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    Trump quiere morir con las botas puestas

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    Javier Benítez
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    Como buen jugador que es, el presidente de EEUU, Donald Trump, sube la apuesta. Anunció nuevas tasas a importaciones desde China por valor de 200.000 millones de dólares, que hasta fin de año serán del 10%, y una vez iniciado el 2019, saltarán al 25%. Se activarán el 24 de septiembre sin falta, y sin falta también se activarán otras desde Pekín.

    Con aires de una magnanimidad agotada de tanto dar oportunidades a su contraparte, dijo Trump el 17 de septiembre: "Hoy, después de siete semanas de aviso público, audiencias y amplias oportunidades para hacer comentarios, ordené al Representante Comercial de los EEUU que proceda a establecer aranceles adicionales sobre aproximadamente 200.000 millones de dólares de importaciones de China. Las tarifas entrarán en vigencia el 24 de septiembre de 2018 y se fijarán en un nivel del 10% hasta fin de año. El 1 de enero, los aranceles aumentarán al 25%".

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    Como es costumbre, en su liturgia no podían faltar sus amenazas contumaces y ensañadas. Así, el inquilino de la Casa Blanca avisó a Pekín que si osa tomar medidas de represalia contra los agricultores de su país u otras industrias, entonces habrá más aranceles. En este caso, sobre un valor adicional de 267.000 millones en importaciones desde el gigante asiático.

    Y el milenario Pekín no esquivó el bulto y respondió: el Ministerio de Comercio lamentó el nuevo episodio y avanzó que China responderá con contramedidas sincrónicas a la nueva subida arancelaria, y que entrarán en vigor el mismo día que las nuevas tasas estadounidenses, o sea, el 24 de septiembre. Y hasta tal vez horas antes, por culpa del huso horario.

    En este contexto, China maneja la posibilidad de cancelar el viaje la próxima semana de su delegación comercial a Washington, que estaría encabezada por el vice primer ministro Liu He, según el periódico South China Morning Post, que citó una fuente gubernamental.

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    El presidente de la Consultora Ekai Center, Adrián Zelaia, opina que "la dimensión que está alcanzando esta guerra comercial entre EEUU y China, y la forma en que se está gestionando, está despertando alarmas que quizá no existían o no se habían despertado durante los últimos meses. Hubo declaraciones de funcionarios chinos al respecto, y es hasta qué punto realmente el objetivo de EEUU es proteger su economía a través de estos aranceles de esta guerra comercial, o es realmente algo escondido, más estratégico, como lo es cerrar el paso al desarrollo de China como primera potencia económica mundial".

    Parece que las autoridades chinas han concluido que la única forma de hincar a Trump, es provocar daños a las compañías que le han apoyado hasta ahora – favorecidas por sus medidas – para que Wall Street se precipite. Entonces, tanto las empresas como los inversores presionarían a Trump, por lo que finalmente tendría que echar para atrás y sentarse a negociar un acuerdo.

    En este sentido, el jefe de análisis de Jones Trading, Michael O'Rourke, expuso que "China se podría plantear la restricción de las ventas de materias primas, equipos y otras partes clave de la cadena de suministro de los fabricantes de EEUU. La interrupción que causaría esta medida para la economía global y los mercados financieros sería asombrosa. Pasaría de una guerra comercial, a una guerra económica con un enfoque de tierra quemada".

    "La hipótesis en la que ahora estamos empezando a pensar todos, teniendo en cuenta a dónde está llegando esta negociación, es la de que existan objetivos geopolíticos de destrucción de la economía china. Esto sería un contexto tremendamente dañino, no sólo para China, sino también para la economía de EEUU. Se explicaría desde la perspectiva en la que se está situando una parte de la oligarquía occidental desde hace 20 años. Es una perspectiva de mantener a toda costa la hegemonía en el globo, frente a las potencias emergentes, fundamentalmente Rusia y China", observa el analista.

    Zelaia subraya que "si el objetivo geopolítico de todas estas negociaciones efectivamente fuese destruir la economía de China, estaríamos ante un contexto ciertamente muy preocupante, y evidentemente ante una crisis del conjunto de la economía mundial".

    Por si faltaban oráculos para esta situación, el fundador de la compañía de comercio electrónico Alibaba, Jack Ma, afirmó en una conferencia anual para inversores de su empresa, que esta guerra comercial no durará 20 meses o 20 días, sino "quizás 20 años", y auguró que la política de Washington no será efectiva a largo plazo porque "puedes ganar la batalla, pero pierdes la guerra" si mantienes esa tendencia y "muchos negocios chinos se trasladan a otros países" para evitar las trabas impositivas. 

    Una carrera de largo aliento que ya empezó. Y es que la UE decidió buscar beneficios adicionales para sus compañías en el país asiático. Según la Cámara de Comercio del bloque comunitario, el 7% de las compañías europeas con presencia en China piensa trasladar – o ya trasladó – sus fábricas a países de Asia oriental como Vietnam o Filipinas. 

    Así, buscan evadir el pago de esas tasas adicionales impuestas sobre elementos clave importados desde EEUU para su ensamblaje final en China, al considerar que la guerra comercial entre China y EEUU afectará las cadenas de producción de todo el mundo.

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    Para enfatizar esta situación, y la gravedad del tono de sus dichos, Jack Ma le dejó un recadito a Trump: dijo que su compañía ya no puede cumplir su promesa de crear 1 millón de empleos en EEUU debido a las tensiones comerciales entre Washington y Pekín.

    Zelaia vuelve a incidir en el concepto de que si estas tarifas impuestas por EEUU contra China tienen un objetivo geopolítico, "estaríamos ante un contexto muy radical, con daños económicos muy directos a la economía china, también a la de EEUU, y a la economía mundial en general".

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