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    QUITO (Sputnik) — Los rituales familiares son el pan de cada día en Ecuador para enfrentar la amenaza diaria del COVID-19, un enemigo que está muy presente en la vida de todos, aunque nadie pueda verlo.

    El abastecimiento y desinfección de medicinas, alimentos y otros insumos necesarios son ahora un trabajo y una fuente de estrés adicionales, pero que no pueden obviarse.

    "Pido todo a domicilio. Mis dos hijos reciben los productos; salen con guantes y mascarilla; no utilizan el ascensor, suben por las gradas, antes de entrar al departamento dejan los zapatos en la puerta, yo les espero con una funda para que pongan los guantes, dejan los productos en la sala y suben a cambiarse de ropa y bañarse; los zapatos se quedan afuera y yo les rocío alcohol, se quedan ahí para cada vez que salgan", dice a Sputnik Mariana Yépez, una oficinista de 55 años.

    Yépez aplica ese ritual cada vez que recibe algún producto, y para pedirlo se asegura que el método de entrega no sea Uber o similares porque "imagínese por dónde no más andarán".

    Pero el verdadero vía crucis es la desinfección porque puede tomar horas o incluso días, de acuerdo con el número de productos o el tiempo disponible, pues realiza teletrabajo y las arduas jornadas la mayor parte de veces no le dejan tiempo disponible.

    "La última vez que recibí productos fue un lunes en la mañana y recién pude desinfectarlos el domingo; toda la semana los productos estuvieron en fundas en el piso de la sala; le comenté a mi jefe para ver si me daba libre una hora, pero no pasó nada. Los jefes a veces creen que somos robots y que con aplastar un botón podemos hacer todo", acota Yépez.

    Apenas entran los productos a su departamento, Yépez rocía cada funda con alcohol industrial, igual hace con las chapas de las puertas y las llaves.

    Saca producto por producto, los rocía con alcohol antiséptico y les pasa un paño también humedecido con alcohol.

    Hace eso con todo, sean pastillas, carne, arroz, cebollas, lo que sea; todo debe pasar por el alcohol, cada esquina, los bordes de las fundas, las tapas, el asiento de las botellas…

    Después de desinfectados los productos los pone en la mesa del comedor, frente a una gran ventana para que les dé el sol; allí les deja unos dos días, para poder darles la vuelta y que el sol dé a cada lado de cada producto.

    Luego de ello le toca ordenarlos, hacer espacio en la refrigeradora o en las alacenas.

    Compradora elegida

    Martha Anda, una ama de casa de 65 años, cuenta a Sputnik que su hija, Paulina, de 32, es la compradora elegida.

    "Ella ya tiene su ropa de compras: una chompa [chaqueta] gruesa, una gorra como de alpinista, gafas bien grandes, mascarilla y guantes. Una cuadra antes de llegar a casa, llama por teléfono para que sus hermanas tengan listo, en el patio de entrada, todo para la desinfección", dice Anda.

    Al igual que en la casa de Yépez, en la de Anda todo se desinfecta.

    Nada entra al interior sin que haya pasado por una meticulosa limpieza con solución de cloro con agua.

    Anda y su esposo tienen diabetes, así que sus hijas no les permiten acercarse a los productos antes de que estén desinfectados, peor aún salir a comprarlos.

    "Nada entra a mi casa sin pasar por un lavado de agua con cloro y detergente. En la cocina vuelvo a lavar todo con agua hirviendo; a la fruta le pongo alcohol antiséptico en spray, luego me baño. Qué estrés cada vez que recibo las compras", comenta a Sputnik Mabel Aguirre.

    Hay también quienes usan métodos menos agresivos que el jabón, el cloro y el alcohol.

    "Yo uso una solución de bicarbonato con vinagre blanco, es un buen desinfectante y no ocasiona ningún problema", le cuenta a Sputnik Verónica Coello, una vegetariana que cree en la sustentabilidad, incluso en la desinfección de alimentos.

    María Fajardo, una contadora, dice que ella desinfecta incluso la bombona (garrafa) de gas.

    "La recibo afuera, la desinfecto con agua con jabón o con agua con cloro; la subo yo misma cuando mi marido está trabajando. Es difícil, pero se puede; para las frutas y verduras uso agua con cloro y para lo demás yodo con agua", dice.

    Y en la casa de Fajardo la desinfección es todo un reto; ella llega a la casa y va pasando las fundas que son recogidas con un palo para que alguien la desinfecte; y al final a ella le bañan con una solución de cloro con agua, y de ahí entra a la ducha.

    Cada familia utiliza su propio método, cada familia tiene a su comprador designado y cada familia sus productos preferidos de desinfección.

    Pero, en la mayoría de casos, son las mujeres quienes han tenido que dejar sus trajes de ejecutivas y sus tacones altos, o su tranquila rutina de amas de casa para sumirse en una lucha contra un enemigo que puede estar en todas partes, pero que es invisible: el COVID-19.

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