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    Berenice Cervantes: "Llegar a Rusia fue mi felicidad, un sueño, una locura, un frenesí"

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    Javier Benítez
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    Fiódor Dostoyevksi y una amiga rusa que conoció en París cuando estudiaba historia, son los culpables de que esta historiadora mexicana lleve ocho años viviendo sus días en Moscú. Y es que en su más tierna infancia, con apenas ocho años de edad, Berenice Cervantes leyó una novela corta llamada 'Noches blancas', que la enganchó a Rusia para siempre.

    Berenice se dedica actualmente a la colaboración educativa para algunas universidades rusas, lo que incluye programas de doble diploma. Entre sus responsabilidades se encuentra la tarea del intercambio estudiantil con Latinoamérica, la difusión de la ciencia rusa, la cooperación científica, académica, y también la realización de algunos eventos culturales.

    "He tenido la posibilidad de difundir la cultura y la lengua rusa en Latinoamérica. Podríamos decir que mi papel es de coordinadora en la educación superior Rusia-Latinoamérica", señala con detalle.

    No obstante, para explicar su papel profesional actual en la capital rusa, Berenice propone un viaje en el tiempo y se sitúa en su México natal, cuando apenas era una niña. Y es que cuando la consultamos sobre los lugares desde donde proceden esos estudiantes de intercambio de los que habla, cómo llegan hasta Rusia, y qué subyace en esta idea, Berenice confiesa que este punto actual de su vida se enlaza directamente con su pasado, "porque cada experiencia nos va marcando", apunta. "Voy a hablar sobre mi historia para que se vaya entendiendo por qué azares del destino llegué a desarrollar lo que estoy haciendo".

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    Tras confesar que se enamoró de Rusia con apenas ocho años, lo describe.

    "Estuve leyendo un libro de [Fiódor] Dostoyevski, una novela corta que se llama 'Noches blancas', y la verdad es que me impresionó la simplicidad de un problema como trasladado a lo más profundo del alma humana. Me tocó muchas fibras, y la parte como él describe ese paisaje de San Petersburgo me causó como una sensación de querer conocerla [a esa ciudad] algún día en mi vida". 

    Así entonces empezó este cuento de hadas de esta historiadora que la tiene hoy en Moscú. A partir de la lectura de esa novela, apunta Cervantes, "me empecé a interesar por el ballet, por la música, por la historia misma de Rusia. Entonces dije: cuando tenga muchos años, digamos 40 o 50, voy a ir a Rusia y voy a conocer toda esta historia, estos paisajes, por mí misma. Y de repente el sueño se cumplió antes", dice como reviviendo el momento y sorprendiéndose a sí misma. Como si cada vez que lo cuenta, lo siente como si fuera la primera vez que lo vive.

    Desde aquellos ocho años, pasó el tiempo y quiso el destino que mientras estaba en Francia donde quería estudiar historia, conoció a una chica rusa que se volvió su amiga al instante.

    "Cuando yo la vi, le quería preguntar todo sobre literatura, comida, música [de Rusia]. Y [ella] me dijo: 'no te voy a contar nada. Un día tú vas a ir y lo vas a ver con tus propios ojos'", rememora con sonrisas ese momento. "Me pareció bastante duro, pero al mismo tiempo me llamó más la atención". 

    Tras ese encuentro, pasaron unos años en que la amistad se fue fortaleciendo y mantenían un contacto, a tal punto que intercambiaban correspondencia, y donde las tecnologías de mensajería instantánea cumplieron un gran papel. "Nos escribíamos, recuerdo que ahí intervino el ICQ, el Messenger. […] Incluso nos mandábamos regalos por paquetería [correo postal], cartas. Fue una amistad que se cultivó de esa manera". Al hablar de su amiga, la describe como "de esas personas que te cambian la vida".

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    Entonces, hace diez años, mientras estaba de visita en Italia, Berenice recibe una invitación de su amiga rusa para visitar el país euroasiático. "Ya tramité tu invitación y te vienes a pasar el verano a Rusia", le dijo su amiga, ante su propia incredulidad primero, y la de sus padres después. 

    "Llegué aquí a Moscú hace diez años, en verano. También estuvimos en San Petersburgo, en algunas ciudades del anillo de oro, y juro que fue mi felicidad, era para mí un sueño ver estas construcciones arquitectónicas, era para mí una locura, un frenesí. Estar en la Plaza Roja, un lugar que guarda tanta historia. No voy a olvidar nunca el momento en el que la vi por primera vez. Todo: respirar, vivirlo, sentirlo. Era como si se impregnara en mí para siempre", expresa mientras se le ilumina la cara, al indicar que lo siente así, aunque parezca exagerado.

    De este modo, los motivos académicos se sumaron a los profesionales para resolver definitivamente en aquel 2010, que quería continuar su vida en Moscú, ante la incredulidad de sus padres y sus amigos, quienes le advertían que una cosa es estar de turista en un lugar, y otra muy distinta, vivir. Pero para entonces Berenice ya había tomado nota de sus vivencias durante aquellos tres meses de vacaciones, y dio el salto, pese a no hablar ruso.

    Lo que le esperaba en Moscú le cambió la vida, y le enriqueció interiormente, como ella misma reconoce. Explica cómo tuvo que arreglárselas para aprender el idioma, los distintos métodos que fue probando, para al final concluir que la forma de poder traspasar la barrera idiomática, era integrándose de pleno a la sociedad, saliendo de su casa, y que el día a día compartido con los nativos, fuera el trampolín que necesitaba para dar el salto definitivo que implica aprender un nuevo idioma, cuando una persona lo aprende pasados sus veinte años de edad.

    Berenice vive estos días disfrutando a pleno de su vida moscovita: con sus trabajos, sus actividades, sus amistades, sus salidas con amigos –quienes la califican como "una fiesta andante", como confiesa entre risas–, de la cultura y la arquitectura de este país.

    Como reza aquella frase, que 'Es de bien nacido, ser agradecido', Berenice se confiesa: "Gracias a mis papás que entendieron mis locuras y mis sueños ha sido posible que yo esté aquí", dice emocionada. En este sentido, lanza un mensaje a todos aquellos jóvenes estudiantes que tienen el sueño de desplazarse a otro país para estudiar y colmar sus vidas de ricas experiencias. 

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    "Independientemente de si el sueño es Rusia, o no, el mensaje para todos es arriesgarse a cumplir los sueños. Creo que uno tiene que tener la fantasía y la certeza de que se puede, si se quiere. Creo que los padres juegan un papel fundamental al entender a los hijos, al apoyarlos, y también creo que se requiere de un esfuerzo para saber que no es fácil estar a la distancia. Se requiere un esfuerzo de ambas partes. Las familias latinoamericanas somos como muy apegadas, y yo siempre se lo he dicho a mis papás: 'lejos en la distancia, pero cerca en el corazón'. Creo que esa es la fuerza que te posibilita estar aquí".

    Berenice Cervantes también tiene un mensaje para los chicos que concretamente quieran venir a Rusia: "les quiero decir que es un destino que vale la pena, que tiene ciertas especificaciones que yo no lo podría describir porque lo tienes que vivir. […] Lo importante es tener claro qué es lo que quieres, y por qué lo quieres. Y creo que Rusia ha sido muy gentil con eso. Me ha escuchado y me ha abierto las puertas […]. El punto es tener un sueño, creer, trabajar hacia ello, y una vez que estás cumpliéndolo, no darte por vencido hasta realizarlo", concluye la historiadora.

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    Fiódor Dostoievski, San Petersburgo, Moscú, Rusia, México