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    España prorroga el estado de alarma por el coronavirus (165)
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    Un grupo de trabajo del Ministerio de Sanidad de España estudia la posibilidad de dejar salir a los niños a la calle una vez se atenúen las medidas de confinamiento. Informes pediátricos resaltan la capacidad de resistencia de los menores y apuestan por su salida progresiva. Los estudios sobre el impacto de su aislamiento revelan datos sombríos.

    A diferencia de otros países, España no permite que sus menores de edad puedan salir a la calle bajo ninguna circunstancia. Con la salvedad de los niños y adolescentes con necesidades especiales y trastornos de salud mental ―que pueden hacerlo acompañados de un adulto― la restricción a la movilidad alcanza de lleno a este sector de la población. El resto, aguanta como puede esta situación.

    Francia y Bélgica han permitido los paseos, siempre y cuando sean próximos al domicilio, respetando la distancia de seguridad y evitando encuentros con otras personas, como se estipula en el decreto francés al respecto. Pero en el país ibérico los niños llevan más de un mes entre cuatro paredes. Gritos, rabietas, lloros, hipersensibilidad, horarios triturados y hábitos perdidos son solo algunas manifestaciones de los niños tras casi 40 días de reclusión. La opinión pública empieza a preguntarse por qué está permitido salir a pasear un rato al perro y no a los niños, cuando son el espectro de población menos vulnerable a la pandemia. En algunos ámbitos políticos se habla de iniciar una desescalada de su confinamiento a partir del 26 de abril.

    El caldo sociológico

    Las respuesta que de inmediato se aduce es que su presencia en las calles supondría un factor de riesgo para el resto de la ciudadanía, pues parece clara su capacidad de transmisión del virus SARS-CoV-2, el cual apenas les afecta y en la mayoría de las ocasiones de manera asintomática. Pero esquivar al virus encerrado en casa comporta otro tipo de riesgos. El influjo negativo del confinamiento se traduce en cambios a nivel emocional e incluso físico producto de la adaptación a la nueva realidad, para la que no todo el mundo dispone de los mismos medios.

    ¿Se está teniendo en cuenta las necesidades de los niños más allá de su seguridad? Algunos sociólogos opinan que el aislamiento estricto de los niños obedece a una cultura adultocéntrica que ha obrado que las políticas respecto a la infancia sean el reflejo de una sociedad donde el lugar de los niños es aquel donde no molesten. Así piensa el filósofo y sociólogo César Rendueles, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, quien a través de la red Twitter manifiesta que "no se toma en consideración a los niños como sujetos de derechos". "Son personas, no larvas de adultos", dice.

    El impacto psicológico

    La decisión de abordar una fecha sobre la relajación del confinamiento de los niños también atañe a posturas políticas. "No se trata de referenciar ningún punto de vista político, sino las relaciones de poder dominantes", declara a Sputnik la psicóloga Ana Madrid, quien desde una posición posmoderna afirma que el hecho de ser o no ser una sociedad centrada en los adultos "tiene que ver con esas relaciones de poder, pero no solamente en las circunstancias actuales".

    Esta psicóloga, que dirige el Centro de Terapias Narrativas en Rivas-Vaciamadrid, está alejada de la validez de teorías psicológicas universales y refuta la idea de aplicar una solución de validez amplia, "pues no solo los niños sufren en esta situación". "Es más", continúa su argumentación, "ahora mismo habrá niños encantados en casa porque el ambiente que se ha creado para ellos ha sido el adecuado. Pero habrá otros que están realmente sufriendo". Y añade:  

    "En cualquier caso, el ambiente al que se han visto reducidos los niños, no es necesariamente un ambiente protector".

    El actual bienestar de los más pequeños depende de las figuras protectoras que tengan alrededor, sostiene Ana Madrid, no sólo los padres o la escuela. "El Estado tiene que ser una, claro está. No existe un factor o figura de protección única. Toda la sociedad debería ser una figura protectora e implicarse", señala esta especialista en orientación psicológica a niños y familias, también experta en Medicina Psicosomática, que incide en la idea de que depende de muchas cosas que el confinamiento sea dañino o no. "Lo veo ahora en mis consultas online; hay personas que sufren mucho y otras no, más bien lo contrario. Por eso digo que no hay una teoría universal que pueda aplicarse en esta situación". ¿Y por qué?

    "No hay antecedentes de esto, por lo que nuestro cerebro no tiene patrones establecidos para pasar por esta situación. Ni niños, ni adultos. Los cambios no son sólo a nivel emocional y no todos son visibles, algunos son muy sutiles. Nos daremos cuenta cuando pase algún tiempo. El estrés se manifestará después de pasar la situación estresante, lo sabemos".

