voluntario.

    Hasta los años 80 del siglo pasado mantenía relaciones con su familia española, pero ahora ya no tiene a nadie en España, porque todos sus parientes murieron, según reconoce.

    “En el 1956 dejaron salir a España a nosotros, los niños de guerra. Yo salí por primera vez en el 1961. Después, en el 1970 me encontré por primera vez con mis padres. Nos encontramos, nos abrazamos. Muy bien todo”, recuerda el momento al que tuvo que esperar más de 30 años.

    “No llores, mujer. Estamos construyendo el comunismo”

    Ahora no hay diferencia entre España y Rusia, según Mansilla. “Las tiendas rusas estaban vacías en los 70, ahora están llenas. Y a España llegabas, y llenas. Yo me acuerdo que llegué a España con mi mujer, en el 72, creo que fue, cuando entró en una tienda de comestibles y se puso a llorar. Porque estaba llena de jamones y queso. Y aquí (en Rusia) no había nada. Y yo le dije: no llores mujer, estamos construyendo el comunismo”.

    La pena es que se derrumbó el comunismo y no hay ni capitalismo, ni comunismo, lamenta el niño de la guerra.

    “Es que aquí los comunistas lo llevaron mal, malísimamente. Si lo hubieran llevado bien, hoy estaríamos en el socialismo, viviríamos muy bien”, opina.

    Dos patrias, Rusia y España

    “Ahora quedamos unos 120 niños de guerra. En Moscú. Fuera, otros 50-70, más o menos. Que viven muy lejos, Kurgán, Chitá, la parte asiática soviética. Pero la mayoría vivimos en Moscú y la región de Moscú”, explica.

    Cuenta Mansilla que los “niños de la guerra” se reúnen siempre que pueden. “Seguimos hablando, seguimos conversando, seguimos recordando. Viviendo del recuerdo. Es la vida nuestra”, dice.

    “Estoy en España, me acuerdo de Rusia, estoy en Rusia, me acuerdo de España. Tenemos dos patrias”, concluye el relato.

    Por Anush Janbabyan

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