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    Las teorías que mezclan conspiración y paranoia fruto de una amalgama de opiniones surgidas al albur de grupos antivacunas y defensores de las pseudociencias han negado la gravedad de la pandemia de COVID-19 desde el principio. Ahora arremeten contra las mascarillas, refutan su utilidad sanitaria y las denuncian como elemento liberticida.

    Las nuevas tecnologías de la información y las redes sociales pueden ser un buen reflejo del volumen de propagación de todo tipo de teorías acerca del virus SARS-CoV-2. En Youtube, por ejemplo, abundan los vídeos explicativos donde se niega la versión oficial sobre el origen del COVID-19.

    Pero no hace falta sumergirse en Internet para hallar informaciones que apuntan a la creación del virus en un laboratorio y a su propagación mediante las ondas de las antenas de tecnología 5G, cuando no directamente a la negación de su existencia. Todo esto también es posible leerlo en algunas publicaciones de venta en los quioscos de prensa, como D Salud. Las divisiones de guerra bacteriológica del ejército chino, el magnate informático Bill Gates o el poder en la sombra de los illuminati son solo algunos ejemplos que confrontan de plano con los estudios de la comunidad científica y la información oficial sobre la mayor pandemia de los últimos años.

    Algunas personas tienen necesidad de creer y la ciencia se mueve en la incertidumbre que caracteriza la fase inicial cuando se aborda cualquier fenómeno mediante el método científico. En el Reino Unido ya quemaron a principios de abril varias torres de telefonía 5G en la creencia de que ayudan a propagar el COVID-19, unas acciones que contrastan fuertemente con la opinión de otros grupos de su propio entorno, que plantean que el coronavirus no existe y solo es un plan de los gobiernos para terminar de ejercer un control férreo de sus poblaciones precisamente ayudándose de la tecnología 5G. Colectivos antivacunas y hasta ufólogos se desbordan por las plataformas digitales, copiando esquemas ideológicos de otros países, como los de la alt right estadounidense, eufemismo de la derecha más radical que apoya a Donald Trump y sus decisiones más delirantes.

    A España le llega el turno

    Bastó que el Gobierno español decretara la obligatoriedad del uso de mascarillas mediante una orden ministerial publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el pasado 21 de mayo, para que acto seguido empezaran a propagarse por las redes sociales iniciativas jurídicas contra esta ley.

    En concreto, una asociación llamada ACUS (Asociación de Consumidores y Usuarios) se encargó de movilizar a cuantas más personas mejor para interponer un recurso contencioso-administrativo que invalidara la ley. "Me niego a no poder respirar con libertad y me niego a ponerme una mascarilla siendo una persona sana", concluía el mensaje que circuló por Whatsapp y Telegram. Hay que decir que en España las teorías que negaban la validez de la cuarentena y al propio virus no han tenido mucho predicamento entre la población, pero según iba avanzando la confrontación política a cuenta de las sucesivas prórrogas del estado de alarma, la campaña en contra de las mascarillas ha ido cosechando más apoyo que sus predecesoras. ¿Por qué? Porque al margen de negar su utilidad profiláctica, se esgrime el argumento de que su verdadero cometido es acallar y coaptar la libertad de quien no está de acuerdo con las disposiciones del Gobierno.

    Un abogado al frente

    El letrado Luis de Miguel Ortega es el presidente de ACUS, la organización que ha interpuesto el recurso contra las mascarillas, pero también denunció ante el Tribunal Supremo (TS) el decreto del estado de alarma y el uso de biocidas para desinfectar las calles.

    Cual punta de iceberg, una visita a su página web revela que la ACUS también está en contra de los calendarios de vacunación para niños y que colabora con el polémico curandero catalán Josep Pàmies, denunciado por poner en grave riesgo la salud de sus clientes (recomienda lejía aguada para curar la COVID-19, un delirio desaprobado rotundamente por la comunidad médica). Luis de Miguel asegura haber reunido ya más de 13.000 firmas para interponer un recurso en el TS. Su argumentación, disponible en la página web de ACUS, reza así:

    "El fundamento sucinto de la protección que se pretende es que la imposición del uso de mascarillas en personas sanas como los demandantes no tiene ninguna utilidad en materia de salud pública y supone un menoscabo de la dignidad y la salud humana, así como de la libertad de expresión. Todo ello carece de justificación jurídica y médica y excede de racionalidad y proporcionalidad".

    La organización de este abogado utiliza el término bozal para referirse a las mascarillas. Más peyorativo, se desea así aludir a estas en tanto que elemento de censura para, afirman, tapar las protestas de quien no comulga con las decisiones del Gobierno de España. ACUS procura investirse de rigor, pues cuenta con una profesional sanitaria que apoya su credo. Se trata de la facultativa gallega Natalia Prego, quien también se ha mostrado en contra de las medidas de confinamiento y cuarentena. Tal es así, que por Whatsapp circuló un archivo de audio explicitando su posición y restando importancia a la gravedad del COVID-19. Prego también tiene un canal en Youtube, donde advierte de los peligros del uso de mascarillas, ya que, según ella, obliga a quien la lleva puesta a inhalar su propio anhídrido carbónico, pudiendo provocar una situación de hipoxia. Desde la órbita científica, tales afirmaciones han sido rotundamente desmentidas.

    El espectro político que ampara los bulos

    En las redes sociales, los usuarios y cuentas que dan pábulo a estas informaciones están vinculadas a organizaciones de fuerte impronta derechista. El Club de los Viernes, especie de think tank cercano a la formación política Vox, suele rebatir la medida de la obligatoriedad de las mascarillas. Tampoco es infrecuente la marcada simbología ultraderechista que apoya en las diversas plataformas digitales este tipo de iniciativas e informaciones.

    La táctica y práctica no son nuevas. En EEUU el uso y abuso de estas teorías cuenta incluso con el apoyo, a veces explícito, del propio presidente Donald Trump, un negacionista en sí de varios fenómenos de actualidad, como pueden ser el cambio climático inducido por el hombre o la letalidad de la COVID-19. En el país norteamericano grandes masas de ciudadanos insumisos con las medidas de confinamiento desafían al cumplimiento de las medidas profilácticas sabedores de la simpatía que por sus reivindicaciones profesa Trump, quien las cataloga como propias de la agenda política de sus rivales del Partido Demócrata, en cuyas filas el candidato Joe Biden no tiene reparo en visualizarse constantemente haciendo uso de las mascarillas.

    De tal modo, la mascarilla es la piedra de toque que distingue a los "defensores de la libertad" (los contrarios a su uso obligatorio) y los defensores de su obligatoriedad, que son presentados por los primeros como izquierdistas que quieren anteponer una "falsa seguridad" a la libertad del individuo (safetysm).

    En el caso de España, el hecho de que el Ministerio de Sanidad (e incluso la OMS) cambiara de criterio respecto a sus recomendaciones sobre el uso de las mascarillas, terminó por incentivar la desconfianza del sector de la población que mira con recelo las recomendaciones científicas. Hay que recordar que al principio de la pandemia, las autoridades sanitarias españolas no recomendaban su uso por ofrecer poca protección a quien estaba sano y por la necesidad de reservarlas para el personal médico. Al igual que en EEUU, donde una guía consignó el cambio de criterio, la orden ministerial que instaba al uso obligatorio de mascarillas desató la ira contestataria del sector liberal anticientífico.

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    VOX, Donald Trump, mascarillas, paranoia, teoría, conspiración, COVID-19, pandemia de coronavirus, coronavirus en España, coronavirus
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