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    Puede indignar o molestar a muchos, pero hay quienes, por un motivo u otro, se niegan a utilizar mascarillas. Sin embargo, el enojo y la condena no llevan a ninguna parte, por lo que es útil preguntarse, ¿puedo hacer algo para convencer a la persona de que la utilice? Y si es así, ¿cómo?

    La pandemia de COVID-19 trajo consigo tiempos de incertidumbre, ansiedad, y dificultades para quienes se encuentran en las regiones más afectadas. Cada persona reacciona a su manera, y algunas se encuentran reticentes a aceptar la realidad de la situación, así como otros consideran represivas las medidas de distanciamiento social o del uso del tapabocas como protección.

    Así ocurrió, por ejemplo en Argentina, donde rige la cuarentena obligatoria preventiva desde el 19 de marzo, cuando miles de ciudadanos se manifestaron en el espacio público, entre otras cosas, por discrepar con la medida y para exigir la reanudación de las actividades.

    En algunos casos, la tendencia a descreer de la gravedad de la pandemia viene propiamente de la clase política. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Brasil, Jair Bolsonaro, se negaron a usar mascarilla durante meses, cuestionando la gravedad de la enfermedad que ha provocado una recesión mundial. 

    Estados Unidos, particularmente, también protagonizó varias movilizaciones públicas en contra de las medidas de prevención, y una encuesta nacional constató que casi un tercio de su población no utiliza mascarilla o lo hace raramente. De hecho, su uso o no uso en la vía pública se tornó político partidario en el marco de las elecciones nacionales a realizarse en el país en noviembre. 

    ¿Cómo hablar con quien no quiere usar mascarilla?

    Múltiples estudios han demostrado la efectividad de las mascarillas. Los organismos internacionales lo saben, y por ello la OMS ha exhortado su uso, así como también todo especialista del tema.  

    Pero, entonces, ¿puede persuadirse a una persona para que la utilice? ¿Cómo lo hago? Colin Marshall, filósofo y docente de la Universidad de Washington ha instado a recordar al reconocido filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant para pensar al respecto.

    Él dice que, según Kant, la moral se trata en última instancia acerca del respeto y el amor, y cita al alemán cuando sostiene que respetar a alguien es "limitar nuestra autoestima por la dignidad de la humanidad en otra persona". En otras palabras, la libertad de una persona termina donde comienza la de otra persona.

    Esto, en cierta forma, es un acto de cierto tipo de amor. Amar a los demás, en el sentido moral, no se trata de tener un sentimiento, sino de "hacer míos los fines de los demás (siempre que estos no sean inmorales)", dice Kant. 

    Un intento de persuasión no es entonces socavar la dignidad del otro, en tanto la finalidad es, precisamente, cuidarlo. Existe también lo que Kant llama 'dignidad social', que implica una construcción previa de un estándar colectivo de lo que se entiende por dignidad.

    "La dignidad social de alguien puede verse dañada tanto si acepta como si no los estándares de su sociedad. Una forma en que esto puede suceder es si ella es miembro de diferentes grupos sociales con estándares en conflicto", escribe Marshall.

    En este caso, debido a la importancia de las mascarillas para proteger la salud pública, el uso de máscaras se ha convertido en un estándar social relacionado con la vergüenza. Dentro de los votantes republicanos, dice la encuesta de Gallup citada antes, más del 50% de los republicanos dicen que nunca, rara vez o solo a veces lo hacen, por lo que una persona republicana puede entender el uso del tapabocas como una traición, una vergüenza, y un dilema de dignidad. 

    Por esto, es preciso no avergonzar a una persona por no utilizarla, sino acercarse desde la empatía. Aun así, esto no siempre funciona. 

    Deriva el problema a las figuras de autoridad

    El escritor y abogado estadounidense Philip Galanes escribió para The New York Times que intentó persuadir a tres personas a ponerse la mascarilla bajo distintos 'guiones', con el fin de identificar la forma más eficiente de conseguirlo.

    El primero fue una persona en el supermercado. "'¿Puedes ponerte una máscara, por favor?' Dije muy amistosamente. Me ignoró, así que volví a preguntar. 'Estoy bien', dijo. Esto me molestó. 'Estás bien porque llevo una máscara', le dije. '¿Por qué no devolver el favor?' Me miró y yo seguí adelante", relató. 

    La siguiente fue en un parque para perros. "Me bajé la máscara brevemente, para sonreír y pedirle a una mujer cercana que se pusiera una máscara. 'Estamos al aire libre', dijo. 'Pero nuestros perros nos acercan', respondí. Incluso le ofrecí una máscara. Ella sugirió que me fuera si no me sentía seguro", continúa el relato, otra vez, sin éxito.

    "Mi último intento fue en la oficina de correos, donde probé un tono más firme con un hombre que señaló una máscara que colgaba debajo de su barbilla, como si eso me apaciguara. 'Por favor, tire hacia arriba', le dije. 'Es la ley'. Pero se negó. 'No tardaré', dijo", finaliza.

    En ocasiones, procurar de forma directa la responsabilidad social puede no tener éxito. Por ello, Galanes concluye que la forma más eficiente puede ser hablar con la autoridad del lugar en el que se encuentre la persona, y hacer allí la queja. Ya sea un cajero de supermercado, una guardia de seguridad en una tienda, o un policía en la vía pública, la responsabilidad de hacer cumplir no es un peso con el que deba cargar el ciudadano responsable. 

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