    Esta profesional se muestra convencida de que cualquier decisión respecto de una ulterior relajación de las medidas de confinamiento para con los niños pasa por hacer acopio de una información de la que todavía no se dispone. "¿Acaso no es importante determinar el factor del contagio de los niños para determinar una fecha?", se pregunta, mientras afirma que el informe que prepara el grupo de trabajo del comité asesor del Ministerio de Sanidad liderado por el psiquiatra José Luis Pedreira, a buen seguro está teniendo en cuenta esta circunstancia. "Creo que hay más cosas aparte de un informe que los psicólogos y psiquiatras puedan sacar sobre daños emocionales", concluye.

    La opinión de los pediatras

    El Ministerio de Sanidad ha encargado a la Asociación Española de Pediatría (AEP) un informe con el fin de valorar la conveniencia de un progresivo desmontaje de las medidas de confinamiento.  En la nota de prensa que presenta las conclusiones del documento, la AEP se ha pronunciado a favor de mantener el aislamiento hasta que la autoridad sanitaria ordene derogarlo:

    "Cuando se determine por la autoridad sanitaria el fin del confinamiento obligatorio, la AEP propone priorizar un desescalamiento organizado del confinamiento de niños y adolescentes, manteniendo las salidas controladas y vigiladas por un adulto, el distanciamiento social, las medidas higiénicas y, cuando sea posible, el uso de mascarilla".

    La posición de esta organización, que agrupa a más de 14.000 pediatras en España, radica en la precaución; los niños conforman una población "que puede ser transmisora silente", en palabras de María José Mellado, presidenta de la AEP. Esta pediatra señala la "naturaleza extraordinariamente resistente a todo" de los niños, "capaces de sortear cualquier traba que les ponemos desde la sociedad de adultos". La afirmación supone una especie de espaldarazo al actual confinamiento, en el sentido de que apenas puede redundar en una merma de sus capacidades físicas.

    Daños y riesgos

    Sin embargo, otros estudios avanzan los efectos negativos a los que está siendo sometida la población infantil durante el periodo de confinamiento obligatorio. Las conclusiones del Grupo de Investigación en Determinantes Sociales de la Salud y Cambio Demográfico (Opik) revisten especial gravedad, pues atañen también a diversos  factores de índole socioeconómica como desencadenantes de importantes perjuicios a los niños.

    La investigación conducida por Opik, grupo perteneciente a la Universidad del País Vasco, arroja unos datos preliminares desalentadores. Los daños del confinamiento producidos en menores están relacionados directamente con la clase social a la que pertenecen. Así, el documento La salud de la infancia confinada, aborda el impacto del aislamiento domiciliario en menores de 3 a 12 años de edad y concluye, por ejemplo, que hasta un cuarto de la población infantil pasa seis o más horas frente a una pantalla retroluminiscente, que otro cuarto no tiene espacio exterior al que salir (balcón), o que el 20% no realiza ejercicio físico. Hasta un 72% no consume una cantidad suficiente de verdura y casi la mitad ha visto deteriorada su salud emocional, según sus progenitores.

    "¿Supone el confinamiento un mayor riesgo para la salud de los niños y niñas de familias en situación de vulnerabilidad?", es una pregunta a la que responde el informe con datos. Y la respuesta es un aplastante 'sí'.

    Estos índices suben o bajan según sea el nivel educativo y de ingresos de los padres. Así, el porcentaje de los que no ingieren suficiente verdura se eleva hasta el 82% entre los niños cuyos padres sólo tienen estudios primarios o inferiores, así como hasta el 37% de los que pasan seis o más horas frente a una pantalla.

    Por el contrario, sólo el 18% de los hijos de universitarios pasan ese tiempo frente a televisores o tabletas, y sólo el 63% no come la suficiente verdura. Es decir, la diferencia de clase obra un empeoramiento de los hábitos, tanto culturales como saludables, a medida que baja la renta familiar y su nivel de estudios. El confinamiento es una losa para las clases populares, privadas de espacio, dinero o tiempo para dedicar a sus hijos. En Madrid, los niños de padres con menores recursos (renta mínima de inserción o REMI), privados ahora del servicio de comedor escolar para el que tienen una beca, obtienen su almuerzo a través de una cadena de comida rápida.

    "El 90% de los y las profesionales considera que el confinamiento tiene efectos negativos en la salud de niños y niñas", es otra de las conclusiones del informe de Opik, cuyos investigadores pertenecen al campo de las ciencias sociales y de la salud. O como dice el sociólogo César Rendueles en sus declaraciones al diario El País, "no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín". En su opinión, en los decretos como el que dicta el confinamiento se vierte una especie de clasismo.

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